Acerca de ‘El hundimiento de un misterio’

No hay hola.

Y tanto que ‘no hay hola’, que a punto he estado de no participar en esta edición del taller. ¿Por qué? Pues porque me han encomendado presentar dos relatos de un máximo de cuatro mil palabras cada uno. Vamos, que me han endeudado de ocho mil palabras. Conociéndome, iré mal de tiempo. Lo de siempre, vamos. Es mi horrible manera de trabajar.

No, no estoy soltando excusas baratas.

Al contrario que otra gente no trabajo con un borrador sino con una idea base, un simple esbozo de argumento. En torno a él escribo más y más. De arriba abajo, de la primera palabra a la última, y en orden inverso. Mientras leo sigo añadiendo palabras, siempre siguiendo mi voz interna. Así sucede que con cada reescritura aparecen más y más detalles, apuntes pequeños que con el tiempo van encajando unos con otros como en un puzle. En esas reescrituras incluso descubro nuevos pormenores que enriquecen y complican el texto. No sé si me explico. El cuento más corto puede implicar, con facilidad, una veintena de reescrituras. Y en muchas de ellas el subconsciente me revela una nueva pincelada a añadir, una que me obliga a leer todo lo demás y lograr engarzarla tal y como me pide. A veces eso me descubre un nuevo detalle. Como veis el proceso puede padecer retroalimentación. En ocasiones me encuentro no escribiendo sino desenterrando ruinas de mi subconsciente: no sé lo que bajo las capas de tierra voy a encontrar ni cuanto trabajo me va a llevar. Un ejemplo: uno de los cuentos del taller que hace unos meses empecé a reescribir ya va por las quince mil palabras… y aún le queda en torno a un tercio de historia por narrar. Haced números. Y se trata de un borrador sin pulir: sólo estoy ‘escuchando el dictado’.

Eso es lo que palabra a palabra desentierro de mi mente subconsciente.

(Nota: y lo peor es cuando la historia sucede en mi universo particular creativo, La Voluntad. Porque ahí empiezan a volar los enlaces entre historias y cosmogonías y, tal cual, se me va de las manos surgiendo más y más historias secundarias, terciarias, paralelas, etc.)

¿Se explica así por qué nunca he escrito una novela, salvando Fuerza de mascarón, limitándome a cuento más o menos corto?

Con el deber de presentar dos textos de cuatro mil palabras, y teniendo esta manera de trabajar, creí que no le iba a poder dedicar ni un segundo al taller de este mes. De hecho cuando vi las premisas descubrí que no me gustaron. Y me alegré. Sí, me alegré porque eso me permitía desvincularme del asunto.

Los días pasaron y yo me encontré luchando con la procrastinación. Así, sin yo desearlo, no atendí ni a las ocho mil palabras ni al taller. Hasta que, sin quererlo, llegó ese maldito ‘momento cama’ de inspiración, uno de esos que tanto odio: suceden cuando me he metido a la cama y han pasado unos diez o veinte minutos. Entonces la jodida máquina de imaginar se vuelve loca y me dicta un argumento. Por pura vagancia nunca los apunto en el momento y me limito a tratar de recordarlos la mañana siguiente. Cuando los recuerdo.

Así sucedió con este ‘El hundimiento de un misterio’. Y a la mañana siguiente lo recordaba. Vamos que si lo recordaba.

En este caso la clave para recordar tenía truco: el cuento enlazaba con otro para el que tracé unas líneas básicas hace años, un relato que mezclaba de fantasía y horror. El relato original jamás lo arranqué, quedando sólo como esbozo, pero sin quererlo ni beberlo al cabo de los años me he visto arrastrado a su escenario inicial, esa isla la borde de un mundo plano. El cuento inicial sigue en el tintero pero una idea del mismo la tenéis en éste: se trata de la narración de la bitácora.

Mi idea inicial era intentar narrar el cuento con un formato de guion de TV, pero no acabó de cuadrarme: quería darle un aspecto de directo, de choque entre lo retransmitido y los televidentes. Para eso un guion no me servía. No me permitía la fluidez descriptiva de una prosa estándar.  Al final quedó lo entregado… y con la deuda de ocho mil palabras todavía pendiente. Espero que os guste.

No hay adiós.

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