El hombre de la grímpola

Por segunda vez agarro un descarte de la Revista Argonautas y cuelgo aquí lo que ellos no quieren. La convocatoria tenía por tema REFUGIOS, como supongo que se notará. Como en la ocasión anterior he revisado y ampliado el texto. Ya sin la limitación de palabras (ha crecido otras seiscientas más) os lo presento.

Empecé el cuento intentando narrar sólo una historia de marinos realista. Pero, como no podía ser menos, el elemento fantástico asomó al poco tiempo. Está visto que me puede. Intento escribir realismo y siempre acabo inmerso en lo fantástico. Me aparezco a alguien… leed el cuento y sabréis de qué hablo.

Una vez plantada ante mí la fantasía no he podido extirparla: la jodía se agarra como una garrapata y no sale de mi cabeza. Así que he proseguido con ella.

No se necesita ser un lector muy avispado para reconocer en este cuento algunas influencias, en concreto cierto clásico de la literatura universal. Espero que eso no le haga disfrutar menos de la lectura. Porque espero que se disfrute 😉

Ahí os lo dejo.

Nota para los vagos:

Grímpola.

(Del prov. guimpola).

1. f. Insignia militar que se usaba en lo antiguo, y que los caballeros solían llevar al campo de batalla y ponían en sus sepulturas. La forma de su paño era triangular.

2. f. Mar. Gallardete muy corto que se usa generalmente como cataviento.

¿Cuántos marinos conocéis que no quieran pisar tierra? Para nosotros, los que hemos hecho de la mar nuestra vida, decir ‘tierra’ o ‘puerto’ equivale a hablar de refugio, de seguridad. Amarrar significa olvidar durante un tiempo los peligros que debemos afrontar cada jornada.

Yo, Marcos Valdés, opino así. Y me secunda la totalidad de los marinos que conozco.

Bueno, ¿todos? No, todos no. Y de esa excepción es de la que voy a hablar.

Llevo toda mi vida en la mar y sé que no hay nadie más como él. La primera vez que le vi respondía al nombre de Valerio; luego le he conocido bajo otros nombres, aunque para mí siempre será Valerio.

Sucedió cerca de un puerto tan simbólico como Ushuaia, en el mismísimo fin del mundo. Por aquel entonces yo apenas había rebasado la veintena y deseaba comerme el mundo. Mi nave, la Alep–láyp, acababa de zarpar. Mientras nos alejábamos del muelle yo veía a Marta subida a un noray. Desde él ondeaba su mano. Su adiós estaba teñido de desesperanza, un “vuelve; pero hazlo vivo, por favor”. Sabíamos que, con suerte, nos veríamos en no más de un año.

Aquella mañana apenas había tráfico en el canal Beagle. Disfrutábamos de una mañana de nubes bajas pero no amenazantes, algo inusual por aquella época. Reinaba un viento tímido que nos permitía desplegar una buena cantidad de trapo sin peligro. Habíamos recorrido tres cuartas partes del canal cuando divisamos a proa un bergantín maniobrando para quedarse al pairo. Sobre su cofa de mesana rielaba una grímpola cuyo significado desconocía. Todavía no habían acabado de maniobrar y sin embargo ya habían arriado su chichorro. El bote parecía dirigirse hacia nosotros, gobernado dos hombres.

–Recojan paño. Foque y la mayor –gritó nuestro capitán–. El resto de velas ¡al pairo!

Así nos encontramos preparándonos para recibir una visita del todo inesperada.

