La cuenta atrás del relojero (VI)

La oquedad descubría sin el menor pudor el interior del Campanario. Una vez atravesados los muros (lienzos gruesos como dos hombres con los brazos extendidos) se entraba en una especie de cueva artificial, espaciosa, fresca y casi agradable.

Aquel espacio resultaba inaccesible a la mayoría de los habitantes de Efímera. Para ellos visitar el interior de la torre significaba contemplar las bambalinas de uno de los poderes de la ciudad. Pero para los miembros de la Orden de Relojeros ese lugar tenía otros significados. Para ellos el Campanario y sus entrañas constituían uno de los espacios más sagrados, al mismo tiempo que uno de los más anodinos debido a la asiduidad con la que lo frecuentaba.

El interior del campanario podía recordar a una chimenea descomunal, una especie de columna hueca de más de treinta brazas de radio, y que se elevaba en un vacío poco menos que infinito. A los neófitos les solía causar una sensación de vértigo, reforzada por la manera en que los sonidos reverberaban en las paredes circulares: el menor susurro generaba ecos que ascendían hacia las alturas. Daba la impresión de que huían de sus emisores… o de que corrían a chivarse al reloj y a la entidad que trabajaba tras él, el Escritor.

Pero el interior del torreón no estaba del todo vacío: justo en su centro se erguía una gruesa columna. A intervalos regulares emergían de ella arbotantes que como ramas espirales se desplegaban abrazando el interior de la fachada. El pilar parecía una suerte de columna vertebral, consistente en una acumulación de sillares cilíndricos ciclópeos de roca blanca, que a más de uno se le hacían demasiado similares a vertebras. Por si solo sostenía la mayor parte del peso de la estructura. Labrada en los sillares, formando un voladizo continuo, ascendía una amplísima escalera en espiral. Poseía tal anchura que podían ascender por ella sin el menor problema diez hombres alienados en fila, hombro con hombro. La escalinata ascendía y ascendía sin el menor descanso, perdiéndose en las entrañas de la torre. Cada vez que Shergev pasaba ante ella sentía una punzada de fracaso. Una vez al año, en la ceremonia de La Ofrenda al Tiempo, recorrían la escalera los más altos dignatarios de la ciudad, con el alcalde y el Sumo Prelán al frente. La celebración se prolongaba duraba una semana entera, el tiempo imprescindible requerido para ascender al orbe del Reloj Mayor, realizar el sacrificio y luego descender. Desde crío Shergev había soñado con formar parte de ese séquito. Pero el acompañar a los Poderes en su humillación ante el Reloj estaba reservado sólo a unos pocos relojeros, los más afamados. Él, incluso en esos tiempos de degradación de la Orden que le había tocado vivir, y a pesar de haber dado toda su existencia al Reloj Mayor y su mecanismo, no estaba entre esos elegidos.

Para él sólo existía la otra escalera, la ascendente. Esa, mucho más humilde y estrecha, se hundía hacia las entrañas del Campanario. Sus primeros escalones empezaban justo en la sombra de la escalinata, oculta tras ella. Hacia abajo, siempre hacia abajo. Recorriéndola se llegaba al Mecanismo Mayor. La maquinaria trabajaba en el mismísimo corazón rocoso de la ciudad, protegida de toda desgracia. Entre sus engranajes se combinaban lo mecánico con lo místico, de tal manera que generaba las energías que alimentaban tanto al Reloj Mayor como al complejo en sí mismo.

El relojero, sin apenas frenar su carrera, se lanzó hacia esa escalera. Sabía que, por mucho Poder y Gloria que recorrieran el tramo ascendente, todo dependía de lo bien que funcionara lo que había bajo tierra. En las alturas brillaba el Alma iluminando el mundo, pero en el subsuelo el Corazón latía bombeado energía y tiempo.

Shergev invocó la luz para su candil al sumergirse en la negrura. Su mano derecha acarició el broche cosido en el chaleco de su librea, justo sobre su corazón. Al hacerlo murmuró una plegaria más antigua que la propia Orden. El broche respondió conjurando una llama en el extremo del candil. La luz reveló unos empinados peldaños constreñidos entre paredes. La escalera estaba labrada en la roca viva y carecía de todo ornato. Ni siquiera contaba con un pasamano. Estaba destinada sólo para el uso de los propios relojeros, por lo que no requería el menor adorno: sólo debía resultar funcional.

En la superficie de cada uno de los escalones se apreciaban dos zonas hundidas, desgastadas y pulidas, consecuencia de los incontables pies que las habían pisado a lo largo de las generaciones. Cada cierto tiempo, siglos, había que renovar esas losas. El anciano sabía que las actuales debían haberse repuesto hacía ya años, pero por alguna razón que sólo el Escritor sabía esa obra no se había realizado.

La Orden se degradaba más y más…

A medida que la escalera se hundía la humedad aumentaba. El relojero no había descendido un centenar de peldaños cuando una pátina resbaladiza ya los recubría. Un pie inexperto podría pisar en falso con facilidad y acabar precipitándose hacia el fondo invisible, pero Shergev llevaba realizando ese descenso desde que tenía memoria: sabía dónde, cuándo y cómo pisar. Por si acaso mantenía alzado el candil con su mano izquierda. Así observaba los escalones, buscando algún cambio respecto a la última vez.

El anciano descendía lo más rápido que podía. El haberse dormido, junto a la pérdida de tiempo rellenando el candil, le había hecho retrasarse demasiado. Por ello se hundía en las escaleras pisando los escalones de dos en dos, incluso de tres en tres. Para asegurar su descenso se apoyaba en la pared con su mano llave. A ese ritmo llegaría al fondo en menos de quince minutos. Así dispondría de tiempo de sobra para cumplir su misión: abrir los siete candados y dar cuerda al Reloj, todo ello para que el Escritor siguiera recibiendo flujo de tiempo sobre el que escribir.

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