El contraejemplo envenenado que casi mató al maestro

No hay hola.

En el arte hay numerosos ejemplos dignos de seguir, muestras de maestría que analizadas se convierten en auténticas lecciones de cómo trabajar, de buen hacer.

Un pintor puede pasear por El Prado, por poner un ejemplo, y perderse en casi infinitas lecciones de maestría. Cualquiera puede sumergirse en cuadros de artistas (de distintos lugares y de las más diversas escuelas) y acercarse a los lienzos para estudiar cómo ha aplicado el autor las pinceladas, qué cantidad de pintura ha usado, cómo ha realizado la composición de la escena… mil y un detalles que alguien con ojo experto sabrá identificar y apreciar. Esa forma de admiración se convierte en otra manera más de ensalzar la figura del maestro: a través del análisis se reivindica y engrandece el talento.

Algo similar sucede con la literatura. Alguien que intenta aprender el difícil y minusvalorado arte de escribir puede acercarse a un texto de un consagrado escritor y hallar entre sus páginas auténticas lecciones de la profesión: desde el desarrollo de diálogos a la creación de personajes, pasando por la composición de atmósferas, el uso del tempo narrativo o la tensión. Mil detalles.

Todos esos detalles suponen un auténtico elogio para el maestro. Dicho elogio se puede magnificar más aun a través de la inspiración y/o emulación. Un discípulo auspiciado por un maestro, cuando alcanza la gloria, no hace otra cosa que entronizar a aquel del que aprendió, aquel que le permitió llegar al éxito. La calidad del alumno en cierta manera emana de la del maestro, identificándose con ella.

Pero creo que adelanto acontecimientos. Mejor regresemos a las lecciones magistrales.

Si en la pintura la apreciación de los detalles magistrales depende sobre todo del conocimiento del observador, en la literatura a veces uno se topa con una dificultad añadida: la traducción. El traductor por desgracia en demasiadas ocasiones ofusca al autor, sobre todo en lo relativo a la cuestión formal. Por ello siempre se recomienda, en la medida de lo posible, evitar las traducciones y beber del original: el ficho ‘traductor traidor’, aunque resulte ofensivo para ese gremio, no deja de tener su punto de verdad.

Leer un texto en su idioma original permite descubrir su belleza en estado puro; de ninguna otra manera se tiene mejor acceso al autor. Así se puede descubrir sus auténticas pinceladas como ejemplo de maestría. Y si el idioma original del texto coincide con el materno del estudiante, mejor que mejor: con mayor facilidad podrá arrancar esas gemas de sabiduría.

Pero claro, todo esto hablando de textos de calidad comprobada. Porque luego tenemos los malos textos, los de pésima calidad. Ellos también pueden resultar instructivos, si bien teniendo siempre en mente que se deben tomar de una manera opuesta: como contraejemplo.

Invito a todo el que quiera a leer el siguiente texto:

Autor: Daniel Quezada Tomianovic

Título: ‘Ficción I’

A grandes zancadas sobre las olas que dejó una rueda al pasar por el agua, corro hasta el borde de la alcantarilla, me acerco a la acera, lo que me ayuda a estimar mi altura, la cual no sobrepasa los cuarenta centímetros, me doy cuenta de que el

experimento tuvo éxito, el problema es que al parecer no ha sido contenido dentro del laboratorio, pero ahora comprendo que este no es mi mayor problema, ya que acabo de verme pasar, de tamaño normal, conversando al teléfono  despreocupado.

Está copiado tal cual de la web que aloja el concurso de microrrelatos del programa de radio La Ventana, concurso apoyado y aconsejado por la empresa llamada Escuela de Escritores. A continuación adjunto una captura de pantalla del mismo, url incluida.

VII Concurso La Ventana Semana 1
VII Concurso La Ventana Semana 1

A mi edad, habiendo leído casi sin la menor dudad más de dos mil libros leídos, me considero un lector con criterio. Un criterio que me permite discernir lo bueno de lo malo, la calidad de la basura. Y en mi criterio de lector fogueado sólo puedo calificar como malo el texto arriba citado. Como muy malo. Lo digo con todo el respeto hacia Daniel Quezada Tomianovic, pero en ese texto (ni siquiera se ha molestado en darle un título apropiado al contenido) encuentro semejante cantidad de defectos que creo que si estuviera incluido en un examen de literatura suspendería de manera automática. Sobre todo destaca en él la horrenda puntuación, sí, pero a ella hay que añadir fallos de concordancia, repeticiones mal engarzadas, abuso de verbo comodín, detalles en descripciones que resultan grotescos en un microcuento, faltas de ortografía… Todo eso en un texto de ochenta y un palabras.