Para sorpresa de todos cuando el bote se colocó junto a la amura de babor el capitán ya estaba allí para recibirlo en persona. Casi se diría que espera la llegada de una eminencia. Yo no entendía lo que pasaba; viendo las caras del resto de la tripulación comprendí que ellos tampoco. Arrojaron una escala hacia el bote, por la que ascendió un único hombre. El mismísimo viejo le tendió la mano ayudándole a subir, tras lo cual le invitó al castillo de popa. Mientras los dos se perdían en el interior del alcázar el chinchorro del bergantín regresó por donde había venido, ahora con un solo hombre a bordo. Lo hizo sin dar la menor explicación, sin esperar a recibir comunicación alguna de nuestro capitán. Me acerqué a la borda y estudié el bergantín. No nos separaban de él ni siquiera un quinto de milla. Vi a sus hombres sobre la cubierta o perchados de la arboladura. No se escuchó voz alguna desde la nave, ni siquiera un tímido saludo. Aquellos hombres se limitaban a observar en absoluto silencio. Incluso el silbato de su contramaestre sonó vacío y fantasmal mientras ordenaba reorientar las velas e izar el bote.

El bergantín ya se perdía rumbo a Ushuaia cuando el capitán y el recién llegado volvieron a cubierta. El viejo se mostró serio, taciturno; el otro hombre tenía un aire de abandonada fatalidad que no lograba disimular su alivio. El capitán, tras pedir al primer oficial que nos reuniera en el combés, gritó:

–Señores, les presento a Valerio. Se nos unirá en calidad de marinero de primera, como gaviero. Señor Cabbot, inscríbale en el rol.

Así le conocí. Delgado y reservado, se mantenía aparte del resto de la marinería. Sólo se permitía participar en conversaciones con tema marino o de navegación. Para él nada más parecía existir la mar. Aquello nos extrañó: todos teníamos nuestros asuntos en tierra. Mujeres o hijos, pendencias o, con demasiada frecuencia, deudas: de una manera u otra acabábamos mirando con añoranza a tierra. Él nunca demostró sentimientos similares. Sólo hablaba de la mar, eso cuando no permanecía sumido en un silencio tozudo.

La temporada transcurrió mejor que nunca: la suerte nos bendijo y los avistamientos se sucedieron. En su puesto de gaviero Valerio ocupaba con frecuencia la cofa. Sus guardias brindaron los mejores números: él divisó los mayores grupos familiares. Las capturas se sucedieron. Junto a los recios y correosos ejemplares maduros logramos varias crías: las lográbamos alejar del grupo gracias al buen hacer de nuestros patrones de chalupa (Cabbot, el segundo de a bordo, tenía una habilidad innata para ello), que gracias a su conocimiento y buen ojo conseguían espantar y esquivar a las furiosas madres. También nos hicimos con algún que otro ejemplar viejo, cuya sabiduría no lograba suplir su debilidad… y el poseer una preciosa y enorme carga.

Gracias a todo ello los hornos funcionaban a pleno rendimiento. Nuestra estela rojiza la cruzaban enormes aletas negras. Sus dueños se peleaban por los despojos que dejábamos atrás con una fiereza que yo sólo podía describir como demente y demoniaca. No distinguían entre las piezas que nosotros arrojábamos y sus propios congéneres. Vi cómo atacaban a uno de los suyos que había tenido la pésima idea de interponerse en la trayectoria de un gigantesco blanco. Tampoco dudaron un segundo en despedazar al desgraciado de Tobías. Había caído al agua golpeado por la de mesana, que alguien había aferrado mal. Apenas gritó, por lo que todos presumimos que su muerte fue rápida.

Pero la mar no permite perder el tiempo en despedidas. Seguimos trabajando. Buscar, encontrar, capturar, despiezar y extraer. La bodega se empezó a llenar de aceite y esperma a marchas casi forzadas. En un tiempo record sólo quedaron una docena de barriles vacíos, que acabarían llenos con la última captura.

–Regresar a Ushuaia supondría perder demasiado tiempo –anunció el capitán en ese momento–. Sin embargo Ciudad del Cabo queda a escasos días. Allí venderemos la mercancía que Dios nos ha regalado.

