La cuenta atrás del relojero (V)

Al fin llegó a la planta baja. El enorme portal le recibió con un coro de ecos vacíos. Al otro lado del hueco desnudo de la puerta desplegaba el patio mayor del complejo del Campanario. Aquella noche ninguna luna pendía sobre la ciudad. Al contrario, un velo de nubes ocultaba todas las estrellas sumiendo Efímera en unas tinieblas densas, casi tangibles.

Shergev giró la cabeza hacia la derecha buscando la silueta de la ciudad al otro lado del muro que demarcaba el complejo. Aquí y allí, formando un enrevesado collar de fuego, divisó numerosos resplandores. Titilaban contra el telón del océano, casi tan oscuro como el mismo cielo. Cada uno de ellos marcaba la presencia de uno de los templetes que coronaban las mansiones más importantes. Aquella noche de negrura intensa servía de telón perfecto para prender fuegos propiciatorios.

Una ráfaga de brisa acarició el rostro del anciano. Llegaba cargada de la frescura salina del mar, ciudad abajo. Pero junto a ese aroma delicioso y natural acarreaba otro no menos agradable para Shergev, un olor característico de las noches veraniegas como aquella. Ascendía las colinas de la ciudad en forma de hebras de humo imperceptibles.

El anciano respiró un poco más hondo, paladeando la brisa. Sí, ahí estaba, punzante y especiado: el aroma de la carne humana consumiéndose, quemándose en los centenares de fuegos que salpicaban la noche de Efímera. Durante un instante el anciano se dejó llevar y por los recuerdos: los oficios a los que había acudido con su padre, cuando los prelanes ocupaban la plaza mayor de la ciudad y purificaban a los esclavos a través de la consunción y el posterior fuego. Alzadas por las piras, las columnas de cenizas se elevaban formando una sexta torre rivalizando con las de la catedral. El pilar acababa por fundirse, allá en las alturas, con la celda dorada y su ocupante. Porque para él se realizaban todos los sacrificios, para que supiera que la ciudad seguía a sus pies, desafiando su poder pero al mismo tiempo brindándole almas.

Los oficios. Sangre derramada, carne mutando –consumiéndose–, huesos calcinándose. Y, destacando sobre todo, los gritos. El viejo relojero prestó atención. Sí, allí estaban, cabalgando la brisa nocturna. Aullidos, alaridos, gemidos. Súplicas y maldiciones, la esencia de los tormentos, la furia rebelde de los sacrificados. Shergev no pudo evitar esbozar una sonrisa satisfecha. La vida en la ciudad proseguía su curso, retorcido y sangriento, ajena a la decadencia de su Orden.

Pero él debía cumplir con su misión, dar la cuerda al Mecanismo Mayor.

La brisa arreció por momentos llenando el patio de olores y sonidos. La capa de nubes cada vez se volvía más densa. Se acercaba una galerna. Peligro.

Aceleró el paso.

Shergev apenas veía donde ponía los pies, aunque tampoco lo necesitaba: había realizado ese mismo camino millares de veces, tantas que podía recitar de memoria las runas que pisaba y en el preciso orden en el que lo hacía. El complejo del Campanario se articulaba en torno a una gran explanada. Su suelo estaba embaldosado por losas en forma de reloj de arena engarzadas entre sí, unas grises claras y otras de un tono oscuro azabache. En cada una de ellas había grabado un reloj, todos distintos y únicos. Dentro de ellos, desmoronándose junto con la arena, había una palabra: un ideograma. De esa forma el suelo del patio componía una especie de libro formado por miles de conceptos. El conjunto creaba una suerte de metáfora de la enormidad del tiempo y de cómo cada instante tiene su valor único e irrepetible.

Pero en aquel momento toda esa alegoría carecía del menor interés. El anciano siguió adentrándose en la negrura del patio, sólo pensando en hacer su trabajo.

El Campanario se alzaba justo enfrente de la Colmena. Shergev se abalanzó hacia aquel, consciente de cómo pasaban los segundos. Mientras corría le vino a la mente un extracto de Los Escritos:

“El tiempo lo es todo. El tiempo es narración. El fluir de las palabras en el río del tiempo se vuelve canción, se vuelve realidad. Sin el tiempo la realidad carece de sentido, se desvanece.

