El aullido de la oscuridad

Relato enviado a Revista Argonautas para su número 8. Como no lo han aceptado le he dado un rápido repaso, lo he ampliado un poco (unas doscientas cincuenta palabras más) y aquí está. Un texto de ciencia ficción que en principio pretendía que encajara en la tradición dura pero que, al descubrir un ‘pequeño’ problema, se queda en puro space opera. Espero que guste a alguien.

Un saludo.

Al extinguirse el sonido del gong el público esperó al aullido del planeta. Desde su posición en el Anillo, Jazzeb se encontraba entre dos aguas. El chaval entendía que debía sentirse emocionado: aquel ritual le convertiría en un miembro de pleno derecho de la sociedad de Sol Invictus. Pero la reciente muerte de su madre pesaba demasiado; su ausencia le hacía dudar del sentido de todo ello.

Ajenos a las dudas del chico, el gentío sólo quería presenciar el Rito de la Victoria. Esperaban un espectáculo colorista y de perfección cronométrica.

Jazzeb y otros cuarenta y nueve muchachos formaban un círculo: el Anillo. Vestían hábitos rojos, sus cabezas cubiertas por una densa capucha carmesí que ocultaba sus rasgos. Sólo cuando concluyera el ceremonial podrían revelar sus rasgos, ya como auténticos ciudadanos de pleno derecho de Sol Invictus. Cada uno de ellos sostenía un enorme cirio encendido. La llama, situada justo a la altura del rostro de Jazzeb, le iluminaba con una luz humilde pero firme. Todos los miembros del Anillo habían cumplido los veinte años en el último medio año, lo que les permitía postular a la ciudadanía a través de esta ceremonia.

Temeroso, Jazzeb apenas se atrevía a respirar. Todos los presentes escuchaban con atención lo que ocurría en el exterior del domo. Más allá de la cúpula trasparente de diamocristal volvía a desarrollarse una danza anterior a la llegada del hombre a ese planeta: la Luz contra la Oscuridad, el frío contra el calor.

Sol Invictus orbitaba muy cerca de su estrella, una moribunda gigante roja llamada Gabal. Esa proximidad había encadenado el giro del planeta de tal manera que un hemisferio estaba siempre enfrentando a la estrella y el otro permanecía sumido en oscuridad eterna. Pero dos veces al año una marea de sombra barría la cara calcinada de Sol Invictus. Eso sucedía cuando el desproporcionado satélite del planeta, Mitra, se colocaba entre el planeta y la estrella. La luna seguía una trayectoria en extremo excéntrica y compleja, una danza de amor–odio que acabaría con la destrucción de ambos amantes. Pero mientras esa hecatombe llegaba los danzarines seguía con su baile. La órbita de Mitra arrojaba al cuerpo a un largo recorrido más allá de Sol Invictus, alejándose del planeta y del sol. Sin embargo dos veces al año cerraba el circuito de tal manera que interponía su mole de manera directa entre la estrella y el planeta, eclipsando Gabal. Esas dos veces la Luz luchaba contra las Oscuridad, la Vida contra la Muerte. Jazzeb y su gente lo celebraban con aquel rito.

La multitud congregada en las gradas bajo el domo guardaba silencio. Nadie quería perderse el primer gemido del planeta. Hasta entonces Jazzeb y sus compañeros seguirían solos en el centro del escenario.

Sin embargo el chico deseaba acabar. Y hacerlo ya. Desde el primer momento en el que subió al escenario se había dado cuenta de que la ceremonia, así como su propio acceso al estatus de ciudadano, apenas le importaba. Entre los presentes faltaba la persona que más había representado para él. Su padre había muerto cuando él apenas andaba. Sin tener tíos o más familia, su madre se había hecho cargo de él. Pero ahora que ella ya no estaba ¿le importaba a alguien la vida de Jazzeb? ¿Se preocuparía alguien por sus progresos?

Perdido en sus pensamientos no se había percatado de cómo la agitación se propagaba por las gradas. Agudizó los oídos y… sí, allí estaba: un ligero susurro, distante y suave, pero que poco a poco iría ganando en intensidad.

El Oscuro empezaba a enseñar sus Dientes, los vientos helados que recorrían la cara envuelta en tinieblas perpetuas de Sol Invictus.

