Copos de nieve

La puerta se abrió emitiendo un quejido que sin embargo no pudo acallar el torrente cristalino de la risa de Laura. La niña saltó dentro del habitáculo gritando con loca alegría:

–Mañana ya es Navidad, mamá. ¡Mañana!

En efecto, la Navidad ya estaba aquí. Se notaba en el rostro de Laura: sus ojos brillaban de una manera especial, dos luceros que preludiaban la llegada de la estrella de Belén. Esta noche, tras la cena, sacarían la caja que contenía todos los adornos navideños, estrella incluida. La caja aguardaba en uno de los armarios del reducido cuarto, custodiada por el árbol de plástico. Tanto la caja como su guardián florecían una vez al año al llegar estas fechas. En escasas horas mamá y Laura los sacarían de su exilio recurrente de casi un año; mamá desplegaría las ramas del árbol y la ayudaría a colocar las bandas de colores, así como los pequeños colgantes de resplandeciente metal pintado y plástico. El colofón de la ceremonia llegaba cuando mamá le entregaba la estrella, sencilla y de un dorado avejentado por el paso de los años. Con la estrella en manos de Laura, mamá la alzaría en sus brazos para que pudiera llegar a la copa del árbol y la enganchara allí. A partir de ese momento, y sólo entonces, empezaría de verdad la Navidad para Laura.

Pero todavía quedaban horas para sacar la caja de la Navidad. Mientras tanto la niña se dedicaba a saltar de un lado a otro presa de la excitación, ya por el diminuto apartamento, ya atravesando el oscuro pasadizo que comunicaba su casa con el resto del pueblo. Pero parecía que el cansancio había hecho mella en su cuerpecito: había dejado de brincar como un conejo para quedarse quieta en un sitio. Aunque bueno, tampoco quieta del todo: usando un taburete a modo de escalera se había subido a una de las dos encimeras que rodeaban casi toda la pared del habitáculo. Cada encimera tenía la forma de un semicírculo casi completo. Ambas iban desde la puerta que daba acceso al pasillo del pueblo a la única ventana que tenía el cuarto justo enfrente de dicha puerta. La abertura acristalada, pequeña y redonda, poseía un marco metálico ribeteado de remaches y soldaduras. La pared de metal de la habitación, pintada de vistoso verde, tenía en torno a la ventana un aspecto más sufrido, incluso avejentado: diminutas manchas de óxido mal disimuladas con capas de pintura asediaban el cristal. La niña, de pie al borde de la encimera, desafiaba al vacío apoyándose con las manos y el pecho en la pared, todo para estirarse hacia fuera al máximo y así llegar con la cabeza justo al centro de la ventana. Sólo en esa posición precaria podía atisbar por la pequeña ventana el exterior. Su nariz pegada al grueso cristal creaba en su superficie una diminuta mancha de condensación. La niña casi no pestañeaba contemplando lo que sucedía en el exterior: el continuo caer la nieve. Todos sus recuerdos estaban adornados con un torrente de copos: más o menos densos, más o menos oscuros, precipitándose con mayor o menor rapidez, pero siempre cayendo. Cinco años de continua nevada, los mismos cinco años que ella, la pequeña Laura, llevaba enclaustrada tras las paredes del pueblo. Toda su vida. Durante incontables horas a lo largo de su corta vida había jugado a adivinar figuras entre los copos. Pero ahora una sombra de duda nublaba su mirada. Se volvió hacia mamá.

La mujer, su pelo moreno recogido por un vistoso pañuelo de cuadros, se inclinaba sobre dos grandes barreños semi–incrustados en la encimera. En el cuenco izquierdo, casi rebosante de agua jabonosa, se apilaban platos de acero y diversos cubiertos del mismo metal. La mujer canturreaba mientras, ayudada de un cepillo, arrancaba la suciedad de las piezas de vajilla. Cuando consideraba que la pieza de turno había quedado limpia la cambiaba al barreño derecho, lleno de agua cristalina.

