Desde el reflejo de tu tocador

Texto presentado al Maratón de correos literarios. Requisitos: redactar una carta. Nada más. Pero como me conozco he acabado haciendo algo con toque fantástico.

Querida mamá…

No sé… no sé cómo empezar. ¿Con una disculpa, quizá? Algo susurrado y sereno. O puede que deba hacerlo con un grito de rabia, de frustración. Aunque, pensándolo con calma, creo que lo mejor puede ser una sonrisa. Una sonrisa de gratitud, de amor.

Me parece que sí, que así acertaré: dedicarte una enorme y sincera sonrisa. Apartar el dolor de no tenerte ya conmigo y premiarte de la misma manera que hiciste conmigo durante años. Sonreír y decirte ‘te quiero’. Eso y más: que siempre te he querido y que siempre te querré.

Pero también necesito decirte esto: perdona.

La situación –aquí, sentada ante tu tocador en la soledad de tu dormitorio– se me hace tan dolorosa como extraña. No resulta ni fácil ni racional escribir esta carta aquí, sobre este papel rosado y plantada frente a este espejo. De hecho todavía no me lo creo del todo. Pero escribo. Debo escribir.

Este espejo de tu tocador durante años nos ha unido de una manera especial. A lo largo de varias décadas lo has usado para acicalarte, pero no sólo para eso. Has usado el reflejo del cristal para dedicarme sonrisas y mohines cómplices. Me los hacías mientras yo, sentada en el sillón de la esquina, te miraba llena de admiración cómo te maquillabas.

Ahora tu cuarto está vacío, y de esa complicidad apenas queda un aura fantasmagórica, una atmósfera que mi presencia no llega a llenar.

Sentada en tu taburete y rodeada de tus perfumes y tus cosméticos a través del espejo contemplo tu cama. Esos mismos cosméticos que yo, incapaz de nombrarlos, los llamaba potingues, a lo que tú siempre respondías balanceando el dedo ante mi nariz con un divertido ‘no son potingues’; y muchas veces acababas amenazando con untarme con una de las cremas.

Pero mis ojos no se quedan en los botes de colonias, en los tarros de cremas y el vaso de porcelana –el mismo de siempre, con su par de ángeles dibujados con finos trazos azulados– lleno de pinceles y lápices de ojos. No, mi mirada se adentra en el reflejo del espejo y va más allá, a la cama. La colcha sigue tal cual como la dejaste, estirada con una perfección que a mí siempre se me hizo obsesiva. No se aprecia la menor arruga. El pliegue que forma allá donde se eleva para cubrir la almohada parece trazado con tiralíneas. Los dos cojines de macramé que tejiste un par de lustros atrás (intentando en vano que me aficionara al punto) aún presiden la cama. Me parece mentira que incluso con todos los años transcurridos las dos rosas de lana que les bordaste conserven su brillo, resplandeciendo tan vivas como el primer día sobre el fondo ocre. Allí siguen, tendidos sobre la almohada aguardando tu regreso. Se diría que están dispuestos a lanzarte una cariñoso y mudo ‘hola’.

Sigo mirando tu cama a través del espejo. Como si se tratara de una especie de televisor mágico creo verte bajo la colcha, con tu cuerpecito sólo cubierto de cintura para abajo, medio incorporada. Siempre tuviste la costumbre de recostarte en esos dos cojines. Decías que sólo con ellos conseguías el ángulo perfecto para leer en la cama con comodidad. En mi imaginación te veo así, recostada y con un libro entre las manos. Desde que tengo memoria aquella sesión de lectura se había vuelvo costumbre en las mañanas de todos los domingos.

Ya no podré volver a verte así, abstraída y maravillada en las páginas. Nunca más. Ni este domingo que viene ni ningún otro.

Qué tiempos aquellos, ¿verdad, mamá? Tú remoloneando, saciando a tu manera el hambre mañanero con una interminable sesión de lectura.

–Ya voy –decías una, dos, tres veces como respuesta a las llamadas que yo hacía desde la cocina–. Acabo este párrafo y voy.