Convocados por los vientos el primer grupo de danzantes subió al escenario: vestían trajes vaporosos confeccionados a base de gasas azuladas. Sus rostros estaban maquillados del mismo color. Al contrario que los miembros del Anillo, el grupo lo componían ciudadanos de media edad. Empezaron a bailar trazando círculos en torno al Anillo. Ondulaban los brazos emulando los embates del viento.

Fuera del domo las ráfagas ganaban intensidad: la sombra de Mitra enfriaba la superficie ardiente del hemisferio enfrentado a la estrella, Radiante. La súbita falta de radiación solar descompensaba los flujos atmosféricos de todo el planeta, bajando la presión. Durante esas horas los vientos incandescentes que fluían desde el centro de Radiante hacia El Oscuro perdían intensidad, llegando incluso a desaparecer. Como respuesta las masas de aire helado de la zona de noche eterna, mucho más densos, empezaban a derramarse hacia la cara iluminada. El Oscuro clavaba sus Dientes en Radiante, ávido de su calor.

Jazzel sostenía firme su cirio. La tradición decía que debía proteger la llama con su vida. Los danzarines azules, representando a los Dientes del Oscuro, intentarían apagarla. De igual manera en ese mismo momento los vientos helados intentaban asolar el estrecho anillo habitable que había entre la zona de oscuridad y el infierno de luz. Cada medio año Sol Invictus, de la mano de Mitra, sometía a sus habitantes a una doble prueba: resistir los vientos huracanados del Oscuro y sobrevivir a los terremotos provocados por el súbito gradiente térmico. Destrucción desde el cielo y la tierra.

El aullido del viento ganó intensidad, convirtiéndose en un alarido agudo y fiero. Los bailarines azules estrecharon su cerco al Anillo. Sus manos fluían cada vez más próximas a las llamas, intentando apagarlas. Uno de ellos, una mujer que tendría una edad similar a la de su madre, se acercó a Jazzeb. Dedicándole una sonrisa pícara ondeó sus dedos a apenas un metro de la llama. Por un segundo el chico estuvo a punto de retroceder, pero supo resistir el impulso. El Anillo no se mueve: es lo que es y nunca podrá cambiar.

La mujer se retiró, continuando su danza. Los bailarines habían pasado de dar simples pasos a empezar un ligero trote. Afuera del domo los auténticos Dientes habían ganado velocidad. Gritaban iracundos, huracanados, cargados de hielo y esquirlas de roca arrancadas a las montañas del lado tenebroso. Barrían el Anillo desgarrando todo cuanto encontraban a su paso. Nada que no estuviera guardado bajo una cúpula blindada resistiría su azote.

“Como si a mí me importara”. El pensamiento surgió en la mente de Jazzeb de forma súbita. Brutal pero sincero. El muchacho creyó que el suelo se abría a sus pies. “¿Qué hago aquí?”, parecía preguntar aquella voz.

“Hacer aquello que enorgullecería a tu madre”, respondió casi al instante otra voz, igual pero distinta.

“Por mi madre”, pensó Jazzeb, esta vez ya de manera consciente.

La vista se le nubló. Notaba los ojos húmedos, pero no podía soltar el cirio para enjuagárselos. Debía proteger la llama, mantenerla alta y segura. Debía actuar de tal manera que su madre se sintiera orgullosa. Dominar su dolor, reprimir su llanto, demostrándoles a todos que se había convertido en un hombre.

Los danzantes azules, los Dientes de carne y hueso, seguían revoloteando alrededor del Anillo. Sus movimientos habían adquirido un ritmo alocado: iban y venían acosando las llamas. Sus manos y pies aguijoneaban el espacio que rodeaba a las velas, simulando intentos de apagarlas.

“Mírame, madre”, pensaba Jazzeb, “resisto”.

Pero sentía cómo las lágrimas se derramaban por sus mejillas. Deseó que las tinieblas de su capucha las ocultaran. Pero la luz de la llama, tan cerca de su rostro, delataba resplandores húmedos. ¿Qué pensarían los demás si descubrían su llanto? Poco podía hacer: mantenerse en su sitio, soportar la ceremonia. Su madre hubiera deseado eso.