Un aullido de felicidad resonó por toda la nave. Tocaríamos tierra meses antes de lo planeado. Al imprevisto descanso se sumaba la bodega repleta: cobraríamos una paga extra. Todavía quedaban más de seis meses para dar por concluida la temporada y regresar a Ushuaia, nuestro puerto base. Más tiempo, más capturas, más dinero. Aquella noche el grog circuló en el castillo de proa quizá con excesiva libertad. Pero Valerio no lo probó: mantenía su gesto adusto. Más aún, parecía contrariado por las noticias.

–Venga, hombre –le dije palmeándole la espalda–. Tendrás toda una paga que gastarte en putas y buen ron en Ciudad. Y descansar, por supuesto.

Él se limitó a mirarme esbozando una media sonrisa.

–Descansar, sí.

Sin decir más se levantó y regresó a cubierta.

Dos días después, con la reconocible silueta de La Mesa a la vista, el capitán gritó:

–¡Velas al pairo! Arríen el esquife. Valdés –dijo señalándome–, descienda junto con Valerio y diríjase a esa goleta –su mano apuntaba a una nave que salía de Ciudad–.Sánchez, ice esta grímpola en el tope de mesana.

Mientras Valerio y yo preparábamos el bote vi cómo la goleta nos imitaba, colocándose también al pairo. Alcé la mirada hacia nuestra mesana: sobre el tope ondeaba la misma señal que viera meses atrás, con la llegada de Valerio.

Ya en el agua éste insistió en ponerse a los remos:

–Ya tendrás tiempo de tomarlos a la vuelta, Valdés.

Así me encontré transportado como si hubiera ascendido a oficial. Valerio remaba con brío. Daba la impresión de que deseaba llegar a la nave… o de alejarse de la nuestra. En su rostro, aparte del esfuerzo, había algo más. El hombre seguía luchando por ocultar sus sentimientos pero… ¿acaso había una pincelada de pánico en sus ojos? Me volví para encontrar aquello a lo que miraba con semejante horror. No vi nada especial, nada salvo nuestra nave. En lo más alto de la mesana ondeaba la grímpola. La reconocía: idéntica a la que había lucido el bergantín del que viniera Valerio. Mis compañeros, el resto de la tripulación de la Alep–láyp, nos miraban en silencio, cada uno desde su puesto. Aquella escena la reconocía. La había vivido tiempo atrás, sólo que desde el otro punto de vista.

La goleta nos esperaba. Nadie nos saludó. Tendieron una malla, por la que Valerio escaló con presteza. Un solo hombre asomó por el pasamano para recibirle: el capitán. Estaba reviviendo un mal sueño. al llegar a la borda Valerio se volvió:

–Nos vemos, Valdés –y se perdió cubierta adentro. El capitán me dedicó una mirada intensa, ante la que yo no supe decir nada salvo saludar, ponerme a los remos y ciar alejándome.

Así salió Valerio de mi vida…. por primera vez. En Ciudad me esperaba Mary (sí, tengo debilidad por las mujeres cuyo nombre empieza por ‘M’), junto a un bebé de un año que decía que me pertenecía. El chaval era casi tan feo como yo, así que callé. Tierra tiene este tipo de cosas: sus sorpresas son más tolerables que el coletazo de una ballena, más agradables que la hediondez de los hornos cociendo la carne para soltar la grasa. Mujeres y críos, junto a borracheras y alguna que otra pelea. Esa es la sal de la vida en tierra. Sus molestias se soportan mejor que dormir en un coy durante meses, siempre apretujado entre hombres más sucios que uno mismo. Un puerto significa un refugio. Pese a las mujeres, las peleas y las borracheras, o gracias a ellas. Da igual si acabas tirado en una esquina, desmayado tras haberte bebido media paga, con el vómito coloreando tu casaca y el orín empapando tus pantalones. A eso y a las reprimendas de una mujer siempre se sobrevive; no se puede decir lo mismo cuando te atrapa una tormenta en alta mar.