–Se te va a enfriar el cola–cao, mamá.

–Voy, voy.

Siempre la misma cantinela. ¿Cuántas veces me vi obligada a volver a meter todo en el microondas? No podría contar las ocasiones en que acabé cogiendo la bandeja y dejando tu tazón con pan tostado, uno apenas más humeante que el otro, sobre este mismo tocador.

No las podría contar, no. Y tampoco quiero. Ni siquiera sé si debo.

Me niego a recordar más episodios vividos en este cuarto, cuatro paredes ahora tan huérfanas como yo. Y sin embargo las imágenes regresan a mí. Como las veces que enfermaste siendo yo niña. Yo pasaba gran parte de esos días tendida en la cama junto a ti, a veces llorando desconsolada porque creía que te ibas a morir, a dejarme sola, otras sólo tumbada y en silencio paladeando tu compañía. Tú, incluso en los momentos de mayor debilidad, siempre encontrabas las palabras y la manera de animarme.

¿Qué puedo decir yo ahora? ¿Qué puedo escribir en esta hoja de papel rosa? ¿Un simple ‘lo siento’? ¿Que me arrepiento de haberme mudado a una ciudad situada a horas, en el mejor de los casos, de esta cama tuya? Mamá, ¿qué puedo decir? ¿No debía intentar encontrar un mejor trabajo, con un sueldo digno con el que empezar a trazarme un futuro, aunque eso supusiera dejarte sola en este piso?

Sabes que el día cogí el autobús y partí con mi maleta se me hizo poco menos que horrible. Me dolía como nunca me había dolido antes. Se me hizo horrible, pero me fui. Te dejé aquí, en este piso, con tus libros como única compañía.

Lloré. Por ti y por mí.

Pero mi dolor, el de entonces y el de ahora, poco importa. Lo único de verdad importante llegó a mí en forma de llamada. Cuando descolgué me sorprendió escuchar la voz de la tía. Ella nunca me llamaba, y esta vez lo hizo sólo para llorar. Apenas balbuceó unas palabras. No sé cómo, y tampoco me importa, pero mientras yo misma me veía arrastrada por un torbellino de angustia logré calmarla. Me sentía rara, ausente, pero conseguí que la tía me dijera lo que pasaba.

Pero dentro de mí ya me lo imaginaba.

Al escuchar aquella voz suya contándome lo del atropello y el pronóstico de los médicos sólo atinaba a pensar: ¿por qué? ¿Por qué me fui de tu lado?

¿Por qué?

Todavía me lo preguntaba cuando me lancé al aeropuerto. En ese momento quien balbuceaba era yo. Pero la mujer tras el mostrador logró comprenderme ya que entregó un billete. El pedazo de papel costaba más que todo lo que yo cobraba en un mes. Daba igual. Mientras esperaba en la terminal, mientras me adentraba en ese gusano tenebroso que se elevó sobre la ciudad, en mi cabeza seguía rondando la misma pregunta: ¿por qué te dejé sola?

¿Por qué?

Las dos palabras se repitieron una y otra vez. Me machacaron a lo largo de todo el viaje. Se suele decir que si se repite una palabra muchas veces seguidas en cierta manera deja de sonar bien, llegando incluso a perder parte de su significado. Mamá, te puedo prometer (aunque a ti nunca te gustó eso de las promesas) que por más que repetí esas palabras nunca perdieron su sentido. ‘¿Por qué?’

No estoy segura de lo que le dije al taxista. Supongo que le musité la dirección del hospital, más que nada porque me llevó a él. Pero el diccionario de palabras de mi cerebro se había reducido a dos: ‘por’ y ‘qué’.

Mi corazón latía con dos palabras. Su sonido poseía tal intensidad que apenas escuché al médico cuando me explicó lo que había pasado. La tía estaba al lado mío, una madeja temblorosa de nervios y dolor. Ni siquiera atiné a comprender bien lo que pasó cuando ella estalló a llorar y se desmayó. Como si se tratase del rumor distante de las olas del mar en medio de una tormenta, alguien me dijo que podía pasar a verte una última vez. Incluso sumida en esa galerna yo ya sabía que si iba me encontraría delante de algo que no respiraría: tú ya no estabas allí.

