La forja del martilleador

Relato que me publicó hoy hace un año la revista miNatura. Como se trata de un jodido fanfic (lo que hace que tenga un recorrido muy corto, por no decir nulo) pues lo cuelgo aquí para el disfrute de todos mis lectores. El párrafo en rojo al final no apareció publicado por razones de limitación de texto. El editor me sugirió eliminarlo, lo cual no me pareció mal, pero aquí dejo el cuento con la redacción íntegra original.

En la oscuridad de la forja Stargalt se sentía tan poderoso como el propio Shai–Hulud. En ella se unían las esencias de Arrakis: por un lado el calor asfixiante, cruel y despótico; por otro las densas tinieblas, encarnación tanto del reino subterráneo que habita el Hacedor como de las cavernas donde sus hijos demuestran su fe resistiendo.

La forja era su reino y su hogar. En ella Stargalt, como el propio Shai–Hulud, crea, moldea y pone a prueba a sus creaciones. En ella, como un fremen más, desafía al entorno inclemente que habitan y reivindica el derecho a tener su sitio en Arrakis.

El martillo de Stargalt resuena contra la barra al rojo vivo. Cada golpe arranca chispas que iluminan su rostro sudoroso. Las tenazas sostienen el metal manejándolo con la sabiduría aportada por años de experiencia. Él se encarga de todo: prepara la mezcla, alimenta el horno, maneja la colada; luego moldea, templa y forja las piezas que une con destreza. Stargalt crea corazones metálicos, reclamos a los que ningún Abuelo del Desierto puede resistirse: nadie le iguala a la hora de confeccionar martilleadores.

Ahora le respetan, pero ganar ese estatus ha supuesto tiempo y esfuerzo, años de soportar desprecio. Entonces no le llamaban Stargalt ‘el martilleador’ sino ‘el cojo’. Le consideraban un lastre. De eso ya hace mucho, pero cada martillazo le recuerda el consejo al que le sometieron y cómo luchó por defender su utilidad en el sietch.

–Stargalt, Arrakis no admite débiles –dijeron–. Menos aún un sietch como el nuestro.

–No soy débil; todavía soy útil. Dejadme demostrároslo –respondió.

Y lo demostró fabricando los mejores martilleadores. Dominó el metal que le traicionó, ese que como garfio de doma se dobló y cedió un día en su juventud. Shai–Hulud se había revuelto arrancándole de su lomo, aplastando su pierna y casi segando su vida.

Pero Stargalt aprendió. Ahora sus creaciones no dominaban a un gusano sino a cientos.

Dios creó Arrakis para probar a los fieles. Y Stargalt ‘el cojo’, ahora Stargalt ‘el martilleador’, había demostrado su validez.

Alabado sea Shai–Hulud.

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2 comentarios sobre “La forja del martilleador

  1. Arrakis me suena a ¿Dune?
    He de reconocer que me leí el prólogo o las primeras páginas, ahora no recuerdo, hace años y no lo he terminado… Espero poder remediarlo cuanto antes, jejeje. Por lo demás, como no me suena ningún nombre ni nada, pues me quedo descolocado, pero el personaje de Stargalt si que ha quedado bien dibujado en mi cabeza. Un abrazo.

    1. Hola, Wolfdux.

      En efecto: hablar de Arrakis equivale a hablar de Dune, la obra maestra de Frank Herbert.

      Como siempre es cuestión de gustos, pero admito que ese libro a mí me marcó. Se trata de uno de los pocos que leído y releído varias veces. Y lo volveré a leer, sin duda. Hablo del primero: he leído tres de las continuaciones y… no, esas ya no.

      Como te digo el primero me encanta, pero nadie puede negar que el estilo de Herbert se puede hacer casino. Te animo a intentarlo una segunda vez.

      Me alegro que, aun desconociendo el universo en el que se enmarca el relato, hayas podido apreciarlo.

      Un saludo y gracias por tus palabras.

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