El viento bramaba alocado sobre la cúpula. Los Dientes ya debían estar adentrándose en la zona ardiente del planeta buscando la zona oscuridad generada por el eclipse. La atmósfera colapsaba víctima de las diferencias térmicas. Tarde o temprano la superficie del planeta se vería empujada a responder.

Pero mientras tanto la danza seguía. De los cuatro vomitorios del escenario, cada uno en un punto cardinal, surgieron nuevos danzantes. Vestían de verde intenso y en sus ropas resplandecían pequeñas luces de igual color. Los recién llegados, entre brincos y cabriolas, subieron al escenario para colocarse entre el Anillo y los Dientes. Cuando uno de los bailarines azules intentaba apagar un cirio un representante de los verdes, los Protectores, se interponía y le agarraba. Así, verde y azul entablaban un complejo flirteo: el verde rodeaba al azul alejándole del Anillo; éste se retorcía intentando escapar del abrazo, pero el verde respondía ondulando sus luces, como si le hechizara…

Un diente fluyó hasta la posición de Jazzeb. Cuando apenas le quedaba un metro para llegar se interpuso en su camino un protector. Unidos en un nudo de carne y tela, el protector alejó al diente. Su rostro estaba todo él pintado de un tono jade vivo. Aun así Jazzeb lo pudo identificar: se trataba de Yaiza, un chica dos años mayor que él. En uno de los giros, mientras alejaba al diente, la muchacha dedicó a Jazzeb una sonrisa. El chico notó cómo el rubor se apoderaba de su rostro. Por segunda estuvo tentado de retroceder. Si Yaiza descubría sus lágrimas ¿qué pensaría de él?

El ritual continuaba. Yaiza y el diente acabaron perdidos entre los bailarines. Azules y verdes se habían sumido en un combate repleto de fintas y quiebros. Algo similar ocurría fuera de la cúpula: el viento, más potente y salvaje que nunca, abrazaba los edificios del Anillo tratando de destrozarlos. Pero las construcciones, fruto de la capacidad creativa del Hombre, resistían protegiendo a los habitantes de Sol Invictus.

Mucho más lejos, hacia Radiante, el frente de los Dientes del Oscuro ganaba terreno hacia la zona de sombra del eclipse. La densa manta de viento gélido abrazaba la superficie incandescente. El planeta agonizaba por culpa de la diferencia térmica. Y demostraba su agonía con…

Un chasquido ronco y profundo sacudió el domo. Allí estaba, el primer y genuino alarido del planeta. El público murmuró excitado. Jazzeb, como todos los habitantes del planeta, sabía que a esa fractura le seguirían muchas otras: la corteza, enfriada de manera tan súbita, protestaba quebrándose a lo largo de las fallas, desplomando laderas de montañas, abriendo nuevos valles, triturando peñascos y rocas. Los vientos salvajes de los Dientes recogerían el polvo y azotaran con él todo cuanto encontraban, machacándolo.

La auténtica lucha entre Luz y Oscuridad empezaba.

Obedeciendo a ese primer gemido de la tierra entraron en escena los dos últimos danzarines. Cada uno de ellos surgió de un vomitorio opuesto. La mujer vestía una túnica dorada, su melena rubia recogida con una diadema de la que partían rayos deslumbrantes. El otro bailarín, un hombre de delgadez casi enfermiza, vestía una malla de un color negro intenso y mate. Su rostro y su cabeza rasurada estaban tiznados de tal manera que parecían una continuación del traje. Sólo sus ojos, de un blanco reluciente, rompían esa uniforme tiniebla.

Los dos bailarines, Luz y Sombra, cruzaron el escenario buscando su centro. Atravesaron el campo de combate en el que seguían enzarzados los Dientes y los Protectores. Ninguno de ellos osó molestarles. Al fin llegaron al Anillo, lo atravesaron y una vez dentro empezaron a bailar el uno alrededor de la otra.

Jazzeb, como miembro del Anillo, estaba de espaldas. Tampoco le importaba: sabía de sobra lo que ocurriría. Ya lo había visto más veces, siempre acompañado de su madre. Aquel recuerdo le sacudió. Alzó el rostro y tragó saliva. Debía mantenerse firme.