Salí del box, me perdí por un dédalo de pasillos, atravesé carente de voluntad varias salas de espera. Ignoro lo que pasó con la tía, y la verdad sea dicha: poco me importaba. Al fin y al cabo estaba en un hospital: no hay mejor lugar que ese para que la cuidaran. Yo sólo quería salir de allí, regresar a ti. Mejor dicho: regresar a lo que tú eras para mí, un recuerdo vivo y querido, no un saco de carne desgarrada y huesos quebrados sobre una cama. Una cama que no era la tuya.

Volví a casa. Mientras caminaba el escaso medio kilómetro que separa el hospital de tu (de mí) hogar juraría que mis tacones hacían un ruido especial. El ‘toc–toc’ se había convertido en un ‘por–qué’. Aunque debía de tratarse de mi imaginación.

¿Por qué?

Tenía una copia de las llaves.

–Nunca las abandones. Ésta es tu casa –me dijiste cuando, maleta en mano, salí para iniciar una vida lejos de ti–. Siempre lo será.

Y me besaste murmurando un ‘hasta luego’. No un ‘adiós’: para ti todo era ‘hasta luego’.

¿Cómo puedo yo decirte ahora ‘hasta luego’? Pero de una manera u otra lo estoy haciendo. Tengo esta hoja, empuño este portaminas, escribo esta carta. Y veo tu cama a través del reflejo del espejo.

–Hasta luego –me dijiste aquella vez.

Pero cuando entré en el piso no me recibió saludo alguno. Sin que ni tú ni yo lo deseáramos en algún momento el ‘hasta luego’ se había tornado ‘adiós’. Un ‘adiós’ salvaje y brusco. Sólo me contestó el silencio, que escondiéndose entre las sombras se reía de mí.

La casa estaba impoluta y al mismo tiempo irradiaba tu presencia. En el recibidor vi el taco de hojas que siempre tenías junto al teléfono. En la hoja superior leí una hora y un día. ‘Confirmar cita’, rezaba tu letra junto a los números. Al lado del taco reposaba uno de tus queridos portaminas. A mí desde pequeña me habían dado repelús los lápices (esas puntas que se chirrían, se rompen y todo lo manchan); sin embargo tú los adorabas. Como término medio, un puente entre las dos, llenaste la casa de portaminas.

–Ni para ti ni para mí –dijiste con una de tus sonrisas el día que me diste el primero.

Por ridículo que te suene, mamá, ver ese portaminas abandonado junto al teléfono me hizo más daño que todo lo visto y oído en el hospital. De alguna manera representaba el vínculo que manteníamos, el puente que entre tú y yo hacía fluir ideas, sentimientos, alegrías, pesares. Un puente que un desgraciado conduciendo un Audi blanco había demolido con un frenazo mal dado. Había borrado el vínculo, de igual manera que la goma elimina el trazo de un portaminas.

Mamá, por qué no nos unimos con boli, con lazos de tinta indeleble.

¿Por qué me fui de tu lado?

¿Por qué?

Estaba todavía en el recibidor cuando la maldita pregunta regresó. Las piernas me flaquearon. Notaba que me iba a desmayar. Apoyándome en las paredes del pasillo busqué mi cuarto, mi cama, mis peluches. Pero en el camino mis pies me traicionaron y me llevaron a tu dormitorio. Si quererlo me encontré ante tu cama, con tu tocador justo delante de ella y tu sillón de oreja en una esquina al lado de la ventana. De alguna manera esta visión tan familiar me reconfortó. Noté como las piernas parecían volver a sostenerme. Mis ojos se clavaron en el sillón. Siempre se me hizo incongruente verlo en el dormitorio. Un sillón tiene su lugar en una sala o una biblioteca, no en una habitación. Pero tú adorabas leer en él mientras la luz del atardecer se derramaba por la ventana, y jamás me hiciste caso cuando te dije de colocarlo en el salón.

