La cuenta atrás del relojero (VIII)

El silencio y la oscuridad formaban parte intrínseca de aquella antesala. La Maquinaria Mayor a pesar de su tamaño y complejidad apenas emitían sonidos. A lo sumo, si se prestaba atención, se oía un lejano latido, como el de un corazón temerosos de proclamar su presencia. Pero ese inapreciable pulsar quedaba devorado por la esponjosa superficie de las paredes chorreantes de la sala de máquinas. Ellas, junto a la puerta que separaba a ésta de la antesala vedando el acceso a los relojeros no bendecidos –maciza y enorme–, apagaban cualquier posible sonido. A todos los efectos, para la ciudad el reloj era mudo.

A Shergev aquella antesala siempre le había parecido el lugar más tranquilo de toda Efímera. Oscura, húmeda, envuelta en un silencio mortal. La cámara podía describirse como un coágulo de oscuridad húmeda y expectante. Su atmósfera sólo se veía quebrada durante muy pocos minutos al día, cuando los relojeros la cruzaban para cumplir con sus tareas de mantenimiento. Nunca hablaban, incluso cuando acudían en parejas: sabían demasiado bien lo que tenían que hacer y cómo hacerlo; no necesitaban gastar energías en vocalizar ningún pensamiento. Llegaban, cumplía su tarea y se iban. Todo en perfecto silencio.

Por eso los crujidos con los que se precipitó Shergev en la sala supusieron toda una novedad. Su cuerpo desmadejado se abalanzó por el último tramo de escaleras emitiendo chasquidos blandos, sanguinolentos. El impulso le hizo rodar una decena de codos antes de acabar derramándose en el suelo, reducido a un amasijo de carne machacada. Allí quedó, tendido sobre las losas. La librea estaba desgarrada por numerosas partes, toda ella empapada en sangre y el limo de las paredes y los escalones. Apenas podía reconocerse el uniforme de la Casa de Relojeros.

Pero incluso en aquel estado todavía persistía en la mente de Shergev una diminuta chispa de Voluntad. Como vulgar hombre apenas podía decirse que poseyera el Poder; sin embargo su calidad de relojero, descendiente de una casta de humanos remodelados y criados por los Amos para realizar una función concreta, le hacía poseedor de una llama mínima de Voluntad enfocada en cumplir su misión: la Maquinaria, cuidar y mantener la Maquinaria. El rescoldo de Voluntad ardía dentro de su cerebro. Sabía que Shergev estaba inmerso en una misión y que por diversos azares no la estaba llevando a cabo. La esquirla de Voluntad empezó a hincharse dentro del relojero, prendiéndose cada vez con más viveza. Había que realizar el trabajo, y hacerlo ya.

La chispa se avivó, propagándose por el cerebro del anciano. Como si se tratase de una colada de metal fundido discurrió por los laberintos mentales del relojero, prendiendo fuego a todo cuanto encontraba. Lo necesario para despertar a Shergev. El dolor en la cabeza del relojero ganó intensidad, una marea candente cuyas olas golpeaban gritando ‘cumple con tu tarea, cumple con tu tarea’.

–¡Cumple! –La voz restalló como un latigazo dentro del anciano, obligándole a emerger de la inconsciencia. Shergev abrió los ojos con lentitud.

El dolor le envolvía como si se tratase una manta, una agonía punzante que cubría todo su cuerpo. Le abrasaba, le consumía. Para su sorpresa Shergev comprobó que podía tolerar ese suplicio: la idea de fallar en su misión predominaba sobre él. El sufrimiento físico quedaba eclipsado por uno mucho más poderoso y sutil: la agonía moral de no cumplir su tarea.

Seguía tendido en el suelo de la antecámara. Notaba su cuerpo pulverizado, deshecho tras aquella caída poco menos que eterna. Intentó mover la pierna izquierda. Al hacerlo el muslo estalló con un dolor resplandeciente a una altura próxima a la ingle. Shergev se hundió en el suelo, arrastrado por la súbita marea de sufrimiento. No creía poderlo soportar. La extremidad se había convertido en una barra de hierro al rojo vivo.

El relojero intentó respirar hondo, recuperar el control. Inhaló con fuerza. Una, dos, tres veces. El aire de la estancia, húmedo y frío, se adentraba en sus pulmones con un efecto sedante. Al cabo de unos instantes el anciano logró recuperar la calma. Con el dolor aún presente, pero más relejado, giró la cabeza hacia abajo. Tenía que ver lo que le pasaba a esa pierna. El brazo izquierdo, plegado sobre su espalda, le permitió ver a la perfección su pierna. El fémur no estaba recto sino que formaba un ángulo abierto.

Incluso así debía hacer su trabajo. Volvió a mover esa pierna, probando por segunda vez su estado. El nuevo intento le hizo aullar de dolor: notaba cómo un millón de agujas incandescentes se clavaban en su carne, desgarrando los músculos. Algunas de ellas incluso asomaban a través de la piel tiñendo su ropa de rojo sucio.

El Mecanismo. Debía reactivarlo.

