De cómo yo solito me meto en jardines (y disfruto haciéndolo)

No hay hola.

En la anterior entrada hablaba de cómo me he metido a la reescritura de los cuentos que he enviado a Literautas. Pues bien, el primero al que estoy metiendo mano es ‘Salvaje melodía de un mal sueño’ y, como dije la otra vez, se me está poniendo cuesta arriba.

Entendedme: no se me ha esfumado la inspiración ni nada similar, sino más bien todo lo contrario. El condenado está adquiriendo voz propia y derivando en un cuento con un fuerte toque gótico, y en su vertiente ‘arquitectónica’, como yo digo. Con eso me quiero referir a un cuento en el que la presencia y descripción de las construcciones poseen gran peso en el texto, tanto en lo relativo a la ambientación como en el desarrollo de la trama.

En ello estoy, y de las setecientas cincuenta palabras iniciales ya he pasado a las siete mil. Y ando sólo por la mitad del cuento. La huella de la segunda mitad de Fuerza de mascarón se deja notar.

Además, intentando sumergirme en el aspecto sonoro del texto (quien haya leído el cuento original entenderá la importancia de ese tipo de descripciones), me estoy dando un repaso a mi ya muy olvidada métrica y nomenclatura musical. No sé si eso supondrá un pro o un contra, pero me da que el texto final tendrá bastante de ‘borgesiano’.

Sé que ese concepto de relato, ‘borgesiano’, asusta a más de uno. Pero me da igual.

Lo admito, tiendo a huir del lenguaje común y usar términos que algunos llaman ‘raros’, otros ‘pedantes’ y otros directamente ‘molestos’ (me refiero a esa gente a la que usar el diccionario les supone un gran sacrificio, lectores a los que no se les puede sacar del puñado de cientos de palabras básicas del castellano). Como ejemplo muy sencillo de esto de lo que hablo decir que escribiendo Fuerza de mascarón me he metido bastante jerga marinera, sobre todo en lo relativo a nombres propios de objetos de a bordo. Podría decir ‘cuerda’ cara casi todo, pero escribí ‘jarcia’, ‘driza’ o ‘soga’; de igual manera en vez del simplón ‘palo’ usé ‘mástil’, ‘verga’, ‘percha’ o ‘botalón’, según resultara más apropiado.

De igual manera me gusta de vez en cuando (no siempre) esconder ‘huevos de pascua’ en los textos, en las tramas, en los trasfondos de las historias… Admito que eso, el jugar con diversos niveles de lectura, puede suponer que el lector medio no acabe de comprender los textos. E incluso que no le gusten. Pero también está la otra cara de la moneda. Me han llegado a decir ‘el cuento se me hizo pesado de leer en un primer momento pero, al llegar al final y descubrir ese giro, me he visto obligado a leerlo de nuevo, desde el principio, y… y entonces he comprendido más cosas. Muchas más cosas. Y me ha gustado mucho’. Eso me hace sentirme mucho más satisfecho que si escribiera un cuento de estilo ‘sencillo y directo’, lo que yo llamo literatura de Metro (dígase la que no requiere del lector un esfuerzo, prestar un mínimo de atención). Cuando alguien lee un texto mío y empieza a descubrir las ‘fintas en las fintas de las fintas’ (como diría Herbert) que en él he trazado –que van desde referencias a mitos más o menos clásicos, pasando por historia, cine, literatura, o ‘simples’ dobles lecturas–, estoy seguro que disfruta tanto o más que yo desentrañando ese resultado final.

Bueno. No voy a divagar más sobre mis pajas mentales/estilísticas. Quien quiera leer el ejemplo más reciente de estos juegos dentro de mis textos que se pase por el último cuento que escribí para Literautas.

No hay adiós.

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