La cuenta atrás del relojero (III)

–Maldición –la palabra surgió de su boca sin apenas energía, vencida antes de nacer. Debería apañárselas rebañando los restos de aceite. Cogió el candil que parecía estar más lleno y lo colocó sobre la mesa.

–Espero que Mareisha lo comprenda –musitó mientras palpaba en los bolsillos de su librea. Al fin encontró lo que buscaba: un pañuelo de seda de un dorado un poco menos intenso que su uniforme. Con él se envolvió un dedo y empezó a rebañar un primer candil. El aceite estaba poco menos que solidificado por el frío. No fluía. Incluso parecía resistirse a salir, como si tuviera Voluntad propia. Apenas logró reunir una cucharada antes de darse por vencido y pasar a otro.

Había repetido la operación con otros cuatro cuando sonó una nueva campanada. El tiempo pasaba y él no había partido hacia su destino.

–Joder, si Asharnia hubiera hecho su trabajo… o avisado a cualquier oleador. Porque todavía quedan, ¿no? Joder –repitió sin apenas convicción. ¿De qué servía quejarse en medio de aquella soledad? En su turno ya sólo quedaban su mujer, él y dos parejas más. Los otros turnos tampoco contaban con mucho más personal. La Orden de Relojeros estaba bajo mínimos.

Agonizaba, como una bestia moribunda.

Las palabras emergieron en la mente de Shergev acompañadas de una intensa sensación de pérdida. ¿En qué había quedado la Orden poderosa que describían las Crónicas? ¿Qué sería de ella en un futuro? ¿Qué pasaría con El Escritor si al final nadie daba correa al Reloj?

No quería imaginarlo. Shergev notó cómo algo le desgarraba las entrañas. El Escritor, libre. Sin la Orden y su trabajo se quedaría sin flujo de tiempo para escribir. La idea de un Escritor ocioso se le hacía inconcebible. Shergev sufrió una convulsión. ¿Qué pasará con nosotros, pensó aterrado, con toda Efímera, cuando no haya nadie para vigilar el Mecanismo y así dar tiempo al Escritor?

El Escritor, libre.

El concepto le abrumaba. Empezó a temblar, tanto que el candil se le cayó al suelo. El golpeteo del metal contra las baldosas tejió una tímida imitación de los tañidos del Campanario.

Necesitaba calmarse. No podía permitir que su mente divagara por esos caminos.

Eso no sucedería nunca. O al menos no en su vida. El Mecanismo no fallaría, el Escritor dispondría de tiempo para seguir con su tarea.

Pero para eso debía cumplir su trabajo, bajar al Mecanismo Mayor y darle cuerda. No podía perder más tiempo. Shergev volvió a guardarse el pañuelo en bolsillo del chaleco y cogió el candil en el que había ido acumulando el óleo. Los pegotes de aceite apenas habían servido para llenar el candil a medias.

–Eso deberá bastar –se dijo con un hilo de convicción.

Dio la espalda al armario, por fin dispuesto a salir de la sala. Notaba sobre sus hombros un peso enorme. No sólo la edad: también la amargura de ser demasiado consciente de la degradación de la Orden.

Shergev se enfrentó a la soledad de la sala de vigilancia. Con los rescoldos casi apagados sólo la llama de la palmatoria vertía un poco de luz. En esas tinieblas la estancia parecía un lugar fantasma, muerto. Y pensar que siglos atrás ese tipo de salas, distribuidas de manera estratégica por toda la Colmena, constituían auténticos centros neurálgicos… En otros tiempos todos los escaños, ahora polvorientos, hubieran estado ocupados. En torno a la mesa se sucederían las discusiones y los debates, las chanzas y los cotilleos. Vida, colorida y energética. Ahora ni siquiera se adivinaba un recuerdo fantasmal de los antiguos dueños de los asientos, sólo capas de polvo sobre la mayoría de éstos.

Sacudiendo la cabeza Shergev empezó a rodear la mesa camino de la salida. Sobre ella quedó el volumen: ya lo devolvería luego a la biblioteca. Alzó la vista hacia los tapices que decoraban los muros. Antiguos y gruesos, ahora mugrientos por la falta de cuidados, pendían de las paredes cubriéndolas casi en su totalidad. Representaban hechos históricos de Efímera en los que la Orden de Relojeros había tenido un papel relevante. La conquista de Margandre, el expurgado de los pantanos de Aguasnegras, lo autos de fe bajo Sedric LXII… Versiones visuales de las crónicas. Por ellos, por su recuerdo, Shergev seguía haciendo orgulloso su trabajo.

–Vamos allá –dijo acariciando el enorme broche prendido al pecho de su librea, emblema de su condición de Relojero Mayor.

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2 comentarios sobre “La cuenta atrás del relojero (III)

  1. Buenos días, Dan.

    Me alegro que te haya gustado lo leído.

    Esto no está en papel (publicado con una editorial) en primer lugar porque ni me he molestado en moverlo por ninguna editorial: sólo lo he escrito y, una vez con un texto definitivo, lo he colgado aquí sin más.

    De todas maneras con lo poco que he enviado a editoriales, y las menos aun respuestas recibidas, cada vez me queda más claro que mi estilo (que creo que se puede describir como lento, envolvente y detallista) no entra dentro de los parámetros de lo ‘editable’ a día de hoy. Al parecer los editores buscan textos más ‘ligeros’. Una pena, pero bueno: si algo tengo claro eso es que no me voy a vender y cambiar mi estilo a algo que no me gusta sólo para publicar y acabar avergonzándome de lo que se ponga bajo mi nombre.

    Antes muerto que sencillo 😛

    Un saludo.

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