Apoyándose en el brazo izquierdo descubrió que sólo le dolía de una manera superficial. Por algún azar la extremidad parecía no tener ninguna rotura. Quizá la caída no hubiera resultado tan grave, salvo en esa pierna. Movió el brazo derecho. Una sucesión de rayos restallaron desde su mano y ascendieron hasta el pecho, donde golpearon como martillos. Shergev empezó a temblar de horror al darse cuenta de cuál era el origen de ese dolor. Lo más sagrado para todo relojero: su mano derecha, la de la llave. El dolor indicaba que estaba destrozada.

–No –musitó el relojero aterrado–. No. No, no.

Pero más allá de esas palabras no sabía qué mas hacer.

Intentar acabar su tarea. No, intentarlo no: hacerlo.

Dejó que la mayor parte de su peso recayera en el brazo izquierdo. Tenía una pierna y un brazo poco menos que inútiles. Pero el otro brazo parecía haber salido casi indemne. ¿Cómo estaría la pierna derecha? La movió, arrastrando el pie por el suelo para apoyar la planta. El tobillo le ardía. Apenas soportaba su propio peso, menos aún el del resto del cuerpo. Las dentelladas agudas que emitía el tobillo, similar a tenerlo atrapado por un cepo descomunal, indicaban que también lo tenía fracturado.

El Mecanismo. Debía llegar a él.

Tratando de ignorar el dolor Shergev empezó a arrastrarse. Lanzaba el brazo izquierdo hacia delante, engarfiaba los dedos sobre el suelo y luchaba por conseguir que el cuerpo avanzara unas pulgadas más. Inmerso como estaba en esa negrura densa no sabía hacia dónde se dirigía. Pero la antesala tenía unas dimensiones reducidas. Antes o después encontraría una pared, o la mismísima puerta que daba a la sala de Maquinaria. Debía dar con un punto de referencia. Las paredes. Si llegaba a ellas las podría recorrer hasta localizar la puerta y los candados.

Shergev siguió arrastrándose sobre el suelo de la antecámara. Notaba cómo la humedad de las baldosas empapaba su ropa, se mezclaba con su sangre e incluso se adentraba en las heridas. Pero seguía reptando como un gusano ciego. Su cabeza husmeaba a un lado y a otro, tratando de percibir en la negrura algo que le sirviera de referencia. Cada movimiento (de las piernas, del brazo derecho, incluso la mismísima respiración) suponía una pequeña agonía. Junto a las extremidades fracturadas había descubierto que también tenía varias costillas rotas. Aun así debía sentirse agradecido: la suerte le había sonreído y no la tenía afectada la columna. Si se hubiera roto el cuello… su trabajo, su Orden, quizá incluso la propia realidad, todo traicionado por un candil mal llenado.

La idea le provocó un dolor inaudito, mucho más intenso que el de sus heridas. ¿De verdad era digno de confianza? ¿Los Amos habían visto en él esa flaqueza? En un flash recordó las escaleras que ascendían al orbe de la cima del Campanario. Los Amos jamás le habían bendecido permitiéndole participar de la Ofrenda al Tiempo. ¿Acaso no confían en mí?, pensó emitiendo un gañido. Sin embargo no me han degradado: sigo entre los escogidos para dar la cuerda al Mecanismo Mayor. Aquella certeza le hizo recuperar parte de su confianza. Sí, los Amos consideraban que tenía la suficiente valía como para el cargo. No podía fallarles.

–Más te vale no defraudarnos a todos, viejo.

De nuevo regresaba la voz de Mareisha. Incluso allí, en las entrañas del complejo, la presencia de su esposa le seguía.

–No, mujer, no fallaré. Te lo demostraré. Se lo demostraré a todos, a los Amos. No os fallaré.

La mera suposición de defraudar a su Orden le llenaba de pavor. Pero no sólo temía traicionar a la tradición o a sus amos. Si fallaba entonces el Escritor…

Mejor no pensar en ello. Debía llegar. Llegar y hacer aquello que llevaba haciendo décadas, aquello para lo que había sido engendrado y adiestrado.

Mientras avanzaba, arrastrándose pulgada a pulgada por el suelo, rezaba para que el dolor de la mano llave cediera. Intentaba mantenerla en la espalda, protegida de todo roce o esfuerzo. Pero incluso así no acababa de extinguirse el fuego que ardía en ella.

Shregev se retorcía en el suelo ciego, buscando algo que le indicara en qué parte de la antesala se encontraba. Sublimaba los gemidos de dolor con súplicas apenas farfulladas: pedía a los poderes del Tiempo para que las falanges de la mano derecha se mantuvieran intactas. De ellas dependía para realizar las configuraciones apropiadas que abrían la puerta. Debería comprobar el estado de la llave. Necesitaba luz. En esa antesala había un armario similar al de la sala de vigilancia, lleno de candiles de emergencia. Shergev solo tenía que dar con él, encender uno y ver el estado de la mano. Pero antes debía llegar a una pared.

De improviso, al pensar en la alacena con los candiles de emergencia, el anciano sufrió un espasmo de terror. No, no podía suceder lo mismo dos veces en la misma noche. Shergev rezó porque los hermanos reponedores no hubieran actuado de manera tan inconsciente como en su sala de vigilancia.

–Por favor, ¡por favor! Que los candiles tengan aceite.

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