Ilustración 'Copos De Nieve' (Sergio Peña 2014)
Ilustración ‘Copos De Nieve’ (Sergio Peña 2014)

–Mamá, ¿siempre nieva?

Mamá, sin dejar de fregar, contestó:

–Sí, monita, siempre nieva.

La sombra en los ojos de Laura se oscureció: a su edad empezaba a cuestionarse cosas. Y preguntaba. Mamá siempre respondía; ella, como buena niña mayor, comprendía todas esas respuestas. O eso decía: no la gustaba admitir que algunos detalles se le escapaban. Al fin y al cabo ya tenía cinco años, y debía empezar a comportarse como una mayor. Los mayores no dudaban, y ella tampoco.

Pero en el fondo las dudas flotaban al igual que la nata sobre la leche recién hervida. A ella no le gustaba lo más mínimo esa fina película blanca: de sólo verla ya se sentía mal, y las arcadas la dominaban si intuía su presencia en la boca. De forma semejante no es que las dudas la hacían vomitar, pero sí revolvían su cerebro de igual manera que la nata su estómago.¿Cómo solucionar ese malestar? Con la nata usaba un tenedor; con las dudas otra cosa: preguntar una y otra vez.

–Pero, mami: ¿alguna vez ha dejado de nevar? ¿Cuándo tú eras niña también nevaba?

Mamá dejó el plato que tenía en las manos dentro del barreño y se volvió hacia la niña. Sus ojos buscaron los de su hija. No le gustó lo que encontró en ellos: su brillo parecía eclipsado por la necesidad de saber. Resultaba imposible negar que la niña empezaba a cuestionarse las cosas, todo cuanto la rodeaba. La palabra de su madre ya no era ley, ya no se creía a pies juntillas. La duda se había aposentado en su cabecita morena. Con ella llegaron las preguntas, cuestiones que a veces amenazaban con descubrir verdades dolorosas.

–Si, Laury, cuando yo era pequeña también nevaba…

La frase quedó colgada en el aire, inconclusa, como si se negara a morir. Laura supo captar la cualidad de la pausa.

–Mamá, ¿qué pasa? ¿Qué ocurría en Navidad cuando eras niña?

Mamá luchó contra sus recuerdos, contra sus sentimientos. No quería que la niña lo notara, no podía permitir que supiera. O al menos no tan pronto, no tan joven. Pero algo en su interior le obligaba a no mentir; mejor decir una verdad a medias.

–Mira, monita –empezó a decir mamá–, cuando yo tenía tu edad todas las Navidades nevaba, pero se trataba de una nieve diferente.

Diferente. Laura se puso firme, ansiosa, irguiéndose sobre la encimera: estaba convencida de que ahora mamá contaría alguna maravilla. Su imaginación la hizo pensar en nieve de cabello de ángel, o de merengue, o de… no lo sabía, pero mamá había pronunciado una palabra mágica para una niña que vivía en un mundo monótono y cerrado: diferente.

Mamá, notando la excitación en su hija, prosiguió:

–En aquellos días la nieve tenía color blanco.

Los ojos de Laura se abrieron desorbitados: parecían absorber toda la luz de la cocina, reflejando ilusión, sorpresa.

–¡Blanco, de color blanco! ¡La nieve era blanca, no negra ni gris! ¡Blanca!¡Vaya! Qué rara… y ¡qué bonita debía ser!

–Sí, blanca. Pero –la mamá no pudo evitar una nota de tristeza en su voz– por entonces las cosas eran diferentes, mi amor. Otros tiempos…

De nuevo la palabra mágica: diferentes. ¿Aguardaban más maravillas? ¡Nieve blanca! ¡Blanca!

–¿Diferentes, mamá? ¿Cómo de diferentes? ¡Dime, dime qué había entonces!