Tras él la danza seguía su curso. La Luz y la Oscuridad, el Frío y el Calor, la Vida y la Muerte, lucharían mientras el eclipse seguía oscureciendo a Radiante. Primero la Sombra atacando y acosando a la Luz. Pero la danza cósmica entre Sol Invictus, Mitra y Gabal seguía un guion inmutable. El satélite acabaría por retirarse, la luz regresaría de manos del solsticio eterno y la oscuridad se vería obligada a replegarse a la cara oculta. El Anillo volvería a disfrutar durante medio año de su plácida existencia otoñal.

Sí, la Luz vencería. Pero antes debía luchar. Luchar y sufrir.

El planeta se retorcía. Los terremotos surcaban todo Resplandor llegando al Anillo. El mismísimo escenario se había unido a la danza. Jazzeb notaba cómo el suelo vibraba bajo sus pies. Temeroso de perder el equilibrio separó los pies. Debía mantenerse firme. Ya no sólo por el recuerdo de su madre, sino también por la presencia de Yaiza. Se había fijado en que la muchacha cada vez que pasaba cerca de su sitio le dedicaba una miraba intensa. Parecía estarle evaluando. Hundía en él sus ojos verdes y profundos, como si pudiese escarbar en su alma. Ante ese acoso a Jazzeb sólo se le ocurría demostrarle que, pese al golpe de la reciente muerte de su madre, se había convertido todo un ciudadano.

Los Dientes empezaron a ralentizar su baile. Los Protectores les imitaron. Había llegado el momento culminante, la lucha definitiva entre la Luz y la Oscuridad. El público al completo atendía ansioso a la danza.

Jazzeb aferró con fuerza su cirio. Ya quedaba poco para que la ceremonia acabara. Pero en ese tiempo restante el planeta se desfogaba: la tensión acumulada obligaba a la corteza a responder reorganizándose. En breve llegarían los seísmos más potentes. Al mismo tiempo la Oscuridad, negándose a perder, lanzaba su ataque más poderoso: el frío rompería la corteza abriendo de improviso abismos, libreando el magma, devorando montañas enteras e incluso alzando otras.

La cúpula, al igual que el resto de edificios del Anillo, estaba diseñada para soportar los terremotos más intensos. Toda la población de Sol Invictus estaba acostumbrada a ellos y sabía cómo reaccionar. Por eso nadie se extrañó cuando una nueva sacudida bamboleó el domo. Jazzeb creyó estar sobre una enorme cama vibratoria. Las suelas de sus sandalias resbalaron. Si no reaccionaba acabaría en el suelo. El cirio, debía proteger el cirio y su llama. Apoyándose en el pie más estable dio un pequeño salto y recuperó una posición más segura.

Una figura verde se había colocado junto a él. Yaiza. La muchacha le dedicó otra de esas miradas, ante la que Jazzeb apenas atinó a sonrojarse y apretar con más fuerza la vela. Algo en esa reacción hizo que la chica sonriera. Sus labios se movieron en algo que a Jazzeb le apreció un ‘lo estás haciendo muy bien’.

O eso creyó entender. Tampoco tuvo tiempo para pensarlo mucho. Un chasquido, cercano, ensordecedor y terrible, llenó la cúpula haciendo que todos miraran hacia arriba. Una delgada línea cruzaba la pieza de diamocristal. Parecía imposible pero había ocurrido: el terremoto había fracturado el material. Al temblor le siguió otro. Los labios de la grieta debieron separase. ¿Cuánto? Imposible saberlo. Quizá una menudencia, apenas unos centímetros, pero los justos para que los vientos supersónicos de los Dientes atacaran con toda su furia. El material gimió cediendo, abriéndose. Por la grieta se introdujo una primera vaharada de viento helado. El aullido de la Oscuridad lo llenó todo, triunfante.

La vela que sostenía Jezzeb osciló apenas un instante para luego extinguirse: un frío inaudito cubrió el escenario. Sin pensárselo dos veces Jezzeb arrojó el cirio al suelo y tomó a Yaiza de la mano.

–¡Ven! –Exclamó. La muchacha, que seguía mirando absorta cómo la cúpula de diamocristal cedía triturada por los Dientes, obedeció sin rechistar.

