Acerca de ‘La cuenta atrás del relojero’

No hay hola.

De nuevo me toca hablar del proceso creativo con el que llegué a este relato para el taller de Literautas. Tras leer los requisitos de este mes he de admitir que llegar al argumento inicial no me supuso tanta dificultad como en la anterior ocasión.

Empezaré por lo primero que se me ocurrió. La mención al número trece me hizo pensar en el tiempo, en la hora trece. Ignoro por qué pero surgió de manera instantánea. La necesidad de meter el tiempo como un componente vital del relato acabó llevándome a la idea de reloj. Más aún, un reloj monumental alojado en un campanario, algo similar al Big Ben. Todo reloj de ese tipo requiere un relojero o relojeros que lo cuiden, a él y a su maquinaria. En ese entorno introducir unos candados no supone el menor problema, sobre todo si se quiere vestir de un halo de misterio a la maquinaria.

Así que tenemos un reloj muy grande y de maquinaria tan sofisticada que está guardada najp llave. Tanto el reloj como la maquinaria están a cargo, como no podía ser menos, de un relojero. En ese reloj la hora trece tiene una importancia vital. Eso me hablaba de un reloj muy especial, con una esfera en la que se marcaba una hora de más: la hora trece.

Un reloj especial que marca una hora especial y con una maquinaria igual de especial protegida bajo llave.

¿Qué volvía singulares a ese reloj y su maquinaria como para debieran estar protegidos por cerraduras? Más aún ¿qué pinta en todo ello un escritor?

Admito que la inclusión del escritor se la debo por completo a esa criatura que tengo oculta en los recovecos de mi cerebro. Si bien el resto de piezas habían surgido de manera más o menos planificada, lógica, deductiva, este elemento de la narración no surgió de ninguna deducción o proceso similar, sino del puro subconsciente. Sin que lo hubiera pretendido me descubrí escribiendo una historia en la que yo mismo aparecía: el escritor que mediante su proceso creativo da vida y sentido a toda una realidad. Porque en el fondo todo escritos, sobre todo de no ficción, en el fondo actúa como un demiurgo. Crea, y dentro de su cabeza sus creaciones poseen vida propia.

Pero, como ocurre en mi propia vida, el proceso creativo está constreñido por unas limitaciones horarias. No vivo de la escritura. Ojalá llegue algún día a ganarme la vida de ella. Mientras tanto debo arañar el tiempo necesario para dedicarme a crear: unas pocas horas al día, o incluso menos. ¿Qué pasa con mis creaciones mientras no regreso a ellas, cuando no las puedo dar más vida, más riqueza y trasfondo?

¿Qué pasaría si hubiera creaciones literarias conscientes de su naturaleza? ¿Cómo verían al creador que las anima? ¿Qué sentirían ante la amenaza de que su dios dejara de escribir, de que no tuviera tiempo para ello? ¿Ese temor no las puede volver en extremo supersticiosas? Veía que insertando bien el escritor como un dios amenazador todo el relato cuadraba.

Creo adivinar que tras la idea del escritor en el relato se mezclan de cierta manera dos fuentes de inspiración bien distintas: por un lado mi adorada La historia interminable (no creo que haga falta explicar porqué); por otro mi no tan adorada serie de Perdidos (aquí la relación está en la necesidad de meter los números cada cierto tiempo, necesidad que se vivía de manera asfixiante en la ¿segunda? temporada). Tales relaciones las he adivinado a posteriori, con el texto ya casi acabado. De nuevo el duende de mi cabeza hizo de las suyas. Pero gracias a él pudieron encajar todas las piezas que se pedían. Y de paso el relato ha servido para aportar una nueva pincelada, hasta el momento desconocida, de Efímera.

Ahora debo hablar de algo que me duele mucho: por segunda vez el texto está muy cercenado. Casi diría que demasiado resumido. Tras lograr un argumento demasiado largo me lancé a redactar el primer borrador. Una ratito de esfuerzo y ya disponía del borrador inicial, un monstruo (teniendo en cuenta las limitaciones) de mil ciento dieciocho palabras, un cincuenta porciento más que el máximo permitido. En mi caso los borradores por lo general actúan como versiones cortas del texto final: en ellos sólo cuento, no muestro. Por ello cuando me meto en harina de verdad con el cuento éste siempre suele duplicar o más su extensión. Pero con este taller me veo obligado a trabajar al revés: no sólo debo pasar de contar a mostrar, sino hacerlo con muchas menos palabras de las iniciales. Un auténtico reto, sobre todo cuando la historia (y el bicho de mi cabeza) me exige que narre más y más. El resultado, debo admitirlo, no me satisface. Sin lugar a dudas cuando ya se hagan las valoraciones del taller lo agarraré y escribiré con la extensión que se merece.

Pero espero que, incluso con ese enorme defecto de la extensión inapropiada, esta versión inicial de ‘La cuenta atrás del relojero’ le guste a quien lo lea.

No hay adiós.

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