La cuenta atrás del relojero (II)

Todavía medio amodorrado, el viejo relojero se dirigió a la alacena de los candiles. Caminaba con movimientos mecánicos, rígidos. Lo años pesaban en su cuerpo por más que lo negara.

Me estoy convirtiendo en una versión viviente de las Crónicas, pensó, un volumen apergaminado que sólo sirve de recuerdo de épocas mejores.

Había recorrido ese camino innumerables veces, de su escaño al estante. Durante horas y horas se había sentado en esa misma sala, esperando las campanadas. En su juventud las vigilias se disfrutaban en compañía, rodeado de camaradas. Muchas veces la tarea de dar cuerda se hacía en parejas, entre chanzas y risas. Pero ese sentimiento de hermandad se perdió décadas atrás. Con el paso de los años la Colmena se fue vaciando. Ahora apenas se encontraba con alguien.

Cómo cambian las cosas. El pensamiento le produjo un ramalazo de tristeza, que alejó de sí con un movimiento de cabeza.

El paso del tiempo le había sumido en una soledad obligada, pero incluso así el hábito y los recuerdos tienen su propio peso. No por nada había pasado gran parte de su vida sumido en la misma rutina. Esperar el sonido sentado en su sitio, ya charlando con otros compañeros, ya leyendo o tallando madera, uno de sus entretenimientos desde que le permitieron manejar cuchillos. Cuando el Reloj Mayor lo anunciaba con su tañido levantarse y rodear la mesa, caminar esa treintena de pasos que le separaban de la estantería –la misma de siempre, que llevaba a saber cuántas generaciones enmarcando la chimenea– y recoger uno de los candiles. Tal y como le dijera su padre con voz amable, y le enseñara con gesto severo su instructor (el viejo Gronsha), para acudir a dar correa al Reloj Mayor nunca debía coger una lucerna sino un candil: la lucernas, mucho más frágiles y pequeñas, sólo se usaban para misiones más cortas y de menos importancia. Con la lámpara lista partía hacia el Patio, escaleras abajo. Y de allí al Campanario.

Así durante años y años.

El anciano se plantó ante la estantería. El mueble tenía forma de U invertida, enmarcando el hueco de la chimenea. Pese a su antigüedad las maderas nobles con las que estaba elaborado seguían luciendo un aspecto nuevo y lustroso.

No como yo, pensó Shergev con amargura. Se notaba, se sabía demasiado anciano. En la última fase de su vida.

Pero tanto la estantería como las lucernas y los candiles  que contenía parecía atemporales.

Bajó la mirada hacia la chimenea. El fuego había muerto, reducido a un lecho de brasas agonizantes. Incapaz de caldear el cuarto, la temperatura había bajado hasta hacerse poco menos que insoportable. Pero el uniforme de Shergev le había abrigado tan bien que apenas había notado el frío.

Los estantes de la alacena estaban llenos de candiles y lucernas, unos y otros separados en baldas alternas. Las lucernas, elaboradas con arcilla cocida, tenían el aspecto de pegotes oscuros y densos a la luz ínfima de la palmatoria. Por el contrario las formas bruñidas y desgastadas de los candiles de latón emitían destellos metálicos. Shergev tampoco necesitaba verlos. Se sabía de memoria las baldas que ocupaban así como la forma en que estaban colocados.

Las normas están para algo, pensó satisfecho.

Una de esas normas de los Relojeros determinaba cómo debían colocarse los candiles en su armario: Alienados y con las manillas apuntando hacia el exterior. Shergev tendió la mano a la más baja de las baldas. Siempre empezaba así, de abajo a arriba, de derecha a izquierda. “La disciplina y el orden constituyen las bases de todo progreso”. Así se lo había dicho su padre, Marghev; él había seguido la norma al pie de la letra. Shergev se enorgullecía de mantener las costumbres, de preservar las tradiciones.

–Sin recuerdos, sin memoria, el paso del tiempo se convierte en pura y absoluta destrucción, la antítesis de la civilización –solía decir su padre.

Shergev sopesaba el primer candil cuando una nueva campanada empezó a resonar por todo el edificio. Apenas pesaba: estaba vacío. Aquello no le gustó nada; le parecía una auténtica falta de respeto. Tendría que hablar con Asharnia, el relojero del turno anterior.

Pero el rapapolvo debería esperar: la Maquinaria Mayor le llamaba.

Cogió otro candil. Y luego otro, y otro. Todos secos, o casi. Empezó a mascullar, cada vez más irritado. Cuando vio que superaba la decena de candiles vacíos se decidió por comprobarlos todos. Tenía tiempo de sobra. Cogía uno a uno los candiles y los sopesaba. A medida que iba progresando sus sentimientos cambiaban: el poso de añoranza melancólica que le había dejado la lectura se iba tornando furia. Así, con pequeños detalles como aquel de los candiles, la Casa había ido degenerando. En lo más nimio está la clave de lo más grande.

Una vez repasados todos los candiles dio un par de pasos atrás y respiró hondo.

–Mierda.

A Shergev no le gustaba hablar mal, menos aun en ese sitio tan importante como aquel. Pero no pudo evitarlo: todos los candiles estaban con un nivel ínfimo de aceite. Algunos incluso sonaban a secos

–Por el mismísimo Escritor, ¿nadie rellena los condenados caniles? –gritó mientras sacudía el último. No contaba con este contratiempo. Las ordenanzas dictaban que siempre debía existir en cada sala de guardia un mínimo de una estantería llena de candiles listos para su uso. El depósito de combustible quedaba en los sótanos del edificio, a once niveles de ahí. No podía perder tiempo en ir a por un odre de óleo. Aparte, Shergev pertenecía a la casta de Relojeros Correeros Mayores, dedicados casi en exclusiva al mantenimiento del sistema de engranajes del Reloj Mayor. Su tarea poco tenía que ver con la de un dispensador de óleo.

Pero las campanadas habían empezado. El tiempo corría en su contra: el Engranaje Mayor exigía su presencia. Shergev se debía en cuerpo y alma al mecanismo. Y, por supuesto, a preservar la Obra del Escritor.

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