Mamá dejó de fregar, se secó las manos en el mandil y caminó hacia donde estaba su hija. Sus ojos quedaban casi a la altura de los de la niña. De pie ante ella, contemplando aquella carita resplandeciente de ilusión, mamá no pudo evitar sonreír. La mirada de la niña bailaba de los ojos de su madre a la nevada más allá de la ventana, y de regreso a los ojos de su madre. Tras cada destello de sus pequeños y vivarachos ojos se ocultaba una duda, una pregunta. Sin pronunciar palabra la madre se volvió hacia la ventana. Las dos, madre e hija, resguardadas tras el grueso cristal blindado y polarizado, contemplaron el exterior. Gruesos copos de aspecto negruzco y sucio caían sin cesar. El cielo encapotado apenas permitía pasar un diminuto porcentaje de luz solar. Los días no resultaban muy diferentes de las noches: de una oscuridad intensa se pasaba a una total, y luego vuelta a empezar. Las ventiscas se alternaban con periodos de calma como el de ese momento. Pero aullara el viento contra las paredes o un manto de silencio cubriera el exterior siempre nevaba. Día y noche, jornada tras jornada. Siempre nevaba con esos gruesos y oscuros copos.

Sin dejar de prestar atención a la nevada mamá llevó el dorso de su mano izquierda a la carita mofletuda y cálida de su hija. La caricia hizo que la niña se encogiera casi ronroneando.

Mi niña está creciendo, pensó mamá sintiendo cierta aprensión. Está creciendo y me exige respuestas, explicaciones.

Según pensó aquello mamá supo que tenía que realizar un gesto, sembrar una pequeña semilla de sabiduría para su hija. Un diminuto gesto que apaciguara su sed de conocimientos. Sin pensarlo dos veces dirigió sus manos hacia el volante que salía de la pared justo bajo la ventana. Notaba cómo los ojos de su hija lanzaban centellas de excitación. Sintió bajo sus manos el contacto del metal, rugoso incluso bajo las capas de pintura. Se apoyó con todo su peso hacia la izquierda y tiró del volante. No cedió. Volvió a intentarlo cambiando sus manos de posición, apoyándose ahora en los radios en vez de en la circunferencia del volante. Empujó de nuevo. Notó un tenue temblor seguido de un chirrido anunció que el volante había cedido. Poco, sí: apenas un centímetro, pero se trataba de un inicio. Lo intentó otra vez, aplicando de nuevo la fuerza a la circunferencia exterior del volante. Con extrema lentitud, acompañado de un gemido quejumbroso, la pieza metálica empezó a girara en sentido opuesto a las agujas del reloj. La niña contemplaba todo el espectáculo embelesada, presa de la excitación: no recordaba que mamá hubiera abierto la ventana jamás. Un golpecito tintineante indicó que el volante no podía girar más. Mamá se volvió hacia Laura: sus ojos brillaban casi con la misma emoción que los de la niña. Sin apartar de su hija la mirada, mamá tiró del volante hacia el interior del cuarto. Un panel tan grande como la puerta que daba acceso al pasillo del pueblo, si bien del triple de grosor, se abrió. El cuarto se llenó con un suave y sibilante sonido de una corriente de aire, así como de una novedosa mezcla de olores. La ventana estaba abierta.

Sólo será unos instantes, trataba de convencerse mamá, no pasará nada por este poquito de nieve y aire.

Aquello que la niña había llamado siempre ‘la ventana’ en realidad se trataba de un ojo de buey en el centro de una compuerta. Pero claro, para la niña nunca había existido diferencia alguna entre compuerta y pared; para ella sólo existía ese maravilloso orificio a través del cual podía contemplar el exterior.

Mamá abrió la compuerta lo justo para sacar la desnuda mano derecha a la intemperie. El suelo quedaba varios metros más abajo, pero para lo que quería hacer no necesitaba alcanzarlo: en breves instantes notó la palma fría, húmeda y pesada.

