La cuenta atrás del relojero (I)

El tañido arrancó a Shergev del duermevela en el que había caído. Espantado, creyó sentir cómo retumbaba el sonido por todo el edificio, reverberando por los pasillos y las estancias casi con la misma intensidad con la que latía alocado su corazón. El anciano relojero se había quedado traspuesto mientras leía un volumen de Crónicas. Todavía con el susto en el cuerpo, Shergev miró a uno y otro lado. Nadie a la vista. Menos mal, pensó mientras emitía un suspiro: nadie le podría recriminar su falta de profesionalidad. Con los ecos de la campanada todavía diluyéndose en las entrañas de la Colmena, el relojero se desperezó.

Se sentía pesado, lento. No le gustaban esos despertares tan bruscos. Pero, la verdad sea dicha, él no estaba allí para echar cabezadas. Sólo tras frotarse los ojos, todavía adormilado, se dio cuenta de lo mucho que se había consumido la vela de la palmatoria. Entonces la realidad le abofeteó.

–La campanada… ¡Las doce! –Dijo con un grito ahogado–. Por el Escritor, son las doce de la noche ¡y me he dormido en plena vigilia!

La llama derramaba una luz trémula, una esfera de claridad tan ínfima que ya ni siquiera permitía leer. La chimenea, al otro lado de la estancia, tampoco alumbraba nada con su montaña de rescoldos agonizantes.

Debía aligerarse. La campanada lo exigía.

Iba a cerrar el volumen cuando sus ojos volvieron a posarse en las páginas. La letra cursiva, de estilo arcaico, llenaba la superficie en sus tres cuartas partes. El resto lo formaban pequeñas pero delicadas ilustraciones, constreñidas entre el texto. Desde siempre había sentido atracción por esas viñetas. Shergev no pudo evitar volver a fijarse en ellas. Le parecían hermosísimas, preñadas de detalles, dotadas de tal riqueza que uno creía poder saltar dentro.

–No. Debo resistir –se dijo a sí mismo. Al hablar se dio cuenta de que su hálito formaba nubecillas blancas. Hacía demasiado frío. El relojero contempló durante un instante la pequeña forma vaporosa. Ésta tembló, como si crepitara con los últimos ecos de la campanada, para acabar por disgregarse a algo más de un codo de su rostro.

Shergev cabeceó molesto. Aquello no estaba bien, quedarse embelesado por semejante nimiedad. Debe tratarse de los efectos de la lectura, convino en silencio. Sabía que esos volúmenes no estaban impresos siguiendo el método tradicional sino haciendo uso de Voluntades. Por ello no extrañaba que entre sus páginas quedara un diminuto resquicio de poder. Las telarañas de Voluntad remanentes podían hacer de la lectura una experiencia peligrosa, absorbente. Sobre todo para lectores emotivos como él. El viejo relojero solía armarse con un escudo emocional para evitar caer en esas redes, pero no siempre lo lograba. Así había acabado sumergido en las ensoñaciones, viviendo de una manera intensa y sensorial lo que el libro narraba.

Por fortuna el tañido había roto el hechizo. El anciano cerró el libro.

–Ya habrá otra vez –dijo con cariño. Sabía que sí, que volvería a leer el volumen. La biblioteca de la Orden de Relojeros poseía miles como ese, la crónica de más de un millar de generaciones.

Pero ahora debía olvidarse de ellos: el eco del Campanario había cedido paso al silencio, iniciando la cuenta atrás. Debía ponerse en marcha. Su trabajo le esperaba: dar cuerda a la Maquinaria Mayor.

–Luego te devuelvo a tu sitio –le dijo al libro.

Eso: ya lo harás luego, soñador. Shergev creyó escuchar la voz de Mareisha, su mujer, dentro de su cabeza. La anciana solía recriminarle su tendencia a fantasear, a dejarse llevar por la melancolía. Un soñador, Shergev –solía concluir señalándole con su índice–. No eres más que un soñador. A esas alturas, ya encanecidos y achacosos los dos, él tendía a ignorarla, aunque siempre le quedaba cierto soniquete molesto rondando la cabeza.

El silencio de la cámara poseía cierto matiz agonizante, decrépito.

–­Debería dejar de leer estas viejas crónicas –admitió mientras se levantaba del escaño, cogía la palmatoria y rodeaba la mesa.

Aficionado a la lectura desde que tenía memoria, a lo largo de los años había acabado convertido en todo un erudito de la historia de su Orden. Eso le convertía quizá en el relojero más consciente de la degradación de su estirpe. Su antiguo poder se había difuminado con el paso de los siglos, convirtiendo a la Orden en una sombra, una parodia de sí misma. Aquellos taumaturgos capaces de dominar el tiempo, retorciendo la realidad a su gusto, se habían perdido en la bruma del pasado. Ahora sólo quedaban efigies cubiertas de musgo dispersas por la ciudad. Eso y los edificios mastodónticos, convertidos en esqueletos casi vacíos, del complejo del Campanario. Sólo éste, junto al Reloj Mayor que lo coronaba, mantenía todo su poder: crear tiempo para que el Escritor siguiera narrando la Realidad.

Un reloj al que había que dar cuerda cada doce horas. Y eso tenía que hacer Shergev en aquel turno. ¿Qué hay más importante para un relojero que cuidar del reloj?

Anuncios

5 comentarios sobre “La cuenta atrás del relojero (I)

  1. ¡Ya lo tenemos aquí! Me acuerdo el relato de donde bebe, creo que fue el primero que leí tuyo. Bien, bien, me gustó mucho.
    Referente al texto me ha parecido ver una cosa extraña que seguramente se ha colado sin querer: “Espantado, creyó sentir cómo retumbaba el sonido retumbó por todo el edificio.” ¿Soy yo o sobra uno de los verbos (retumbaba/retumbó)?

    Solo felicitarte por esta nueva iniciativa que nos acompañará durante unos meses. Un abrazo Juan.

    1. Hola, Wolfdux.

      Ante todo gracias por avisarme de esa errata. Veo que me sigue ocurriendo: de tanto reescribir y releer el texto siempre acabo no viendo alguna porque lo ‘interiorizo’. Cosas de no contar con lectores alfa. Ni alfa, ni beta ni omega 😛 Por más que lo he leído tratando de evitar esos fallos ya doy por hecho que habrá más. Qué se va a hacer 😦

      Espero que el resultado final no te defraude. Y si lo hace dímelo con toda claridad: a esto de escribir se aprende recibiendo a base de que te saquen los fallos (o incluso los colores).

      Un abrazo.

    1. Hola.

      A mí tampoco me gusta nada eso de leer desde el móvil. De hecho, se me ha roto el ordenador hace unos días y ahora mismo es ‘o móvil o nada’, y me resulta de lo más molesto. Aparte de que escribir relatos/novela desde un móvil, pues como que no.

      Espero que hayas seguido leyendo (con calma, por supuesto) y te esté gustando lo que encuentras.

      Un saludo.

      1. Lamento leer eso. Espero que puedas solucionar lo de tu equipo. Yo tengo un problema con el WordPress desde el Pc: cuando intento abrir una entrada la página se corta y no puedo bajar para seguir leyendo. Esto me obliga a leer desde el celular y, a la postre, es lo que me impide seguir con esta entrega.
        Disfruto con tu escritura, me gustaría leerla de la mejor manera posible.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s