Todo marino añora la seguridad del puerto. Todos salvo Valerio.

Había pasado más de una década desde que le dejamos en Ciudad. Yo ya no me dedicaba a la caza de la ballena: demasiadas veces había visto los botes reducidos a astillas, con toda su tripulación implorando ayuda y no siempre encontrándola. Más viejo, con más experiencia, llevaba dos años enrollado en un paquebote que hacía la ruta Buenos Aires – Cartagena de Indias.

Apenas habíamos dejado atrás las aguas parduscas del Rio cuando la escena se repitió. Esta vez se trataba de una fragata. Una grímpola similar a la que viera de joven topaba su mesana. La obra se representaba con fidelidad: una bandera, un bote y dos hombres. De nuevo el capitán recibió al recién llegado. Nos le presentó como marinero Sampedro. No había cambiado nada: ni una cana, ni la menor arruga. A lo sumo una sombra más intensa bajo sus ojos, o un aire más denso a su alrededor. Tenía ante mí a Valerio, el mismo hombre taciturno que conociera en Ushuaia diez años atrás.

En cuanto pude me acerqué a él.

–Valerio. Tú eres Valerio.

Me respondió entrecerrando los ojos, como buscando en su memoria. Al fin la luz se hizo en él. Pero se trataba de una luz oscura. Frunciendo el ceño dijo tajante:

–Se confunde, caballero. Mi nombre es Esteban Sampedro, y yo a usted jamás le he visto.

El paquebote contaba con una tripulación muy escasa, diecinueve personas. Aun así Valerio, o Sampedro, logró evitarme la mayor parte del trayecto hasta Cartagena. Di por hecho que contaba con la colaboración del capitán.

Ya teníamos a la vista la bahía cuando se repitió la operación. Izamos la grímpola, pero esta vez no se me ordenó acompañar a Sampedro –a Valerio– a su nuevo destino. Me limité a verle partir, bogando con la misma desesperación de años atrás.

Durante todo el tiempo que pasé en Cartagena no pude sacarme de la cabeza su figura. ¿Qué estaba pasando? Maite acabó enfadada conmigo. Decía que parecía ausente, que no le hacía caso ni a ella ni a los chicos. Yo asentía en silencio mientras meditaba sobre Valerio. No había envejecido. Y parecía que los capitanes sabían algo de su extraña condición. Si no ¿cómo explicar el uso de esa grímpola y que todos le recibían en persona?

El permiso acabó. Me despedí de mi cartagenera y volví a zarpar. Los destinos se sucedieron: Buenos Aires, Río, La Habana; Ciudad, Dakar, Cádiz… Puertos y más puertos. En algunos me esperaban mujeres (Marisa, Mirta o Maite; Marta, Mónica o Meredith) con o sin niños, en otras sólo putas; en todos el alcohol y, cada vez menos frecuentes, las peleas. En otras palabras: la esencia de tierra firme, un refugio que no oscilaba bajo mis pies ni amenazaba con hundirse en las aguas.

Cambié de barco, de ruta, de tipo de tráficos. Buscaba travesías más cortas. Pasar más tiempo en tierra. Cosas de la edad: lo que en juventud consideras aventura en la madurez se convierte en locura.

También ascendí. Empecé a aparecer en los escalafones. Me gustaba leer mi nombre grabado en la tablilla. Esa alegría me incitó a estudiar. Los esfuerzos obtuvieron su fruto: unos años después obtenía el título de capitán.

En contra de lo que mucha gente de tierra cree, el nombramiento apenas posee ceremonia. Un diploma, un estrechón de manos, un saludo… tres tonterías y ya.

El acto había acabado. Los recién nombrados nos retirábamos cuando el almirante me llamó ante su presencia.

–Acompáñeme un instante a mi despacho, capitán Valdés.

Debo admitir que me ilusionó escuchar mi nombre antecedido por la palabra ‘capitán’. Pero había algo en los ojos del almirante que me mantuvo alerta.

