El regreso de la carne

Texto gamberro perpetrado para el Concurso de relatos ‘Rape & Revenge’ en el Klowns Horror Fanzine #4. Lo de gamberro lo digo porque, más allá de la historia, he intentado jugar a meter como parte de la narración los títulos de varias (y famosas, al menos entre sus fans) canciones de Cannibal Corpse. También hay otro guiño, esta vez bastante más reconocible, a un pedazo artista culpable de que hubiera gente que me mirara mal, incluso con repulsión, en mis tiempos mozos.

La misma naturaleza de ejercicio tonto hace que el cuento tenga un recorrido poco menos que nulo, así que lo cuelgo aquí. A ver quién encuentra todas y cada una de las canciones. Aviso: no doy premios;)

Al final del cuento añado una nota que, meses después de escribir el cuento, creo que podría ser necesaria para la completa comprensión del mismo.

Estimado señor Locke.

Cuando lea esta carta ya habrá oído hablar de nosotros: para este tipo de noticias la prensa funciona a la perfección.

Me dirijo a usted como presencia constante en mi vida. Sus ilustraciones han decorado mi cuarto desde que tengo memoria: Padre adora tanto sus ilustraciones como al grupo que las usa en sus portadas.

Pero no le escribo sólo como admirador. Le escribo para hablarle de mí. De mí, de Hermano y de Madre.

He pasado toda mi vida dentro de mi cuarto, encadenado a la pared. Padre ha sido todo el contacto humano que he tenido. Me alimentaba y aseaba. Si estaba enfermo me curaba; si me rebelaba me castigaba. Y, cuando el dolor de las heridas me hacía aullar me mimaba.

Así durante años, encerrados Hermano y yo.

Con el tiempo la decoración cambiaba: nuevos posters de nuevos discos. Y la música. Siempre la música: Padre la pone a un volumen doloroso. Por fortuna vivimos en el monte, sin vecino alguno.

Pierdo el hilo.

Debo hablar de mí, de Hermano. Y de Madre. Nunca la conocí en persona. De ella sólo guardo recuerdos gracias a Hermano. Él me describió el calor de su tacto, la agradable sensación de flotar en su seno, su alimentándonos a través del cordón. Amante, volcada, dulce. Esa perspectiva tan íntima que de Madre me enseñó Hermano hizo que los tres acabáramos fundidos.

Hermano también me ha hablado de Padre. Cosas feas. Malas. No tengo palabras: el hablador es Hermano. Él recuerda y narra; yo callo, escucho. Y sufro a Padre.

Así durante años.

Hasta que hoy Hermano ha callado: su voz no recorre mis venas. Ahora, por primera vez en auténtica soledad, he juntado los recuerdos. Ha llegado el día: debo actuar. Por mí, por Hermano, pero sobre todo por Madre.

Padre entró al cuarto como siempre: llevaba un plato con mi comida, un filete correoso y grumos de supuesto puré de verduras. Tiré de la cadena, la pierna inútil colgando, hasta llegar a él. Pero me acerqué más de lo que Padre esperaba. Hace un mes colocó una cadena más larga:

–Así podrás llegar al aseo del pasillo –dijo aquel día. Confiado, no pensó que sucedería algo como lo de hoy.

Esos metros de más de cadena rodearon su cuello. Padre no esperaba que le regalara semejante collar. Incluso se resistió, pero yo insistí: necesitaba demostrarle nuestro amor. Mío, de Hermano… y de Madre. Los eslabones grises contrastaban con su rostro. Primero brilló rojo, luego púrpura. Sólo cuando se desmayó aflojé.

Nuestro amor aprieta pero no ahoga.

Le arrojé sobre la cama y le desnudé. Desgarré sus pantalones y su camisa. Con ellos, junto con el cinturón, lo inmovilicé. Hermano me había descrito numerosas veces aquella postura final de Madre. Obligué a Padre a emularla: piernas y brazos abiertos formando una equis.

Los recuerdos asaltaron mi mente. Debía revivirlos. Por ella.

La música entraba por la puerta. El asalto sonoro lo llenaba todo con su brutalidad: guitarras distorsionadas como sierras mecánicas, un bajo burbujeando en sangre, un martillo percutor por batería. Y esa voz… evocaba muerte, dolor, angustia. ¡Cómo contrastaba toda esa ultraviolencia con el plácido paisaje del exterior!

Hermano esperaba ansioso. Madre aguardaba tranquila: llevaba haciéndolo desde mi nacimiento.

Tenía un papel que representar. Durante años he escuchado esas canciones, interiorizando sus letras y títulos. Ahora todas encajaban con lo que Padre le había hecho a Madre.

Ni me molesté en obligarle a comer cristales rotos: la ansiedad me obligaba a actuar con tanta rapidez como brutalidad. Tomé el cuchillo que Padre había traído para cortar el filete. Lo clavé en su bajo vientre y tarareé: ‘follado con un cuchillo’. Padre aullaba como un loco.

Igual que Madre años atrás.

La erección me dolía. Me puse sobre él y penetré el orificio que acababa de practicar. Húmedo. Cálido. Delicioso. Sus ojos desencajados buscaron los míos. Le devolví la mirada. Embestí y embestí. Él lo estaba deseando. Sus gritos hacían resplandecer mi lujuria. Me corrí dentro, igual que él hiciera en Madre años atrás. Su tortura, mi orgasmo. Yo también había liberado mi alma sanguinaria. Le estaba devolviendo a Padre aquella paliza implacable con la que fecundara a Madre.

