Entre un círculo y su radio

Versión final, con cambio de título incluido, del cuento presentado a la Escena 24 del taller de Literautas. No envié la versión completa, como ya expliqué en otra entrada. Espero que guste el resultado final.

A Salva la secuencia de números que canturreaba la radio le sonaba poco menos que a música celestial. Cada segundo un dígito, y así durante todo el día. Se preparó el café del desayuno mientras jugaba a identificar mensajes entre la ristra de números. Un par de días atrás, por puro azar, había logrado escuchar su número de miembro del Colegio de Matemáticos. Los decimales de π tienen eso: dentro de ellos cabe todo, cualquier mensaje imaginable.

El café humeaba. Sacó la leche del frigo. Una nube –adoraba esa expresión tan inglesa y visual– bastaba para dejarlo a su gusto. Por supuesto, sin azúcar.

De fondo, llenando con su voz cadenciosa aunque nada monótona, la locutora seguía recitando dígitos. Salva se felicitó por haber recomendado a Gema para ese trabajo concreto: la chica podía hacer que leer una guía telefónica se convirtiera en una experiencia mística.

El timbre del teléfono rompió la letanía de la radio.

–¿Quién puede ser a estas horas? –Refunfuñó tomando al aparato–. Diga.

–Salva. Tienes que venir. Ahora.

La voz de Marga, la decano de Ciencias, parecía alterada.

–¿Se puede saber qué sucede? ¿No puede esperar a que empiece la jornada? Si no falta más de una hora…

Al otro lado de la línea no hubo respuesta. La salmodia de dígitos volvió a dominar la cocina. Y de repente calló.

–Lamentamos interrumpir la emisión por problemas técnicos –Gema, la locutora, parecía un poco alterada.

–Eso pasa, Salva. Lo acabas de oír, ¿no? Ven. Rápido. Al laboratorio de matemáticas.

***

El rack de procesadores ocupaba un puesto destacado en el laboratorio. Junto al armario, una mole metálica de dos cuerpos, había una mesa con un terminal. Pepe, el investigador impulsor del proyecto πLlón, se sentaba ante él. A su lado estaba Ángel, de Robótica. Ambos se volvieron al oír los pasos.

–Hola, Salva. Marga llegará ahora: ha ido a avisar a…

–¿Qué demonios pasa, Pepe?

–Demonios. Sólo faltaba esa versión. Al principio Pepe y yo hablábamos de monos…

Ante la ocurrencia de Ángel el matemático creyó explotar:

–¿Me lo quiere explicar alguien, joder?

Ángel dio un paso hacia Salva:

–Los monos, las máquinas de escribir, el tiempo infinito…

Salva retrocedió. Extendía las manos delante suyo buscando espacio. O quizá calma.

–Un momento, un momento. Dejadme que adivine: habéis encontrado El Quijote codificado entre los decimales.

–No exactamente. Más bien otra… cosa.

–Hola. Veo que ya ha llegado, rector.

Salva respondió al saludo con un gesto distendido. No tenía ganas de formalismos.

–Hola, Marga. Hola, Luis. ¿Qué hace el decano de Historia aquí, si no es demasiada intromisión?

–No es el momento, Salvador. Pepe, ¿se lo has mostrado?

–Todavía no.

–Proyéctalo en el panel.

Los cinco se volvieron hacia un mural situado justo a sus espaldas. Una secuencia binaria llenó la pantalla. Los dígitos danzaban desplazándose de derecha a izquierda.

–¿Qué es eso?

–Lo encontramos ayer. Secuencias semi–binarias.

–¿Semi? ¿Cómo que ‘semi’?

Ángel avanzó un paso más hacia Salva. Lucía una sonrisa extraña.

–Observa. Pepe, páusalo.

Los dígitos quedaron congelados. Salva se acercó a la pantalla entrecerrando los ojos, analizando las hileras de ceros y unos.

–Aquí –dijo señalando un punto en la lista–. Una disrupción. Parece… ¿octal? Y esto ¿no es una secuencia de inicio? Y ahí una de cierre. Un BOT y un EOT. Y algo entre ellas.

Luis alzó la mano:

–Perdón, ¿BOT? ¿EOT?

