La cuenta atrás del relojero (VII)

El Escritor. Curioso dios aquel, el Escritor.

Los amos habían transmitido a los relojeros la historia del Escritor generación tras generación. Durante una eternidad habían recalcado la importancia de impedir que la Maquinaria se detuviera:

–El Escritor narra al son del Reloj, escribiendo sobre el lienzo de tiempo que éste teje. Si el Reloj se detiene el Escritor dejará de relatar.

Así empezaba el prefacio de los Escritos de Mantenimiento. El manuscrito reposaba en la sala de Guardia Principal, en la planta baja de la Colmena Madre. Una burbuja de éxtasis lo preservaba liberándolo de los estragos de ese mismo tiempo que con tanto celo describía cómo generar. Con el paso de los milenios se había convertido en mucho más que un simple manual: había adquirido la condición de reliquia, un objeto tan venerado como el propio Escritor.

De pequeño el padre de Shergev le llevaba a menudo a contemplarlo. El chiquillo, como cualquier otro cachorro de relojero, observaba atónito el volumen flotando ingrávido en la pompa traslúcida. Las páginas ondeaban como mecidas por un viento invisible.

–Esa brisa que contemplas es la furia impotente del tiempo –decía su padre–, que no puede vencer el poder de los Amos y su burbuja de éxtasis.

El niño asentía crédulo. Ya mayor Shergev supo que ni la menor esquirla de tiempo atravesaba las paredes de la esfera. ¿De dónde surgía esa especie de viento? Sólo los Amos lo sabían, si de verdad lo sabían. Al menos ese conocimiento no lo compartían con sus lacayos.

Si el original de los Escritos escapaba a los estragos del tiempo inmerso en su burbuja, no ocurría lo mismo con sus facsímiles. Los siervos del Reloj los estudiaban desde que aprendían a leer. Así Shergev, como todos los miembros de la Orden, lo había memorizado al completo, hasta la última runa.

Pero esas enseñanzas quedaban huérfanas sin la presencia de los Amos. Aparte del reloj ellos constituían la base de la Orden. Ellos la habían instaurado, ellos habían modelado a los primeros relojeros, ellos habían diseñado las castas y repartido las tareas. Sin los Amos la Orden no hubiera podido existir.

Con el peso de los siglos su presencia se había vuelto brumosa, difusa.

Los Amos se dejaban ver cada vez menos por el complejo del Campanario. En opinión de Shergev transcurría demasiado tiempo entre visita y visita. Casi daba la impresión de que hubieran perdido el interés en el Campanario y el Escritor. El viejo relojero sospechaba que buena parte de la decadencia de la Orden se debía a que los Amos ya no constituían una presencia constante.

Shergev añoraba los días de su infancia. Por aquella época todavía no resultaba raro verles recorrer los laberintos del complejo. Figuras oscuras y silenciosas, supervisaban a los relojeros con ojo severo. El anciano anhelaba aquella sensación opresiva, el saber que tras cualquier sombra se podía ocultar un Amo. Sin ellos se sentía desvalido, abandonado.

¿Por qué se habían alejado de sus hijos? Quizá porque hacían bien, demasiado bien, su labor principal: mantener en perfecto funcionamiento el Reloj y darle tiempo y más tiempo al Escritor.

Ya no se necesitaban las otras habilidades de la Orden. Los tiempos de conquista, de gloria y terror con los que Efímera había sometido a medio plano se disiparon eones atrás. Los Vol–señores había perdido su impulso belicoso, languideciendo en sus mansiones mirando más a las alturas amenazadoras del volcán que a sus viejos dominios, al otro lado del mar. Y con ellos los propios Amos habían decaído.

Dar cuerda al Reloj, mantener satisfecho al Escritor. Eso bastaba.

Así, volcada en cumplir su función principal, la Orden se mantenía.

¿Qué sucedería si Shergev y los suyos fallaban y el Reloj Mayor se detenía? Esa pregunta se la habían planteado los relojeros a lo largo de las generaciones. Nadie lo sabía a ciencia cierta. Siempre que se la remitían a los Amos éstos esquivaban el tema:

–Para eso os hemos creado, para que jamás ocurra esa calamidad –respondían.

El padre de Shergev le narró lo que sucedió la última vez que un relojero se la musitó, lleno de pavor a un Amo. El Amo reaccionó oscureciendo el aire que le rodeaba, ofuscando su figura y envolviéndola de una capa de amenaza resplandeciente. El anciano recordaba cómo su padre temblaba ante el mero recuerdo. El amo había irradiado tal potencia que no hizo falta más respuesta.

La pregunta seguía en la mente de Shergaev, pero nunca se había atrevido a vocalizarla. Él se limitaba a cumplir con su misión. Debía someter su curiosidad bajo la disciplina moldeada por el pavor. Al puro estilo de Efímera.

Sin embargo el relojero no podía evitar su lado humano, dejando volar la imaginación.

