Por segunda vez apareceré en la Revista Argonautas

No hay hola.

Revista Argonautas
Revista Argonautas

Pues en efecto, tal y como reza el título de esta entrada la gente de la Revista Argonautas me ha vuelto a seleccionar un texto, esta vez para el volumen 4. La primera vez ocurrió con su número 1, para el cual les envié un relato viejo (muy viejo: casi quince años. Se puede decir que de otra vida). Pero esta ocasión he optado por darles algo digno de ellos, de la calidad que se merece su iniciativa. Mi manera de escribir ahora tiene poco que ver, por no decir nada, con la de ahora. No me parecería serio enviarles más textos polvorientos ni refritos. Así que el cuento que les he remitido es del todo fresco, tan recién horneado que casi me quemaba los dedos cuando se lo envié.

Debo admitir que lo escribí un poco a saltacaballo dado que me hallaba muy cerca de la fecha límite de entrega. La verdad sea dicha, el lema de Contrastes no me sugería nada de nada. Veía cómo la fecha tope se me echaba encima y no lograba ni una miserable idea… hasta que no sé cómo me llegó la imagen de un padre y un hijo jugando a una consola de videojuegos. Eso ya de por sí podría dar juego para narra algo con el concepto ‘contraste’, pero si no introduzco un elemento fantástico en mis cuentos reviento. ¿Qué podía poner? Mis últimas lecturas me llevaron a ello de manera casi automática. Eso y que, ya hace años, redacté una serie de guiones para un fixup de relatos. La supuesta novela que juntos formaban nunca la llegué a redactar pero como trasfondo para más historias todavía siguen ahí, a la espera de tiempos mejores. Ese fixup se basa en una idea central que se describe un poco por encima en la parte intermedia de este relato que he enviado a Argonautas. Como se adivinará tras la lectura del cuento esa premisa sirve de trasfondo para la creación de todo un universo de historias, un abanico de dramas tan humanos y sencillos como el de este cuento (no, por ahora me niego a narrar epopeyas clónicas como las que de unos años acá abarrotan las estanterías de las librerías).

Con el planteamiento base ya claro me abalancé sobre el teclado. A medida que escribía veía que podía introducir el concepto de contraste en varios niveles, por lo menos tres más o menos obvios. Espero un lector un poco avispado los pueda captar.

Como me suele pasar ya siempre intento meter demasiado en una extensión constreñida como la de una convocatoria. Cuando escribo nunca pienso en ese máximo de palabras, sólo dejándome llevar por la voz interna que me obliga a dar voz a los personajes, a sus sentimientos y pensamientos, siempre tratando de insertarlos en un entorno reconocible, rico y visual. En otras palabras, que lector pueda sentirse en casa y con una panorama lo bastante completo para apreciar el mayor número posible de detalles de la historia, a pesar de que yo le introduzco en un universo a veces radicalmente distinto.

Todo ello, por supuesto, requiere usar más palabras. Como les decimos unos compañeros del trabajo y yo a los clientes medio broma medio en serio: contexto. Contexto, contexto y contexto. No se puede comprender (menos aún solucionar) un problema sin conocer el contexto en el que sucede. Supongo que por eso mismo, por mi vicio a plasmar contextos, mantengo esa relación de amor/odio con los nanocuentos: me obligan a narrar sin poder dibujar escenarios, sensaciones, penurias, dudas, etc.

Así que me sucedió lo de siempre: el borrador inicial, para variar, superó por un par de centenares de palabras el máximo marcado de 2.500. Vamos, a la por sí sola ardua tarea de refinar el texto escrito a vuelapluma le tenía que añadir el de sacar el hacha y podar. Ya me he hecho a la idea de que siempre, por muy alto que esté el umbral de palabras, siempre lo supero por varios cientos. Para más desgracia casi siempre me encuentro con que de lo escrito hay muy poco que considero paja.

Pero las normas son las normas y están para cumplirlas. Tuve que sacar las tijeras y tirarme como quien dice todo un día en revisar, reescribir y arañar palabras. Pero creo que al final ha quedado un texto decente. Sé que si no tuviera el máximo de palabras me hubiera quedado algo mejor, más libre, pero eso ya lo dejaré para una futurible reescritura.

Añadido al hándicap del tope de palabras, una vez enviado el relato descubrí otro problema: la temática del cuento podía no encajar con la de la revista. A ver, Argonautas no se puede considerar una revista de género, por lo que me hubiera parecido de lo más normal que me hubiera llegado una respuesta del tipo ‘el relato no está mal pero su temática no encaja con la de nuestra revista’. Pero eso no ha pasado, y desde aquí se lo agradezco a los editores.

Bueno, ahora sólo queda verlo publicado. Ese momento llegará en diciembre.

Hasta entonces lo de siempre:

No hay adiós.

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