–Perdona tú, Luis. Jerga técnica: Begin Of Transmision y End Of Transmision –explicó Pepe–. Salva, has acertado: entre los dos marcadores hay una cifra de quince dígitos octales. Y fuera de ellos una secuencia binaria. Puntos y rayas.

–Perdona, Pepe. ¿Cómo que puntos y rayas? Te has vuelto…

–¿Loco? No, amigo. Eso mismo le dije yo a Mara cuando me llamó –Pepe hablaba de su mujer, una gallega con una enorme sonrisa prendida de manera permanente en su rostro rubicundo–. Sabes que su padre era militar: de El Ferrol, capitán de Marina. De niña le enseñó Morse. Así lo descubrió: emergiendo de su infancia.

–Morse.

–Sí, código Morse –intervino Marga. Parecía ansiosa por poder aportar algo–. Te puedes imaginar nuestra sorpresa: Morse en π.

–De locos.

–Y aun no sabes el resto –la voz de Pepe parecía haber bajado una octava.

Salva se volvió hacia él.

–¿Hay más? Los monos, recuerda los putos monos. Conoces el teorema del mono infinito.

–No hace falta hablar así –protestó Luis.

–Cállate, mojigato.

El odio que Salva sentía desde hace años hacia el historiador parecía haber actuado de válvula de escape para la tensión. El rostro del matemático adquirió un color incluso más intenso que el del historiador. Un instante después de haber pronunciado esas palabras se había arrepentido de las mismas: su cargo como rector le impedía semejantes estallidos.

Pero ya era tarde.

–Calma, señores –terció Marga, colocándose entre ambos–. Pepe…

–Sí, vale. Salva, soy informático, sí, no un palurdo de let… –se dio cuenta de la presencia del decano de Historia y calló. La tensión empezaba a afectarles a todos, más de lo que querían admitir–. Esto es mucho más que un juego lógico. Los octales: son una cuenta. Tiempo. Milisegundos.

–Sigo sin comprender.

–¿Y si te digo que cada secuencia binaria se corresponde con una serie de palabras… nombres y patronímicos?

–¿Cómo? –Sin darse cuenta de ellos, Salva estaba gritando otra vez.

Marga movía las manos en silencio, implorando sosiego. Pero no se había vuelto a poner entre sus compañeros.

–Sí, como oyes: hasta doscientos cincuenta y seis niveles de patronímicos. Definen al individuo hasta ocho generaciones atrás.

–¿De qué cojones estás hablando, Pepe?

–Salva, modérate –sólo se atrevió a decir eso, con un tono muy suave. El matemático le devolvió una mirada envenenada.

–Mi madre: he encontrado a mi madre entre la secuencia de nombres. María Santiago Luisa Eustaquio Margarita Ramón Carmen. Mi madre, sus padres, sus abuelos…

Salva guardó silencio tratando de asimilar lo que aquello implicaba.

–Y el número. Lo he comprobado con un error de medio día. Sé cuándo nació mi madre. Y cuando murió: aplicando un error de cuarenta millones de milisegundos (medio día, más o menos) el número encaja.

Ante el mutismo de Salva sólo Luis se atrevió a hablar. Sabía que ese era su momento, en el que podía demostrar su valía y por qué estaba allí:

–JuanCarlos Juan María Alfonso VictoriaEugenia Carlos Luisa. La cifra se corresponde. Lo he comprobado con otros personajes históricos. No hay error.

–Esto es demencial.

–Hay nombres de todo el mundo ­–la emoción de Marga parecía haberse apagado–. Anónimos y famosos. Sin ningún orden aparente.

–Muertos… y vivos –Ángel lo dijo con el rostro pálido, como si hubiera visto un fantasma–. Tenemos la lista de los primeros tres millones de nombrados.

–Debemos comunicarlo, Salva –Pepe al fin se había levantado de la silla. Ahora todos rodeaban al rector–. A Interior. O a Sanidad. O quizá al CSIC…

–No puede ser.

Marga se acercó y le acarició el brazo.

–Lo es.

Salva busco un apoyo en sus compañeros. En todos apreció una mezcla de sorpresa e interés (al fin y al cabo todos ellos era intelectuales, investigadores) junto con desesperación.

–No. Destruidlo todo.