Jazzeb corrió hacia uno de los vomitorios. La pareja sorteaba al resto de bailarines. Al igual que Yaiza parecían sumidos en un trance. Contemplaban con ojos desorbitados cómo los Dientes del Oscuro vencían allí donde nunca antes lo habían hecho, triturando la obra del Hombre.

Los auténticos Dientes (viento, hielo y detritos) descendieron por la cúpula adhiriéndose a su cara interna. Trituraron a los espectadores de las filas superiores, derribaron a todos los demás. El frío, como un ente con vida propia, golpeaba sin piedad. Jazzeb notaba sus dentelladas por todo el cuerpo, incluso en su corazón.

Pero habían ganado el túnel. Ya estaban ante la puerta blindada. El sistema les reconoció, permitiéndoles el acceso a la zona segura. Sólo cuando sonaron los cerrojos bloqueando la puerta Yaiza pareció recuperar la conciencia:

–Jazzeb: el Oscuro… ha ganado.

Las lágrimas anegaban los ojos de la muchacha.

–No –contestó Jazzeb con firmeza. En su rostro no quedaba la menor huella de humedad.

Atrajo a la muchacha hacia él, la envolvió entre sus brazos con ternura y dijo:

–El sol y la vida han triunfado: estás conmigo.

Según pronunciaba esas palabras sintió un calor en su corazón. Sí, su madre se sentiría de verdad orgullosa.

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4 comentarios sobre “El aullido de la oscuridad

  1. ¡Hola Juan!
    Yo también he enviado un relato a Argonautas para este número y tampoco me lo van a publicar.. ¡qué se le va a hacer! para la próxima.
    Tengo que confesarte que me he perdido un poco con tanto Diente y creo que no he pillado muy bien el hilo de la historia :S
    Aunque también he de confesar que en mi cabeza no paraban de aparecer imágenes de “The last airbender” (no me preguntes por qué) osea que no se me puede hacer mucho caso por que como ves estoy para medicar.

    ¡Un abrazo!

    1. Hola, Ira.

      ¿Así que tú también tentaste la suerte y no sonó la flauta? Como bien dices, ya habrá otra vez.

      Así que te has liado con los dientes XDDDD Pues a lo mejor no ha quedado muy claro el intento de paralelismo entre la danza representada por los bailarines y la crisis climática que sucede en el planeta con el eclipse }:-| Supongo que no hace falta que diga que en mi cabeza lo veía todo muy, pero que muy claro. A ver si alguien dice otra cosa y decanta la balanza.

      No he visto ‘The last airbender’ pero, por si te sirve de algo, una vez acabé el primer borrador me dije: ‘joder, pero si este planeta parece primo hermano del de Pitch Black’. Y eso que mientras escribía no se me pasó por la cabeza ese truño de peli.

      Un saludo y suerte la próxima vez que mandes algo a Argonautas.

  2. Hola Juan,

    quizás no he conseguido crear una imagen clara de lo que pasaba exactamente fuera de la cúpula con el eclipse y tal, pero gracias a la danza más o menos he podido hacerme una idea. Me ha gustado mucho, lástima de ese final de color de rosa con ellos dos juntos, jeje, ya sabes que me van los desenlaces fatales…

    Consigues meter al lector de lleno en la historia, con ese ritual desconocido en ese planeta igual de desconocido. Me ha gustado como has hilado la historia de la relación con la madre durante todo el relato, haciendo que pese a ese final rosa que te digo, termine bien para el protagonista. No sé si me expliqué bien aquí, jeje.

    Solo un apunte, en la frase: “Mucho más lejos, hacia Radiente, el frente de los Dientes del Oscuro ganaba terreno hacia la zona de sombra del eclipse.” Se te ha colado una “E” en Radiante. Por lo demás, un placer volver a leerte, veo que no has perdido tu encanto al escribir.

    PD: En cuanto a Argonautas, a ver si me pongo algún día y envío algo, que solo escucho que rechazan los textos y luego cuando yo los leo me quedo a cuadros. ¿Tanto nivel hay, para que textos como estos queden fuera?

    Un saludo, amigo.

    1. Hola, Wolfdux.

      Me alegra ver que al menos la danza ha servido para guiar a un lector.

      Aun asi, porque me apetece, voy a explicar un poco de la dinámica que se esconde tras el relato.