Y toda la realidad se podría colapsar si un simple relojero no cumple con su misión.”

–Corre, viejo haragán.

Las palabras brotaron de sus labios, pero sabía que tras ellas estaba Mareisha. Su mujer… o más bien su recuerdo, su influencia. De repente notó cierto calor en su rostro. ¿Se estaba ruborizando? Pero ¿de qué? ¿Por qué? ¿Vergüenza? ¿Irritación? Sólo se le ocurrió responder en voz alta:

–Calla, mujer. Ya te daré yo. En la cena.

Una nueva campanada atrapó a Shergev en medio de la explanada. Sin detenerse alzó la mirada buscando el origen del sonido. Un resplandor blanquecino y pulsante hendía la oscuridad muy por encima de su cabeza: el ojo luminiscente del reloj. El orbe coronaba el campanario a una altura sólo superada por la aguja central de la catedral. Todo un simbolismo: el reloj y el poder que albergaba nada más rendían pleitesía ante el dios enjaulado.

Pese a la presencia señorial del Campanario Mayor el complejo evidenciaba una decrepitud casi dolorosa. La torre se alzaba todavía desafiante, sí, pero al mismo tiempo agrietada y sucia. El resto de edificios que la custodiaban (el archivo, el domo de consunciones, los cuarteles, así como otras construcciones) tenían peor aspecto. Sus fachadas apenas se sostenían. La de los cuarteles, que siglos atrás habían servido de residencia eventual de los Amos, se había desmoronado mucho antes del nacimiento de Shergev. Las obras para reconstruirla apenas habían servido para demostrar la falta de energía de la Orden. Ésta se retorcía agonizante, un simple espectro de lo que representó en otra época.

Shergev maldijo por haberse puesto a leer esa vieja crónica. Le había hecho soñar, revivir los tiempos pasados, y hacerlo con tal intensidad que todavía creía saborearlos.

–Un carcamal que se regodea en los tiempos pasados. Como tú, viejo.

La voz de Mareisha parecía no querer callar. Demasiados años juntos, pensó el relojero. He llegado a interiorizarla de tal manera, a hacer mía su manera de pensar que incluso aquí, lejos de ella, su presencia me persigue.

No había tiempo que perder. Con un gesto de la mano se deshizo de la presencia molesta de su mujer y siguió corriendo hacia el Campanario. La figura maciza del edificio se elevaba como una descomunal columna. Recto y carente por completo de ventanas, su silueta se perdía en la oscuridad de las alturas como si no acabara nunca. Sólo la lejana de la esfera del reloj anunciaba su cima, topada por un espigado chapitel de pizarra verdeazulada, invisible esa noche.

Shergev sabía que desde la lejanía el Campanario tenía un aspecto muy diferente. Formaba parte de la silueta inconfundible de Efímera, un cono de paredes de suave pendiente; de noche se convertía en un punto de referencia poco menos que vital para los barcos que buscaban el abrigo de la bahía. El Campanario, la catedral, el faro nuevo, las Agujas de los Aullidos, el mismísimo volcán… Numerosas formas se repartían por la ciudad dándola esa personalidad, edificios que parecían luchar entre ellos por ganar la atención del espectador. La del Campanario no se asemejaba a la de sus rivales. Su fachada (sobria y marmórea) estaba dotaba de una simpleza absoluta que contrastaba con las formas recargadas de la cercana catedral. Tampoco poseía la ondulante y húmeda esencia de las Agujas, y sin duda no albergaba ese embrión de perenne amenaza de Thothkar–Naa, el volcán que presidía la estampa de Efímera. El campanario sólo regalaba tiempo a la ciudad, sólo marcaba las horas de tal manera que siempre el Escritor tuviera papel sobre el que narrar.

Humilde pero de importancia vital.

En él sólo destacaban dos rasgos. Por un lado una esfera que derramaba un torrente de tiempo sobre la ciudad; por otro una puerta en su base, desnuda y sin hojas salvo por el marco adornado con figuras recargadas, que daba acceso a sus entrañas. Nada más. Hacia ella se dirigía Shergev.

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