Acerca de ‘El aullido de la oscuridad’

No hay hola.

Muy tarde, lo sé, pero ahora me fijo en que no le he dedicado un ‘Acerca de’ a este relato.

‘El aullido de la oscuridad’, tal y como digo, surgió como cuento para el numero 8 de la Revista Argonautas, que tenía por lema ‘solsticio’. Por supuesto al principio sólo tenía la referencia básica del evento astronómico, y seguro que en esas fechas de preverano a más de uno le vinieron ideas de vacaciones, calor y fiesta. Vamos, lo fácil. Pero como todos sabemos hay dos solsticios al año. Yo, en mi condición de amante del invierno y los climas más bien fríos (si pudiera irme a vivir a Ushuaia –con mis queridos castellano, frío y mar juntos– ni lo dudaría), prefiero siempre el solsticio de invierno.

¿Qué hay en el solsticio de invierno capaz de generar una historia, ésta de ‘El aullido de la oscuridad’ en concreto? Pues mucho. De entrada me vino a la mente el origen de la Navidad cristiana, el Sol Invictus romano. Investigando en lo relativo a esa fiesta, que ha pervivido hasta nuestras fechas disfrazada de bacanal de consumismo e idolatría, uno llega a un triunvirato de deidades: El GabalMitra y Sol. Deidades y mitología, terreno que me encanta recorrer.

Recorrer y, por supuesto, utilizar y deformar.

Un relato ambientado en Roma con las Saturnales o el Sol Invictus como trasfondo carecería del menor interés ni me aportaría reto alguno. Necesitaba algo más.

No sé cómo, o no lo recuerdo (sinceridad ante todo), pero en un momento dado me vino a la mente el planeta  Mercurio. Recordé la vieja creencia de que enfrenta siempre la misma cara al sol. Aunque sabía que para nuestro compañero eso ya estaba refutado, en ciencia ficción se sigue usando el caso de planetas en los que una cara está anclada a su estrella: algo así como vivir en un solsticio perpetuo, día eterno en una cara y noche perpetua en la otra. En esos planetas la zona habitable, de haberla, se limita a un anillo crepuscular justo entre la cara iluminada y la oscura. La cosa empezaba a tomar forma. Se empezaba a moldear en mi cerebro un embrión de historia: al menos ya tenía un escenario. Ahora ‘sólo’ quedaba crear una historia.

Como vi antes, en el Sol Invitus participa un trió de dioses. Yo para mi relato tenía dos actores: la estrella y el planeta. ¿Cómo meter uno más? Pues se me ocurrió que el tercero en discordia muy bien podía servir para descompensar la relación entre los otros dos. Así surgió la idea del satélite masivo que cada equis meses pasa entre el planeta y el sol y con su descomunal sombra quebranta el equilibrio atmosférico del planeta. Otro detalle a añadir al escenario. Pero seguía haciendo falta una historia. O un drama.

¿Cómo se debe vivir en un planeta semejante? Pues si no con miedo, al menos sí con un gran respeto a los colosos que surcan el cielo: el perpetuo sol y el satélite que lo eclipsa cada cierto tiempo. Un satélite que en su viaje desencadena la furia del lado oscuro y gélido del planeta. Vivir con miedo pero aun así superarlo. Eso requiere toda una celebración. Un rito. La idea me surgió sin que lo quisiera: representar el acontecimiento mediante una danza. Curioso para alguien como yo, que detesta la danza. Aun así me pareció una manera creo que diferente de representar ese cataclismo periódico, de insertarlo en la sociedad de ese planeta y de humanizarlo. Además a través de la danza ya podía introducir personajes, y con ellos sus debilidades y dramas personales. En otras palabras: pasaba del simple escenario a la historia.

El resto ya lo tenéis a vuestra disposición. Espero que os haya gustado.

Y sí, lo sé: no existe manera alguna de que un satélite masivo de un planeta le orbite de la manera que describo en el cuento (que Kepler me perdone). Pero me di cuenta de ello cuando el guión de la historia estaba ya muy avanzado. Y la realidad no debe arruinar una historia que, a mi entender, merecía la pena. De nuevo queda en vuestras manos decir si de verdad merece la pena o no.

No hay adiós.

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