Acerca de ‘La fuerza del mascarón’

No hay hola.

En esta ocasión la explicación de cómo llegué al relato que presenté en el taller de Literautas supone de verdad hablar de dos relatos. La premisa inicial de este mes me transportó de manera inmediata a pensar en estatuas; en mi caso eso supone de manera casi instantánea recordar dos concretas para las que tengo planeado un cuento desde hace un par de años. Pero aun no lo tengo y, lo que importa más, ese cuento requiere una extensión muy superior a unas simples setecientas cincuenta palabras.

Intenté sacar alguna otra historia en torno a dichas estatuas pero admito que no se me ocurrió con rapidez (si hay algo que me gusta hacer en esto del taller de Literautas es forzar la máquina y tratar de disponer de una base de trabajo rápido). Opté por apartar de mi cabeza las dos estatuas y empecé a intentar recordar si tenía por ahí algún argumento con estatuas.

En vano.

Traté de jugar con el concepto de estatua: algo estático, detenido en el tiempo. Detenido en el tiempo. ¿Por qué detener en el tiempo algo que se nos hace imposible de parar? Como por ejemplo el Sol. ¿Un relato en el que la estatua es el propio Sol? Aquello sólo cabe en un escenario de absoluta fantasía: de nuevo la ciencia ficción quedaba excluida de los relatos para Literautas. Ya habría alguna ocasión más propicia.

Pero no podía abandonar esa historia que con cada que pasaba ganaba fuerza en mi cabeza: un Sol detenido por estatuas y no en el ocaso, sino al borde mismo del mundo. Me lancé como suelo hacerlo, con obsesiva rapidez, al ordenador a esbozar un guión.

Y resultó que el guión superaba con creces la extensión máxima del taller. Yo puedo, me dije. El cuento tiene tres escenas bien diferenciadas: quizá si eliminas la primera y tercera (introductoria y conclusiva) y te quedas con la principal insertando e manera indirecta parte de la introducción para situar en escena al lector.

Juro que lo intenté.

Pero no fue posible: el texto quedaba cojo, muy descompensado. Necesitaba a gritos más extensión. Pero que mucha más. Así que lo aparté no sin antes desarrollar un primer borrador cien por cien viable. El borrador supero las dos mil palabras (un borrador, que en mi caso siempre acaba engordando incluso un cincuenta por ciento más). Y la historia me parecía buena. Y todavía me lo parece.

A lo que iba: estaba de nuevo ante el maldito folio en blanco. Estatuas. Jodidas estatuas. ¿Qué sacar útil de ellas en apenas setecientas cincuenta palabras?

Desde que lo descubrí, muy joven, hace ya muchos años, William Hope Hogdson ha sido para mí un autor de referencia, básico. Su manera de juntar el terror y el mar nadie la ha superado. ¿Por qué no intentaba yo emular al maestro y narrar una historia marina?

En los barcos antiguos había una estatua: el mascarón. ¿Qué se puede narrar con un mascarón como protagonista? Mejor aún: ¿qué es lo que nunca te esperarías en una historia marítima con mascarones? Tras darle un par de vueltas lo vi claro. Uno jamás se imaginaría encontrarse a los mascarones andando sobre cubierta, y menos aún impulsando al propio buque. En otras palabras, necesitaba una historia de golems.

En mi cabeza todo empezaba a cuadrar: golems bogando con su fuerza mística. Un buque que necesitaba velocidad extra para huir de algo. ¿De qué? Por supuesto que de piratas. Golems, buques, piratas. Sólo quedaban un par de detalles que engarzaran todo. Por supuesto la presencia de golems sólo podía explicarse con una la magia que animara a las estatuas. Magia poderosa, magia peligrosa, magia de alto precio.

Ya tenía el relato.

No voy a negar que de nuevo me pasé de extensión: el texto medio definitivo llegaba justo a las mil palabras. Me encontraba ante una tarea de poda muy seria. Quizá me había excedido describiendo detalles del trabajo en el buque, o con alguna de mis ‘florituras’. Las tijeras cortaron y cortaron a medida que rehacía el texto, hasta lograr el relato definitivo que ya pueden leer.

Espero que ‘La fuerza del mascarón’ les guste y que disfruten leyendo la historia más de lo que yo hice al escribirla.

No hay adiós.

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