Por un instante demencial creí adivinar tu figura en el sillón. La debilidad regresó. Esquivando tu cama (por alguna razón, quizá por verla hecha de esa manera tan perfecta, no me atrevía siquiera a tocarla) logré reunir las fuerzas suficientes para llegar al sillón y acabar derrumbada en él.

Perdí el conocimiento.

Cuando desperté la tarde ya llegaba a su fin. La habitación parecía estar teñida con tu sangre, esa que te derramó un malnacido. No podía soportar aquella visión, así que prendí la lámpara de pie que había junto al sillón. Con la luz blanca el cuarto recuperó su aspecto normal.

Normal pero vacío. Sin ti.

Tenía delante, un poco a mi derecha, el tocador. Del mueble, sujeto a el por un bastidor oscilante, emergía un gran espejo. Su parte inferior estaba enmarcado a partes iguales de perfumes y cajas de cosméticos; la central y superior la rodeaban una nebulosa de notas, post–its y fotos.

Iba a levantarme para ojear las fotos cuando noté algo raro en el reflejo. A través del espejo vi colocado sobre la colcha, en el centro de la cama, un sobre rosa. Parecía uno de esos de papel de grano grueso, de los que tú llamabas ‘de boda’ y que tanto te gustan. Giré la cabeza hacia la cama… pero sobre la colcha no había nada. Volví a mirar al tocador: en el espejo seguía apareciendo el sobre.

¿Qué pasaba? Aquello no tenía sentido. ¿Estaba el espejo roto o deformado, reflejando cualquier cosa del cuarto y dándola ese aspecto de sobre? Pero me fijé mejor. La imagen no mostraba la menor distorsión ni grieta. Más aún, el sobre tenía una definición me atrevería a decir que exagerada. Se podría decir que resplandecía.

Con sumo cuidado me incorporé del sillón y anduve hacia el tocador. No me atrevía a pestañear: mantenía la mirada clavada en ese sobre fantasmal. Me acerqué al mueble, al espejo. El sobre siguió apareciendo en él. Nítido. Real. Imposible. Me senté en el taburete, cuidando de quedar lo bastante ladeada como para que mi cuerpo no obstruyera la imagen del sobre. No debía ser más grande de una cuartilla. Visto desde allí se apreciaba que, en efecto, estaba realizado en papel granuloso y grueso. Su tono rosa estaba salpicado de pequeños puntos más oscuros, quizá imperfecciones del papel, quizá motas colocadas adrede para darle ese aspecto tosco y artesanal que tú tanto adorabas.

Ignoro cuánto tiempo permanecí abstraída contemplándolo. Varias veces me giré sólo para descubrir la colcha desnuda y vacía. Sobre ella no había ni el menor rastro de sobre. Pero dentro del espejo, sobre la colcha impoluta, seguía el sobre.

Un impulso ajeno a mí me hizo levantar la mano derecha. Los dedos parecían poseer voluntad propia. Buscaron el espejo. Yo me limité a mirar y esperar, convertida en mero espectador. Las yemas acariciaron la superficie del espejo. El cristal estaba frío, muy frío. Más que vidrio parecía hielo puro. Pero pese al doloroso contacto mis dedos no se retiraron. Al contrario, se apretaron contra el cristal empujando, desafiando su resistencia. Yo pensaba ‘esto es una locura’, me decía que todo carecía de sentido. Pero mis dedos seguían luchando contra el cristal.

No se produjo el menor ruido. Sólo noté cómo mi piel, mi carne y mis nervios aullaban de dolor. Supongo que alguien que sumerge sus dedos en nitrógeno líquido debe sentir algo similar. O eso me quiero imaginar. Pero pese al dolor mis dedos siguieron hundiéndose en el espejo, atravesando lo imposible.

La carta. Querían, necesitaban coger la carta. Atravesaban el espejo hacia ella.