      De entrada tenemos un planeta de los que yo llamo ‘tipo mercuriano’: con una cara anclada a estrella. Sé que desde hace años se ha descratado que Mercurio tenga su cara anclada de esa manera, pero como referencia histórica de la cifi clásica sirve. Se trata de planetas que, al estar demasiado cerca de su estrella la gravedad de esta ancla un hemisferio hacia el astro. Así la mitad del planeta sufre un baño contsnte de radiación mientras que el otro jamás recibe luz alguna. Un infierno ardiente por un lado, y por el otro un mundo helado digno del mismísimo Niflheim.

      En ese tipo de planetas la zona habitable (si la hay) queda reducida a la zona de penumbra entre la luz y al sombra, un mundo de eterno ocaso y luz crepuscular. Ese anillo, una zona muy fina que puede llegar a tener apenas unos pocos cientos de kilómetros de ancho, está sometida a fuertes vientos: la presión de la zona caliente genera flujos que ascienden y acaban adentrándose en la zona de sombra. Ésta los recibe enfriándolos y haciéndolos descender, de tal manera que el aire regresa a la zona caliente (frío y pesado) barriendo la superficie del anillo habitable. Eso explicado a rasgos muy simplones.

      Pues bien: si de repente eclipsas la fuente de calor todo ese sistema de presiones atmosféricas (y por tanto de vientos), más o menos equilibrado, se va al traste. La zona caliente pierde la mayor parte de la fuente de energía (el calor radiente del suelo no iguala al potencial del sol), lo que rompe el ciclo ascendente de vientos. Estos no siguen su curso hacia la parte fría. El aire en la zona caliente es menos denso, pero por contra ejerce más presión gracias a la estufa del sol. Cuando la estufa desaparece esa presión decrece. Entonces el aire frío del lado oscuro, mucho más denso y pesado, aprovecha la oportunidad y se derrama hacia el lado del planeta con menos presión: el caliente. Eso, a efectos del cuento, supone vientos que van ganando velocidad (el aire de atrás empuja al de adelante) hasta volverse incluso supersónicos. Esos vientos tratan de cubrir toda la zona caliente y equilibrar la presión atmosférica en todo el planeta. El primer paso de su avance consiste en barrer el anillo crepuscular habitable. El anillo sufre durante todo el proceso de ‘derrame’ los vientos.

      Sé que algún detalle de esta dinámica de flujos fallará (no soy físico, y al fin de cuentas no he pretendido hacer de este cuento uno de cifi hard sino algo a medio camino. O ni eso). Lo redacté en apenas 24 horas, y ni se me ocurrió ponerme a hacer números. Sin embargo en su esencia el proceso puede quedar más o menos explicado en el cuento. O eso creía hasta vuestros comentarios.

      Yo también soy propenso a los finales ‘malos’, pero de vez en cuando intento cambiar el registro. En esta ocasión me pareció la mejor manera de rematarlo: rito de iniciación, sujeto que no se siente implicado pero que de una manera inesperada encuentra una razón para seguir. Lo que se dice: al final de toda historia el protagonista debe crecer, de una manera u otra, debe madurar. Aunque para eso deba sobrevivir a un catástrofe como la narrada en el cuento.

      Gracias por decirme esa errata: llega un momento en que nos las veo 😦

      Respecto a Argonautas… ya me han dicho que ellos no editan fantasía o ciencia ficción, así que no me extraña nada su negativa. Me doy con un canto en los dientes al haber publicado con ellos una historia de zombis, una que tiene mucho de apologia del satanismo y otra reivindicando el papel de La Muerte bíblica 😛

      Yo, por mi manera de ser y de entender el reto de escribir, necesito escribir ficción de ese tipo: fantasiosa. No me siento a gusto escribiendo realismo: me parece algo sin reto creativo. Así que no salgo del fantástico, aunque por ello me coma los mocos. Pero que sí, que vez en cuando intentaré mandarles algo aunque sea ‘raro’ como esto de ahora.

      Me alegra que hables de mi cuento como ‘de nivel’ 🙂

      Y no es que haya dejado de escribir: estoy intentando preparar una recopilación de cuentos y empezar a moverla por ahí. Me queda sólo un para para darla por cerrada y probar suerte.

      Un saludo y perdón por el santo rollo que he soltado.

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