Una vez en su despacho me invitó a sentarme.

–Valdés, usted ha visto mucho mundo. ¿Puedo tutearle?

Pestañeé desconcertado, pero acerté a asentir.

–Así mejor, Marcos –de repente me dio la impresión de que se estaba quitando una máscara. Le noté más relajado, incluso cercano–. Todavía no lo has comprendido el todo, pero los dos pertenecemos a una clase especial de personas. ¿Gustas?

Me tendió una caja de puros. Su aroma llenó el cuarto.

–Gracias –dije tomando uno.

El almirante cogió un mechero de cuerda. Su mano voló sobre la rueda y unos instantes después me lo pasaba, humeante.

–Lo que te decía, Marcos. Has viajado, has visto mundo.

–Sí, señor.

–Antonio, por favor. Hemos quedado en tutearnos, ¿no?

–Sí… Antonio.

Tras dar una enorme calada al puro Antonio, el almirante, me miró.

–Y seguro que has visto cosas raras –comentó con tono confidente mientras se recostaba en la butaca–, por decirlo de alguna manera.

–Bueno, en la mar uno ve cosas a las que no se tiene acceso en tierra, sí.

–Marcos, estamos entre iguales. Y no sólo somos tú y yo. Por todo el mar hay más elegidos. No miles, pero sí unos cientos.

–‘Elegidos’. No comprendo –y decía la verdad. No entendía a qué venía todo esto.

De improviso el almirante se echó hacia adelante, apoyando su enorme corpachón en la mesa, y me clavó una mirada que pareció atravesarme. El silencio se prolongó durante unos segundos que se me hicieron eternos. Al fin detuvo su escrutinio. Tras recostarse de nuevo en la butaca chupó con fruición el puro. Una columna de humo gris emergió de su boca.

–Veo que te he cogido en mal momento. Lo comprendo: la emoción del nombramiento, la ceremonia…

El almirante estaba equivocado, pero no me atreví a sacarle del error. Dejé que siguiera hablando.

–Existen gran cantidad de maravillas surcando los mares. Algunas son hermosas, otras terribles. Un puñado incluso de los tipos a la vez –a pesar de que él había optado por tutearnos, entablando una supuesta relación de igualdad, ahora usaba el mismo tono con el que se dirigía desde el puente a su dotación. Su voz vibraba llena de autoridad. Escuché y aguardé–. El hombre ha llegado a explicar cierto número de ellas; otras siguen inmersas en el misterio.

Calló para alzar la mirada al artesonado, meditabundo. Supe que no esperaba ninguna réplica mía: se limitaba a decir verdades. Sus verdades. El almirante, Antonio, dio una bocanada más al puro y tras expulsar el humo prosiguió:

–Otras deben permanecer tal y como están: no hay que perturbarlas.

Sin dejar de mirarme abrió un cajón de su escritorio. De él extrajo un bulto aterciopelado atado con bramante dorado. Lo dejó ante mí. No era muy grande, apenas un codo por un codo, y tenía aspecto blando. Como si se tratara de un uniforme. Pero en la marina mercante no estábamos obligados a vestir uniformes.

–Sigues sin comprender –dijo con tono jocoso–. Estás entre los elegidos. Y lo sabes.

Empezó a desenvolver el bulto. Bajo el terciopelo no había ningún uniforme pero sí una tela. El almirante procedió a desplegarla. Mientras lo hacía notaba cómo el color huía de mi faz. Ante mis ojos la tela adquiría forma y significado. Triangular. La reconocía.

–Ahora sí comprendes.

Una grímpola. La misma que había visto izada más de una decena de veces.

–No preguntes. Es lo mejor. Estás entre sus –resaltó el ‘sus’– elegidos. Te buscará. Te encontrará. Le alojarás y te abandonará.

Extendió la bandera y me la tendió. Estaba algo descolorida y surcada de zurcidos.