Pero debía seguir. En esa misma cama Padre había secuestrado, torturado y vejado a Madre durante nueve meses. Nueve meses para luego…

Seguí percutiendo. Disfrutaba tanto… Sólo cuando Padre se desmayó perdí el interés por penetrarle. O de usar mi polla. El cuchillo seguía sobre las sábanas, anhelante. Me llamaba. ¿Podía resistirme? No. Abrí piel, seccioné carne. La hoja escarbó, sajó y cortó. Mis dedos arrancaron y vaciaron. Eviscerado, Padre tenía un aspecto similar al de Madre cuando nos arrancó de su seno a Hermano y a mí. La había descuartizo al dar a luz. Ahora yo le hacía lo mismo.

Un tributo por los años de sufrimiento.

Su cuerpo convulsionaba mientras le desollaba. Su cabeza se ladeó. De los labios rebosó sangre diluida en saliva. Ojalá vomitara el alma.

Estaba muerto. Al fin. Pero Madre y Hermano pedían más.

No tenía un martillo, pero aun así lo hice: golpeé su cara con el mango del cuchillo, machacándola hasta volverla una irreconocible masa sanguinolenta. Como él hiciera con Madre tras el parto.

Estaba agotado. La sangre me cubría como una segunda piel.

Hermano y Madre estaban satisfechos. Lo notaba. Miré el pequeño bulto bajo la piel de mi costado, la única huella visible de la presencia de Hermano. Seguía callado. Aun así sabía que sonreía. Igual que Madre. Ella esperaba fuera, bajo el jardín. Las alimañas habían devorado su cuerpo mucho antes de yo tener conciencia. Durante años su cráneo lleno de gusanos había hablado con Hermano, ambos planeando lo que acababa de ocurrir. Mi querido Hermano, muerto en vida pero capaz de mirar a través de los ojos de nuestra Madre muerta.

Acabé.

Poco más decirle, señor Locke. Sólo gracias por servirnos de inspiración.

Debo despedirme. Llámeme… llámeme V.

No. V de Vicent no: de Venganza. De Victoria.

*** FIN ***

Nota aclaratoria: releyendo el cuento creo que me he pasado un poco al dar por hecho un detalle poco menos que vital para comprender el cuento. Puede que la historia parezca tener poco o ningún sentido si se desconoce lo que es un gemelo parásito. A alguien le he dicho que mis cuentos tiene bastante de narración fractal: me gusta (decir que lo necesito puede sonar exagerado, pero por desgracia se acerca a la realidad) meter referencias más o menos ocultas en los cuentos. Suele tratarse de detalles, pinceladas llenas de significado. Si las descubres te das cuentas de cómo enriquecen el trasfondo a la historia. O incluso forman parte de la trama en sí misma. Un ejemplo: ahora mismo estoy trabajando en un cuento en plan cifi dura, el primero de ese estilo que escribo en años. En él que tienen relativa importancia (sobre todo a la hora de recrear el escenario) conceptos como ‘velero solar’, ‘impulso lumínico mediante haz de láser’, ‘antena Wardenclyffe’ y alguno otro, todos de carácter técnico. Otros detalles, más importantes en cuanto al desarrollo de la historia (sobre todo para captar los paralelismos y cómo se ha jugado con ellos), tienen que ver con los dioses nórdicos Odín y Baldr, y con la región de Jötunheim. ¿Lleno los cuentos de notas a pie de pagina para explicar de qué demonios hablo? No me parece lo más apropiado.

Supongo que esta manera de escribir mía es la causante de que de vez en cuando me haya encontrado con que la gente no entiende los cuentos. Y así sigo, comiéndome los mocos 😛

Pero creo que ya he hablado de esto alguna otra vez. Está ocupando más la nota que el propio cuento 😛

A lo que iba: colleja para mí mismo por forzar tanto las referencias. Debo darme cuenta de que no todo el mundo ha tenido a ‘¿Dónde te escondes, hermano?’ como una de las películas referente en la adolescencia. Porque el Hermano del que habla el protagonista es eso, algo ajeno a él y enquistado bajo su piel: un gemelo parásito. Pero además se trata de uno muy especial: puede mantener el enlace mental con la madre (muerta, enterrada y aun así deseosa de venganza). Encantadora historia familiar, ¿no? Que hayáis disfrutado leyéndolo. O puede que no 😉

Recordad: hay quien dice poder ver a través de los ojos de los muertos… pero los ojos muertos no ven futuro alguno.

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2 comentarios sobre “El regreso de la carne

  1. Brutal.
    En un principio pensé que hacias un guiño al horror de dunwich y que el protagonista iba a ser un engendro gigante pero esta historia me ha parecido mucho más raruna y retorcida. ¡Enhorabuena!
    Me apunto la peli.

    1. Hola, Ira.

      Me alegra que te guste. Otra demente más al redil 😉

      Ni se me habría ocurrido en ningún momento imaginar que nadie le sacara una relación al cuento con El horror de Dunwich. Pero me da que dada la temática del concurso (violación y venganza) eso no entraría: me da que a Lavinia no la violó nadie, sino que lo hizo muy gustosa. O muy demente, que puede que sea lo mismo.

      Para la peli buscaré a un enfermo tipo Rob Zombie por lo menos. Bueno, también me serviría Jörg Buttgereit 😉 A ver si consigo que sea censurada en media Europa XD

      Un saludo.

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