Una exclamación surgió a la vez de las cuatro gargantas:

–¡No puedes!

–Sí puedo. Sí podemos. De hecho, ¡debemos!

–Pero… esto tiene implicaciones enormes ­–Marga parecía desesperada ante la reacción del rector–. En cosmología, en cuántica… incluso en teología.

–No. Esto implica que el universo es más que determinista: es una aberración.

–Salva, no estamos para censurar el descubrimiento. Existe: está en π. Grabado en la realidad. Y con el fuego más poderoso, el matemático.

–No, Pepe. El libre albedrío existe. Sólo eso da sentido a nuestras vidas. La libertad.

–Lo siento, Salva –Ángel hablaba con suma calma, como si no mereciera la pena entablar semejante discusión–, pero me temo que Einstein tenía razón: dios, o lo que sea que ha creado el universo, no juega a los dados. Más aún –dijo enfatizando sus palabras con un dedo–, dejó todo atado y muy atado. Desde un principio. Grabado a fuego en la relación entre un círculo y su radio.

–Además, en los decimales de π cabe todo –terció Marga–. Absolutamente todo.

–En efecto –Luis se atrevió de nuevo a hablar. Carecía de conocimientos matemáticos equiparables a los de sus compañeros, pero sí que llegaba a entender el quid de la cuestión–. Tú lo has dicho: absolutamente todo. Incluso la verdad.

El sonido de cinco respiraciones entrecortadas llenó el laboratorio.

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8 comentarios sobre “Entre un círculo y su radio

    1. Hola, Denise.
      Hace décadas que no leo nada de Asimov (lo último que pasó por mis manos, El fin de la eternidad, me dejó muy mal sabor de boca) así que no sé si eso de ‘a la Asimov’ es un piropo o lo contrario 😉
      Pero entiendo que el resultado final te ha gustado, y no es ‘asimoviano’.
      Un saludo y gracias por comentar.
      Juan.

    1. Hola, Ira.

      No conocía ese libro. Buscando en internext veo que es una saga. ¿Qué tal está? ¿Merece la pena? No soy muy de sagas, sobre todo del concepto actual de ‘alargo la historia para vender más ejemplares’, pero si me dices que merece la pena me la apunto.

      Bueno, y por si acaso también me la apunto. Que los Reyes y los cumples están para algo 🙂 GRACIAS.

      Me alegro que te haya gustado el cuento. Admito que es un poco tonuno, pero me ha gustado -por una vez y sin que se repita- poder jugar con pi y con lo de los monos.

      Un saludo.

      1. No te voy a mentir, es un best seller que te entretiene. No va a ser el libro de tu vida. Yo te recomendaria leer el primero, el segundo pierde y el tercero ni me lo leí. Jajajaja

  1. Como historiador me he sentido desplazado… Jajaja. Pero todos sabemos que es ficción. :·P Ahora me pasaré por el relato que hay en Literautas para ver como es esa versión reducida. Esta me ha gustado, soy bastante cafre con los números, pero me ha gustado.

    1. Hola, Wolfdux.

      No te lo tomes como algo personal 😉 Prepotentes hay en todas partes, y me los he encontrado de ambos tipos: de letras que desprecian a los de ciencias por ‘inhumanos’ y de ciencias que consideran a los de letras analfabetos funcionales por no comprender una integral. Por desgracia el ser humano tiende mucho a sufrir de esa visión parcial (y egocéntrica) de la realidad.

      He intentado que el relato no resulte en exceso técnico, y los pocos conceptos usados (octal, lo de los monos, lo de los infinitos decimales de pi, los patronímicos, el determinismo frente libre albedrío, la ristra ‘JuanCarlos Juan María Alfonso VictoriaEugenia Carlos Luisa’ ¿nadie se ha fijado en el significado de esa secuencia de nombres? Como nota tonta a ese respecto decir que, sin quererlo -sin acordarme de ese método cuando me puse a ello-, describí el árbol binario usando el método de Recorrido en Amplitud. Algo que no practicaba desde más de veinte años. Cosas que pasan) están nombrados de tal manera que una rápida búsqueda en google los aclare.

      La otra versión yo que tú ni la leía, porque está cercenada. No merece la pena, en absoluto.

      Un saludo.

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