Vi cómo se adentraban en el imposible e insoportable gélido reino de la imagen del espejo primero los dedos, luego la mano entera para después el antebrazo casi hasta el codo. El dolor, el frío insoportable, me hizo aullar de dolor. Pero no retiré el brazo ni cerré los ojos. Vi cómo la carne y los huesos se estiraban más allá de lo imaginable. Ignoro si se debía a un efecto de refracción o a que dentro del espejo las reglas de la física no se cumplen. Me da igual. Sólo importaba que mis dedos avanzaban sin pausa hacia el sobre.

Cuando las yemas tocaron el papel no noté nada especial, nada distinto de ese abrasador frío. Pero lo aferré con firmeza, incluso con desesperación. Empecé a retirar el brazo. Con lentitud. Temía que a causa del frío se me cayera a pedazos. Mi antebrazo emergió seguido de la mano y los dedos. Para mi sorpresa no se apreciaba la menor quemadura de frío en la piel. De hecho no quedaba la menor huella de la experiencia: toda sensación de frio había desaparecido como un mal recuerdo.

El sobre. Seguía en mi mano, grande, rugoso y rosa.

Te hubiera encantado, mamá.

Pero me da que me equivoco usando esta manera de hablar. No ‘te hubiera’. ¿Acaso no sería más correcto decir ‘te ha’?

Me quedé mirando el sobre. ¿Qué era este milagro? No tenía el menor sentido. Pero ahí estaba.

Un sobre se usa para contener una carta, pensé. Para almacenar un mensaje.

Temía abrirlo. Si dentro había algo, una carta, ¿qué pondría? ¿Habías encontrado alguna manera, incluso desafiando las barreras de la muerte, de vencer la distancia y dirigirte a mí?

Abrí la solapa con dedos temblorosos. No estaba sellada, lacrada o precintada. Sólo tuve que tirar del papel para ver su interior: dentro había dos folios plegados, ambos de idéntico color al del sobre pero de grano mucho más fino y elegante.

Uno estaba escrito. Mis manos temblaban alocadas cuando lo desdoblé. Me encontré con líneas y líneas de texto apretujado pero legible.

‘Querida buñuelito’, rezaba la presentación.

‘Querida buñuelito’. Sólo tú me llamabas así. Las palabras me arrancaron recursos, pero no quería perderme en ellos así que me negué a recordar la historia oculta tras ese mote.

Dejé la carta sobre el tocador. Las lágrimas se arremolinaban en mis ojos. Me puse recta, alejándome del tocador: temía que alguna lágrima cayera sobre el papel y emborronara o deshiciera el texto. Una carta escrita, como no, con un portaminas.

Cerré los ojos y respiré hondo. Una vez. Dos. Tres. Notaba que me faltaba aire. Respiré una vez más. En mis oídos escuchaba el atolondrado latido de mi corazón. Poco a poco se fue calmando.

Sin atreverme a mirar aparté la carta –tu carta– y la coloqué entre los tarros de potingues. Cogí el otro folio rosa. Estaba vacío. Anhelante.

¿Acaso esperabas que leyera tus palabras y que te respondiera? Lo admito mamá, no puedo. No me he atrevido a ello. Temo encontrar algo que me haga sentir culpable. Por eso no la voy a leer. Al menos mientras no haya acabado esta carta que ahora escribo y que ya llega a su final. Lo hago como a ti te hubiera gustado, con portaminas y en ese papel rosa que me has enviado.

Creo que te he contado mucho, o al menos suficiente. Además el tipo de cosas que a ti siempre te gustó oír y leer: muestra de cotidianeidad aderezada con cariño, realidad sazonada de amor.

Lamento no haber llegado antes. Pero intuyo que eso, con o sin carta, ya lo sabes.

Ya acabo: apenas me queda espacio. Suerte que siempre he sabido hacer una caligrafía diminuta pero legible. ¿Ves cómo todas esas chuletas de letra apretada y minúscula, esas que tú siempre me censurabas, al final han servido para algo?