Mientras se hundía escaleras abajo, hacia las entrañas de la Torre, regresaban a su memoria todas esas murmuraciones que había escuchado.

Generaciones y generaciones de sospechas y conjeturas, murmuradas con temor, procurando que jamás llegaran a oídos de los Amos. Entre ellas destacaba la que decía que el Escritor, al perder el impulso del reloj, destruiría del Códice de la Historia borrando la Realidad. Se creía que eso significaba anular el pasado, borrar el presente y condenar el futuro a la Nada. Reiniciar la existencia. O algo peor: desgarrar el mismo tejido de la Realidad arrojándola a las fauces de ese Olvido Primigenio del que nada regresa. Jamás.

–Y yo llego tarde –musitaba Shergev mientras descendía espoleado por el terror.

Sostenía con su mano izquierda el candil bien alto. La esfera de luz mordía la oscuridad. Su claridad revelaba una escalera que se retorcía en una interminable espiral. A medida que se adentraba en las profundidades la roca desnuda exudaba más y más humedad y el pasadizo se volvía más angosto. Los peldaños se sucedían –abajo, siempre más abajo– sin aparente fin.

Shergev había hecho ese recorrido miles de veces. Se sabía de memoria la forma de cada peldaño y sus hendiduras, la manera en la que la alfombra de humedad formaba charquitos o dónde creaba películas deslizantes y dónde no. Gracias a ese conocimiento se permitió acelerar el paso. Sus pies volaban sobre los escalones. El anciano relojero descendía en picado por la escalera, buscando con desesperación su meta en el fondo. Sus pies pisaban aquí y allí, buscando los apoyos seguros. No se equivocaba jamás, lo que le hizo acelerar más aún. Aun así de vez en cuando se apoyaba en la pared con la mano derecha. En aquellas profundidades la pared estaba tapizada de moho y musgo. A veces aplicaba demasiada fuerza y arrancaba desconchones negros y gelatinosos. Al cabo de unos minutos de descenso la suciedad le teñía no sólo la mano, sino que las salpicaduras manchaban de negro su librea. Shergev no se molestaba por ello: dar cuerda al Reloj Mayor y salir limpio resultaba poco menos que imposible. Además la suciedad le importaba nada y menos frente a la posibilidad de llegar tarde. Para arreglar ese estropicio estaban esos ociosos de la lavandería. No les vendría mal un poco de trabajo.

Había recorrido tres cuartas partes del descenso cuando la llama empezó a guiñar exhausta. Durante todo ese tiempo se había olvidado de que la había rellenado de manera tan apresurada.

–No, por favor –la voz de Shergev, encerrada en la escalera, sonó más ahogada y desesperada de lo que quería–. ¡No te apagues!

Pero el candil estaba agotando su combustible. Tras unos minutos de parpadeo por fin la luz desapareció. Shergev se encontró de repente sumergido en una oscuridad sólida.

–¡No!

El pavor le dominó. Todavía le quedaba mucho para llegar al fondo. Debería avanzar de memoria. Pero iba a tal velocidad… Debía frenar. Pero para eso debía apoyarse con fuerza. Obligado por la inercia dio otro paso más. Obligando a su memoria a funcionar a toda prisa tendió el pie para colocarlo donde el hábito le decía que estaba la zona más firme, la parte central del escalón. Acertó. Hizo que la pierna recibiera buena parte de su peso, lo que redujo un poco la velocidad. Pero no lo suficiente. Tuvo que dar un nuevo salto. Buscó un segundo apoyo. Adelantó el pie. Esta vez la memoria le decía que debía apoyarse un poco a la derecha, donde el escalón se había agrietado. Notó cómo la puntera de la sandalia tomaba contacto con la roca. Se apoyaba en ella y… resbalaba. Durante un instante infinitesimal se dio cuenta del error: su pie se había desviado apenas una pulgada de la zona segura. No hacía falta más. La suela de cáñamo embreado resbaló arrojándole a una oscuridad mucho más aterradora que esa en la que estaba sumergido.

En un primer momento los gritos de Shergev sofocaron el sonido de los tumbos y golpes. Sus músculos y huesos recibían los golpes contra las paredes y los peldaños, arrancándole bufidos de dolor. Rodaba sobre sí mismo al tiempo que se deslizaba escalones abajo. Más rápido, cada vez más rápido. Todo ello entre una retahíla de quejidos y gemidos.

Sin embargo, a medida que iba ganando velocidad su voz acabó por desaparecer. El anciano siguió precipitándose sin freno por las escaleras. El dolor, aquella realidad tan terrible pero inherente a Efímera, había acudido en su auxilio sumiéndole en la inconsciencia.

La caída prosiguió. El cuerpo desmadejado del relojero emitía chasquidos apagados acompañados de sonidos de desgarro: los huesos se quebraban como pajas emergiendo a través de la piel. El corazón de Shergev dejó de seguir el ritmo de su reloj interno para acompasarse a esos crujidos.

Y siguió cayendo. Y cayendo.

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