Acógeme desde este fin del mundo

Texto presentado al Maratón de correos literarios. Requisitos: responder a una carta que previamente me ha mandado la organización del maratón. El texto que he recibido se resume en ‘estuvimos liados, yo te quería mucho paro tú a mí no tanto, por lo que me dejaste. Ahora, tiempo después, te perdono y te deseo lo mejor’. A partir de esa carta (a mi gusto poco original y menos trabajada) he creado esta respuesta. Dada la falta de tiempo para redactarlo se trata de un vuelapluma apenas revisado. A ver si os gusta.

Ushuaia, 20/06/2019

Hola, Quique.

Ni siquiera sé si esta carta te llegará. El empleado de la estafeta dice que sí, pero visto el cariz que están tomando los acontecimientos no lo tengo del todo claro.

Llevo días conduciendo mi viejo Corsa, viendo a través del retrovisor incontables columnas de humo negro. Te puedo asegurar que atravesar Patagonia en un coche con el aire acondicionado roto y con las ventanas cerradas supone toda una tortura. Pero prefería aguantar el calor antes que ese insoportable hedor. A mi espalda todo un país, quizá el continente entero, se desmoronaba.

Huyendo hacia el sur tuve que dejar el coche en Río Gallegos y poder subir la ferry. Bajo este extraño amanecer austral tuve mi primera visión de Ushuaia. Me parece increíble que, vivido lo vivido, en este extremo perdido del mundo todavía quede algo de cordura. La ciudad parece un remanso de paz, casi un planeta diferente. Sí, sus calles están más llenas de refugiados que de lugareños, pero por alguna razón aquí no hay ni saqueos ni revueltas.

–Se trata del espíritu de la ciudad del fin del mundo –me dijo un anciano–. Al sur no hay nada salvo el océano. Agua y hielo. ¿De qué les serviría a esos norteños saquear si luego no tienen dónde ir con lo robado? Señorita, siga mi consejo: cálmese y disfrute.

En efecto, Quique, aquí se respira un ambiente de fatalismo sereno, aceptación de la tragedia, que no he visto ni en Buenos Aires, ni en Río Negro ni en Santa Cruz…

En la estafeta hay un único empleado. Le encontré atareado preparando la valija de correo.

–El barco zarpará al anochecer, y para entonces debe estar todo listo y catalogado.

Casi hablaba para sí mismo en la desierta oficina. Me atrevería a decir que agradeció mi presencia. Cuando le dije que deseaba mandar una carta su rostro sonrió resplandeciente:

–No sabe la alegría que me da ver que usted también regresa a los orígenes. Durante años no he tenido peticiones como la suya. Los ordenadores, los móviles, internet y esas cosas, ha matado a las cartas. Casi parece el título de una canción. Sin embargo, de unas semanas a ahora… –y enarbola un manojo de sobres manuscritos–. La gente tiene prisa, desea dejar huella en sus familias en el extranjero. Venga, únase a ellas y escriba.

El hombre dejó lo que estaba haciendo para tenderme papel y el bolígrafo. Delgado y con aspecto gris (demasiado cercano al tópico del oficinista), mientras escribo me dice que aquí en Ushuaia todavía se mantiene el servicio de correo. Aunque no se atreve a asegurar por cuanto tiempo.

–Pero este barco saldrá. Se lo aseguro.

Habla con las manos volando de un sobre a otro. Parece que posee un don especial para catalogar cartas. Me dice que esté tranquila, que con un poco de suerte mi carta te llegará. Yo, que vengo de ver lo que ocurre en el norte, no lo tengo del todo claro. Pero el hombre se ha mostrado seguro, aunque lo haga esgrimiendo esa misma confianza fatalista de la gente de aquí. Durante un instante su mano señala a la ventana. Más allá están los muelles. En ellos destaca un barco: el buque correo.

–Ahí está. Sólo correo, señora. Sólo correo. Veo en sus ojos esa chispa y debo decirle que no admiten gente –en su voz no había rastro alguno de pena–. De hecho la tripulación ni siquiera ha desembarcado. Por fortuna para ellos la estiba se puede hacer a través de las grúas manejadas por control remoto. Compréndalo: máxima seguridad. Sólo esas precauciones impiden que el guardacostas no les torpedee.

Yo, muda, miré el barco. Tan cerca. Tan lejos.

Seguí escribiendo esta respuesta a tu carta.