Sólo son unos gramos de nieve, nada más. Sólo unos gramos, se repetía una y otra vez mamá. No pasará nada. Limpiaré luego todo el suelo, y mi mano, y sus manos. No quedará ni rastro. No puede pasar nada por unos pocos gramos. Han pasado ya más de cinco años. No pasará nada.

Volvió a meter la mano, esta vez llena de una bola de copos, muchos de ellos grises y unos pocos de intenso negro, todos de aspecto sucio. Pesaban más de lo que deberían de tan densos que eran. Apoyó la cadera en el volante la compuerta y la empujó hasta que escuchó un sonoro clic: el circuito de mecanismo de seguridad había saltado atrancado de nuevo la compuerta. Sin perder un segundo con la izquierda volvió a girar la manivela hasta notar que la puerta almacenaba una mínima tensión.

–Laury, pon las manos. Toma –y le entregó el puñado de nieve grisácea–. Ahora observa cómo se derrite.

La niña obedeció extrañada: no comprendía porqué mamá la obligaba a hacer esto.  Ni siquiera comprendía eso de ‘derretir’. ¿De qué hablaba mamá? ¿Qué tenía de maravilloso, de diferente, esa nieve? Mamá le había hablado de su nieve, la blanca, y para responder a sus dudas le había dado un manojo de la nieve de ahora, la gris. Laura cabeceó desconcertada. No tenía sentido alguno. Pero mamá quería que la aguantara entre sus manos. Y ella, como niña obediente, lo haría sin admitir que no comprendiera lo que ocurría.

Aguardó en silencio. Sentía cómo sus manitas se enfriaban mucho. Empezó a sentir dolor. Pero mamá no dejaba de mirarla, así que ella no se quejó. Para su sorpresa la nieve se iba deshaciendo. Raro: la nieve de fuera sólo caía y volvía a caer, amontonándose hasta que el viento la arrancaba y se la llevaba a otro sitio. O si eso no ocurría se acumulaba formando montañas que acababan por desmoronarse. Pero nunca desaparecía.

Pero esta sí.

Estudió la bola de nieve esponjosa de su mano a medida que reducía más y más su tamaño. Notó cómo el agua fluía entre sus dedos, cayendo en gotas que oscurecieron con sus marcas de humedad el suelo de cemento gris. Al cabo de un rato de la bola sólo quedó un pequeño charco cautivo entre las palmas de sus manos. Agua y una pegajosa película de color oscuro.

–¿Ves, Laury? ¿Ves esa capa que mancha tus manos? Antes no existía. Antes la nieve era blanca y pura, y no dejaba esa suciedad al derretirse. Eso gris es ceniza.

–Ceniza… ¿ceniza? La ceniza sale del fuego –creyó comprender en un instante lo que las cenizas significaban y exclamó–. ¿Hay fuego en las nubes? Los rayos, las cenizas salen de los rayos, ¡seguro! Los rayos queman las nubes, y así nace la nieve gris.

El rostro mamá sonrió con tristeza. Negó en silencio.

–Pero si no son de los rayos, ¿de dónde salen las cenizas, mamá?

A esa pregunta mamá no se atrevió a contestar. Había negado que el origen de la ceniza estuviera en los rayos (deliciosa inocencia infantil, pensó esperanzada). Pero la negativa la obligaba a dar otra explicación. Ella misma se había metido en un lío. No podía decirle a Laura la verdad. Al menos no todavía. Debía encontrar otra respuesta que satisficiera a la niña.