–Sí, es antigua, pero aguantará. Tú harás que aguante. Acoge a ese marino perpetuo. Aliméntale y haz lo poco que te pida, lo que esté en tu mano para facilitar su estancia bajo tu mando. Ya tiene bastante condena.

En otras circunstancias le hubiera acribillado a preguntas, pero en el despacho se había condensado tal atmósfera que sólo deseé salir. Antonio notó mi azoramiento:

–Lo comprendo. Todos hemos vivido este momento.

Me levanté dejando el puro a medias en el cenicero. Había abandonado la bandera sobre la mesa, poco menos que espantado ante la mera idea de tocarla. Sin embargo el almirante, con gesto paciente, la volvió a plegar y me la tendió una vez más.

–Tuya. Cuando te licencies devuélvela. Ahora parte. Haz tu trabajo. Y cuando te encuentre, que lo hará, compadécete. Él no tiene refugio. Nunca lo tuvo. Nunca lo tendrá.

No me quedaba otra opción que recoger el paño.

Hui del Almirantazgo con la tela plegada bajo mi brazo. La notaba pesada, mucho más de lo que debería. Su lastre me anclaba a tierra. Notando su peso bajo mi brazo me arrastré sobre el enlosado de la plaza ante la que se alzaba el Almirantazgo. A medida que caminaba notaba cómo dentro de mí crecía un extraño sentimiento, una especie de alegría amarga. Bendecía el suelo que pisaba con cada paso que daba, satisfecho de tenerle a mi disposición. Sólido, firme, seguro. Accesible. En definitiva, un refugio.

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4 comentarios sobre “El hombre de la grímpola

    1. Hola, Ira.

      A la fuerza ahorcan, que se dice: empecé a ‘manejar’ vocabulario náutico cuando me documentaba para escribir ‘Fuerza de mascaron’. Ya te imaginarás: recorrerme de arriba a abajo las categorías náuticas de la wikipedia, metiéndome además en webs de modelismo y de historia naval. De ahí pasé a leer algunos libros de narrativa histórica (sobre todo de la marina del s. XIX). Y como lo hacía con el kindle siempre tenía a mano el diccionario.

      Tras todo ello sigo sin saber muchísimas cosas de navegación, pero admito que ese mundillo me encanta y de vez en cuando vuelvo a investigar (aunque sólo sea para afianzar conceptos). Me parece absorbente y dotado de una plasticidad que ya quisieran otros géneros.

      Pero bueno, que me alegro que al menos haya alguien a quien le ha gustado el cuento.

      Gracias por tus palabras.

      Un saludo.

      PD: como pequeño sueño mantengo la idea de ir alguna vez al Museo Naval y perderme en él 😛

  1. Hola Juan,

    coincido con Ira, ¡menuda cantidad de vocabulario! Es bueno leer algo que aparte de entretener y gustar, enseña. Quizás dentro de un tiempo vuelvo a leer estas palabras y no me acuerdo de su significado pero bueno… :·P
    Una historia muy interesante y bien trabajada. Repito lo que dije una vez sobre Argonautas: el listón debe de estar muy alto para que tu relato haya sido descartado. Aún así felicidades y seguimos en contacto. Un abrazo.

    1. Hola, Wolfdux.
      Gracias por tu comentario. Me alegra saber que no aburro ni saturo con mi verborrea resabionda o cultureta 😉
      Como ya puse en la introducción el cuento, el texto final que he colgado aquí está ampliado, nada más y nada menos que en 600 palabras. Eso supone algo más de una cuarta parte de la extensión original. Mucho, y te aseguro que se nota.
      En el fondo me alegro que no lo aceptaran en Argonautas: esa versión estaba demasiado encorsetada y no me había dejado del todo satisfecho. Está visto que lo mío es ir por libre, no ceñirme a limitaciones de palabras.
      Un abrazo y nos leem0s.

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