Tu carta. No necesito sacarla de mi bolso para saber lo que pone. La he leído mucho estos últimos días. No te imaginas cuánta ayuda me ha brindado. Durante los años transcurridos desde que me la enviaste la he guardado como una especie de tesoro personal. Al principio no niego que a modo de trofeo. Luego… no sé por qué, pero la guardé. Se la oculté a Claudio. El pobre murió sin tener la menor idea de que existía. Puede que la razón de que mantuviera tu carta durante todos esos años se debe que demostraba de igual manera tanto el poder del destino como el de los sentimientos luchando contra él. Como tú mismo dices lo nuestro nació, creció, se revolvió y agonizó. Tú lo diste todo; yo nada. Los dos seguimos nuestros caminos, tú quizá más obligado que yo. Pero incluso acabando como acabamos me dedicaste unas últimas palabras de perdón y de comprensión.

Espero que tu bello corazón reciba igual de bien esta carta. Que acoja el pedacito de mí que la acompaña. En otras palabras: que permitas que una pincelada de mi alma escape contigo de este horror al que me he visto arrastrada.

Huyendo de la muerte he llegado al confín de la Tierra. Las últimas noticias que escuché decían que en Europa todavía no se había propagado la pandemia. Aquí, en el sur perdido, tampoco. Supongo que puede que se deba a su condición insular. Pero estoy segura de se trata de una simple cuestión de tiempo. En Río Gallegos me dijeron que tenía suerte: el mío sería el último ferry que partiría hacia Ushuaia. ¿Así pretendían mantener la ciudad indemne? Lo ignoro. Tampoco creo que si dejan subir a cualquiera como yo logren mucha seguridad.

¿Cualquiera? Bueno, cualquiera dispuesta a pagar el precio. No lo voy a negar. Aunque tampoco me gusta recordarlo. Pagué el precio del pasaje. Y no lo hice con el fajo de pesos que guardaba bajo en mi bota derecha.

Pagué y huir. Pagué y sobreviví. Un poco más lejos. Un poco más de tiempo.

Mejor dejémoslo.

Quique, querido Quique. Ojalá que vivas feliz en ese Madrid que aprendí a querer. Por desgracia amé a la ciudad más que a ti, y perdona si mis palabras se te hacen duras. Leyendo tu carta entiendo que ya en su día lo supiste, y que ahora lo tienes asimilado. Tal y como dices, el amor no cuajó. No hubo fuego.

Fuego.

Perdona que me ría un poco: es que aquí ahora tenemos fuego de sobra. Ciudades enteras calcinadas por el ejército en un intento de frenar el avance de… de eso.

No, no quiero pensar en ello. Además, seguro que allí ya estaréis enterados de nuestra desgracia. De poco me sirve regodearme en ella.

Vuelvo a recordar tu carta. Me da fuerzas, me anima. Me recuerda que todavía existe otro mundo en el que la gente disfruta con algo tan sencillo como la comida. Estaría encantada de prepararte cualquier cosa. Delicias culinarias, dices.

Vuelves a arrancarme una sonrisa. Gracias.

Unas empanadillas, un dulce de leche, o simples magdalenas. Cualquier tontería. No te imaginas lo que esos recuerdos significan ahora para mí. En las últimas semanas he contemplado saqueos, gente peleándose –matando y muriendo– por un simple mendrugo de pan. La comida que tú añoras de esa manera tan trivial aquí supone pagar precios inasumibles apenas unas semanas atrás.

Por suerte mi viejo Corsa no me ha fallado. Montado en él he recorrido todo el país, huyendo de los pillajes. De los saqueos, de lo que arde y de lo que debería arder y no lo hace. El coche me ha llevado hasta este sur congelado. No hay otro sitio donde huir. No puedo huir más con el cuerpo, pero sí con la mente. Te escribo esta carta para que, al menos de una manera simbólica, pueda viajar hacia esa España tuya. Que una pequeña parte de mí llegue allí, junto a ti, y pueda sobrevivir a esta hecatombe.

Por favor, Quique, quiero pensar que aún me recuerdas. Por favor, aloja en tu corazón un pequeño pedazo de mí.

El empleado de la estafeta me dice que debe cerrar la valija. Si quiero que mi carta acabe en el barco correo tengo que dejar de escribir. Me sonríe: me dice que no me cobrará nada. No le pregunto el tipo de dinero que hubiera deseado cobrarse.

Recuérdame, Quique. Acoge una parte de mí. Permite que algo de mí viva allí, contigo.

Un beso.

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