Pero lo dicho: no culpo a Daniel Quezada Tomianovic. Él ha mandado un texto escribiendo lo mejor que ha creído posible, y ahí acaba su ‘culpa’.

Otra cosa muy diferente es que haya llegado a finalista de un concurso de microrrelatos. Un concurso de microrrelatos en el que, como parte del jurado, hay miembros de una Escuela de Escritores.

Al inicio de esta entrada he hablado de cómo las obras de los maestros suponen auténticas lecciones para los aprendices. Más aun, el extraer esas enseñanzas de dichas obras maestras ensalza al autor. También he descrito como la gloria y el buen hacer de los alumnos ensalza al maestro, convirtiéndose en referencia.

¿Qué me dice esta Ficción I del jurado que la ha escogido como finalista? Nada bueno, no señor. ¿Y qué me dice que en el jurado haya miembros de una autodenominada Escuela de Escritores? Pues que algo no me cuadra. Algo muy gordo. Se me ocurren dos posibles explicaciones a este engendro como finalista:

  1. Por un lado puede pasar que estos miembros de Escuela de Escritoreshan aprobado el texto y le han dado su visto bueno. En ese caso desearía estar en sus mentes para saber qué es lo que han encontrado en él tan reseñable como para acabar escogido finalista, porque NO LO ENTIENDO. De hecho se lo pregunté a través de twitter y no obtuve respuesta (no se lo echo en cara porque seguro que no dan abasto para responder a todos los mensajes que les llegan, aparte de que todos nos podemos despistar). Me he leído el texto ya muchas veces y sigo sin encontrar esa chispa de maestría que justifique su elección. A lo mejor me estoy volviendo ciego, que todo puede suceder.
  2. Por otro lado, si los miembros de Escuela de Escritores no han dado el aprobado a ese texto y aun así ha acabado como finalista, se deducen dos cosas: el nulo conocimiento del arte la escritura por parte de quien lo ha escogido (salvo que, como en el punto anterior, me explique con pelos y señales qué tiene de especial), y que dicha elección ensucia el nombre de Escuela de Escritores al asociar un texto tan burdo a su criterio selectivo.

Y ahora llego a lo que más les puede doler a los de Escuela de Escritores, y principal objetivo de esta entrada. Yo, como aficionado a la escritura que desea mejorar ¿me gastaría el dineral que cuestan los cursos de Escuela de Escritores sabiendo que su criterio de calidad y de buen hacer da validez a ese texto? ¿Los maestros de esa Escuela de Escritores consideran digno de finalista un texto que considero suspendería un examen de redacción? ¿Acaso Escuela de Escritores en realidad se reduce a ‘todo vale’ en aspectos literarios?

Insisto: ignoro lo que pasó para escoger a ese texto. No escucho la radio. De hecho hasta hace una semana ignoraba que existiera ese programa de radio, La Ventana. Tampoco me voy a poner ahora a escucharla, cuando nunca lo he hecho ni lo he necesitado. Pero en mi fuero interno, por completo personal e intransferible, se ha sembrado una muy seria duda acerca de la calidad de un empresa como Escuela de Escritores, una empresa cuyos maestros (esos que crean escritores en base a criterios de calidad) permiten que un texto como el arriba citado acompañe a su nombre.

El texto ‘Ficción I’ creo que se puede catalogar casi sin lugar a dudas como un contraejemplo de ficción mínima, un contraejemplo envenenado que amenaza con matar al maestro que lo apoyó.

No hay adiós.

PD: Escribo esto a las tantas de la madrugada, muerto de sueño y a toda prisa (más de mil trescientas palabras a vuelapluma), pero o lo decía o me moría. Por esas prisas espero sepan disculpar las posibles faltas de ortografía. Ni voy de maestro, ni pretendo serlo.

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