Unas últimas líneas. La pregunta acaba de regresar a mi mente: ‘¿por qué? ¿Por qué me fui de tu lado?’.

¿Qué te puedo responder? No lo sé. Quizá todo se reduzca a la vida, a que hay que aprender, a descubrir que perdiendo algo se valora más lo que se posee. Yo me fui y, en una pequeña medida, te perdí. Ahora te he perdido por siempre, de una manera definitiva. Y ante ese abismo insalvable he aprendido a valorar como nunca antes tu presencia. Tanto que ya se me acaban las palabras. Sólo me quedan dos, y no son ‘por qué’. Supongo que ya adivinas de cuáles hablo. Ojalá tuviera más espacio para escribirlas tal y como se merecen, enormes, resplandecientes y poderosas:

Te quiero.

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3 comentarios sobre “Desde el reflejo de tu tocador

  1. Hola, Juan.
    Como me pediste, le he echado un vistazo para revisar eso de “la voz femenina” aunque no entiendo el concepto, la verdad. Creo que cada personaje tiene su voz y no es ni de un género ni de otro.
    En cualquier caso, a mi me parece que es el discurso de alguien que ha perdido a su madre y, como todo el mundo ante una pérdida así, empieza a desarrollar el sentimiento de culpa. Reflejas claramente la relación madre-hija, una relación bonita y reforzada por la distancia.
    Lo que sí me ha parecido durante el relato, es que todo está bien hilado, concreto, coherente y, en esas circunstancias, nada es concreto, coherente ni está bien hilado; al contrario, se trata de ideas que vienen y van, recuerdos inconexos más bien, todo es emocional y no suele tener mucho sentido.
    Te reconozco el valor para atreverte con un texto de estas carácterísticas y lograr que no sea ñoño en exceso, a pesar de que el tema ya implique un punto elevado de sensibilidad; yo no sé si habría podido intentarlo siquiera.
    Saludos.

    1. Hola, Aurora.

      Respecto a la ‘voz femenina’ yo lo considero que la manera de hablar de una mujer no es la misma que la de un hombre. Se fijan en detalles en los que un hombre no suele recaer, tienen una manera de pensar que difiere de la de un hombre. Mis años de matrimonio me lo han dejado MUY claro 😉 Muchas veces mi mujer me ha soltado eso de ‘eso una mujer nunca lo diría/haría’.

      Me apunto eso que comentar de ‘demasiado hilado’. No había caído en ello, y ahora que lo dices sí que tiene mucho sentido. Lo malo es que siguiendo esa premisa el texto puede pasar del monólogo interior comprensible (en el que creo que he podido encuadrar el texto) a algo que puede rozar lo caótico e inmanejable para el lector.

      Y yo nunca me había puesto a hablar de manera tan directa de algo como lo de la carta. No voy a negar que me ha hecho pensar en que algún día (puede que no muy lejano) yo pase por una circunstancia similar a la de la protagonista. Pero ‘la musa’ me obligó a escribir esa carta, y a la musa se la escucha 🙂

      Un saludo y gracias por tus palabras.

      1. A mi también me dio qué pensar tu carta, es desoladora, y por eso te dije lo de caótico, porque lograste meterme en la situación y me pareció que el discurso tenía más sentido que lo que habría sido lógico en esas circunstancias.
        También es cierto que, a la hora de plasmar algo que va a ser leído, se complica mucho dar el equilibrio entre el discurso interno y lo comprensible.
        Con respecto a lo de de voz “femenina”, supongo que sé a lo que se refiere tu mujer, pero en este texto no creo que hubiera gran diferencia entre sexos, se trata de los sentimientos volcados sobre la pérdida de una madre, es de las pocas relaciones en las que un hombre no escatima en sensibilidad (menos Norman Bates ;P)
        Y llevas toda la razón en lo de escuchar a las musas, siempre hay que hacerles caso, no se vayan a enfadar y nos dejen de lado.
        Saludos.

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