Mientras pensaba en esa respuesta su mente vagó hacia la verdad que todavía le ocultaba a la niña. ¿Cómo podía decirle a su hija que todos vivían en un mundo de sombras, diezmado y casi sin recursos? ¿Cómo explicar que meses antes de nacer ella había estallado una guerra nuclear? ¿Podía acaso la niña comprender lo que significaba un invierno radiactivo? ¿Cómo descubrir que aquello que llamaba su pueblo en realidad se trataba de un enorme y hermético refugio? Lo habían construido, con más desesperación y apresuramiento que con idea, un puñado de supervivientes sobre los restos de un complejo militar, aprovechando que en su interior había una descomunal despensa de comida enlatada y poderosos sistemas de purificación de agua y aire. ¿Cómo contarle a Laura que casi con total seguridad no había ninguna otra comunidad en cientos, miles de kilómetros a la redonda? ¿Cómo se le podía decir a una niña de cinco años que las cenizas que contenía la nieve podían ser los últimos y microscópicos fragmentos de alguna antigua ciudad situada al otro lado del mundo? O incluso que estuvieran hechas de los restos vaporizados de millones de personas… Personas, ahora cadáveres, víctimas de la lluvia de proyectiles que había asolado el planeta en aquella fatídica Navidad, seis años atrás. Víctimas entre las que se hallaba su propio padre. Quizá ahora, entre las manos de Laura, estuvieran las últimas cenizas de Alfonso.

Mamá prefirió dejar de pensar en ello.

No podía contarle a la niña la verdad, al menos por ahora: debía mantener la ilusión y ocultar la horrible realidad. Su mundo, para bien o para mal, era aquel. No podía oscurecer la infancia de su hija con las pesadillas engendradas por la generación anterior. Mejor que siguiera pensando en la Navidad como algo bueno y lleno de alegría, ajena al triste significado que para la mayoría de los adultos ahora tenía. Que las nubes oscuras y amenazadoras (y el horror invisible que transportaban) quedaran del otro lado de los muros herméticos del pueblo como un simple y feo cuadro.

Laura aguardaba de pie, expectante.

–¿De dónde salen las cenizas, preguntas? De la auténtica estrella de Belén, que desde hace seis años viaja sobre nuestras cabezas. La estrella vuela por allá arriba –y mamá alzó el dedo índice–, sobre las nubes, sembrando el mundo de esperanza.

–Entonces ¿las cenizas son esperanza?

Tras un breve instante de duda mamá dijo:

–Sí, mi niña, sí.

La mentira se clavó en su corazón como una espada de hielo: el horrible símbolo de la derrota y maldad del hombre ahora significaba todo lo contrario para su hija. Pero a ella la respuesta le parecía suficiente.

–Mamá, ¿algún día se irán las nubes? ¿Algún día veremos la estrella de Belén, la de verdad, sembrando esa esperanza por el mundo?

–Sí, cariño. Algún día.

Todos en el refugio, en el pueblo, tenían esa misma esperanza: que algún día la capa de nubes se abriera revelando el brillo del sol y así poder sentir su calor.

Algún día, se dijo mamá. Por desgracia éste no, mi niña, y me temo que mañana tampoco.

Pero la niña ya se había bajado con un salto de la encimera, ajena a la mirada ausente de mamá. Una carcajada llenó el cuarto. Mamá se giró y vio a Laura que, curiosidad su satisfecha, volvía a jugar con su muñeca de trapo. Casi parecía que nunca hubieran hablado de la nieve gris, de las cenizas. Mejor así: mientras la niña siguiera a su lado, con su carga de alegría y de vitalidad, todo iría bien. Con o sin invierno nuclear.

–Laury, ¡ven que te lave las manos! Las tienes negras, y eso es de niña descuidada. ¿Sabes qué te digo? Que no vamos a esperar a después de la cena: en cuanto te limpies sacamos la caja y montamos el árbol de Navidad. Este año nos adelantamos, a ver si así la nieve deja de ser gris y vuelve a tener el color de cuando yo tenía tu edad.

Del otro lado de la ventana, indiferentes al chillido de alegría de la niña, seguían cayendo copos de nieve. Grises. Siempre grises y pesados, cargando en su interior huesos, carne y esperanzas calcinadas.

———

Licencia de Creative Commons
Copos de nieve by Juan F. Valdivia is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.

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