La cuenta atrás del relojero (IV)

El pasillo, mal iluminado por hachones dispersos aquí y allí,  tenía el aspecto de una caverna, lúgubre y nada acogedor. Shergev empezó a recorrerlo escuchando cómo sus pasos reverberaban en las paredes.

Soledad. Cuanta soledad hay aquí.

Se obligó a no pensar de esa manera.

Las escaleras estaban al fondo. Antes de llegar a ellas debía pasar junto a la puerta de las cocinas. La hoja estaba entreabierta, derramando por el hueco una cascada de luz cálida.

–Salgo. Ya sabes que me toca descender.

–Sí, sí –Mareisha se acercó a la puerta y asomó la cabeza. Traía consigo una vaharada blanquecina de calor, humedad y aromas. La atmósfera saturada de la cocina parecía multiplicar las arrugas que surcaban su cara. Cuando la nube se hubo disipado la anciana siguió hablando con gesto irritado–. ¿Pero no vas un poco justo de tiempo?

–Los candiles estaban sin rellenar –Shergev sabía que eso sonaba a excusa, pero ¡qué demonios!, era la verdad. La anciana le miró extrañada, por lo que insistió–. Sí, todos.

El ceño de Mareisha se frunció más aún.

–Si veo a Asharnia se lo diré. No se puede descuidar algo tan importante.

–Pero eso hazlo tú. Yo me voy ya. Como se me agote la luz en plena tarea…

–Razón de más para que te apresures –rezongó la mujer–. Están dando las doce y todavía sigues aquí. ¿Deseas que el Escritor se detenga, haragán?

La imagen regresó a Shergev, que retorció los dedos de su mano izquierda en un signo de protección.

–¡Ni lo nombres!

Como para enfatizar su grito en ese preciso instante sonó una nueva campanada. Ambos ancianos volvieron la cabeza hacia el origen del sonido. “Mientras el reloj habla todos han de escuchar”. Así se les había enseñado desde pequeños. Aguardaron respetuosos a que el sonido se extinguiera. Sólo entonces la mujer dijo:

–Baja ya mismo hacia la Maquinaria, so holgazán. Para cuando regreses ya estará preparada la cena. ¡Sal, viejo!

Con esto Mareisha dio por acabada la conversación, girándose y perdiéndose cocina adentro. Shergev odiaba esa sensación que le dejaba la mujer, como si ella tuviera siempre la última palabra. ¡Y además con ese tono! Ambos tendrían unas palabras luego, en la cena.

–Mujer. Condenada mujer –farfulló Shergev mientras seguía adentrándose en el pasillo–. Cuando regrese me vas a oír. Te voy a dar cena. ¡Anda que si te la voy a dar!

Aceleró el paso. Su respiración iba dejando un rastro de pequeñas nubes de vaho. Ya no tenía edad para esas prisas. Se sabía más lento, y sus piernas habían perdido la elasticidad de la juventud.

La voz de la mujer resonó en su cabeza:

–Haragán. Viejo haragán.

Aunque nunca le admitiese que se había quedado dormido, Shergev estaba seguro de que ella lo sabía. Incluso encerrada en la cocina parecía enterarse de todo. Llevaban décadas juntos. En ese tiempo el relojero había llegado a creer que entre ambos se había creado un vínculo especial, poco menos que mágico. Si no no se explicaba cómo ella, con una simple mirada, podía descubrir más que lo que él mismo creía saber.

Sí, ella estaría enterada de su cabezadita.

Se estaba haciendo viejo, y entre los achaques estaba el de la somnolencia. Un sopor además agravado por leer ese tipo de libros, teñidos de Voluntad.

Estaba envejeciendo, sí. Y no le gustaba. Esa decrepitud le arrastraba a cometer deslices como el de esa noche. Pero jamás, jamás, lo admitiría ante ella. Al fin y al cabo ¿qué sabía ella de esa responsabilidad? Su puesto, como el resto de mujeres de relojeros, estaba lejos de la Torre. Desde siempre las mujeres habían quedado relegadas a tareas de logística o mantenimiento menor, jamás en contacto directo con las Voluntades que dormitaban dentro de los Mecanismos. Y, por supuesto, no podían acercarse a las entrañas del Campanario Mayor. En otras palabras, las mujeres ignoraban lo que suponía enfrentarse a Los Poderes. En tales circunstancias ¿se atrevían a censurar a sus maridos, los auténticos relojeros?

Sí, en la cena la dejaría las cosas claras.

A medida que descendía el frío se intensificaba en las escaleras, tanto que el aire parecía crepitar. Tiempo atrás, con la Colmena llena, hubieran estado concurridas día y noche. Entonces el simple trasiego de los miles de relojeros caldeaba el edificio; ahora, con apenas un par de centenares en activo, el complejo se asemejaba más a un enorme panteón que a un hogar.

Mientras Shergev descendía los diez pisos que le separaban del patio sonaron una par de campanadas más. El Reloj le urgía a moverse.

Un relojero llegando tarde, pensaba. Imperdonable.

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2 comentarios sobre “La cuenta atrás del relojero (IV)

  1. Cuando el correo me ha enviado a esta página he pensado: ¿dónde estoy?

    Buen cambio de formato en el blog, queda muy bien. Referente al serial, buena entrega también, como la anteriores. El trasfondo que le estas añadiendo a la trama me esta gustando y mucho, veremos con que nos sorprendes en futuras entregas.

    Un abrazo, Juan.

    1. Hola.

      Pues sí, decidí darle un cambio total de cara al blog. Esa otra ‘cara’ la tenía más que nada porque usaba tres columnas. He encontrado esta otra que también las tiene y ¡para adelante!

      Me alegro que te esté gustando el serial. Si lo que buscas es trasfondo me da que no te vas a quejar: cosas de mandar a tomar por saco los límites de palabras. A ver si lo que sigue no te defrauda.

      Mientras tanto yo sigo con el otro asuntillo: la novela, que me temo que se va a convertir en un monstruo. Eso me pasa por arrojarme al barro y meter tres subtramas enlazadas (no una ni dos, TRES). Y eso que es mi primera novela. Si sigo así voy a acabar escribiendo novelas-río XD

      Si todavía me pagaran algo por este esfuerzo… sigh.

      Un saludo.

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