La cuenta atrás del relojero (IX)

Tenía que encontrar esa alacena y hacerlo lo antes posible. El tiempo transcurría sin pausa: cada vez quedaba menos para la hora en punto. Antes de que eso sucediera tenía que haber acabado de dar cuerda al Mecanismo Mayor. Si no lo hacía así, tras las campanadas el Reloj Mayor se quedaría sin cuerda y dejaría de crear tiempo para el Escritor. Y si eso pasaba…

Shergev seguía arrastrándose por el suelo de la antesala. Hundía como podía los dedos de la mano izquierda en las baldosas del suelo, tensaba los músculos del brazo y tiraba de su cuerpo hacia delante. Eso le permitía ganar unas pocas pulgadas. Luego, resollando agotado, extendía la mano tanteando el vacío en busca de algo tangible. Nunca encontraba nada, sólo un vacío húmedo y frío. Tras ello el anciano volvía a alargar el brazo clavando los dedos en el suelo. Un proceso lento y agotador.

No podía seguir así.

Apretando los dientes intentó incorporarse sobre su mano izquierda. Para su sorpresa el brazo resistió. Siguió obligando a los músculos a mantenerle erguido. Logró apoyarse sobre la cadera. Empujó un poco más y al fin acabó sentado. Bien. Seguía manteniendo la mano derecha, la de la llave, protegida tras su espalda. Pero ya no hacía falta. Con suma lentitud se la llevó delante. Notó cómo los músculos del antebrazo gemían. Los pinchazos seguían ahí, delatando la fractura de los huesos. No se atrevió a mover la llave. La notaba adormecida. ¿Entumecida pero no fracturada? No quiso saberlo. Al menos no por ese momento. Debía encontrar los candiles.

Shergev sabía que ahora quedaba lo más complicado. Se echó para adelante y empezó a desplazar parte de las piernas. Éstas respondieron vomitando una llamarada de fuego líquido que ascendió por el árbol de su columna. El anciano profirió un alarido mientras se desplomaba de nuevo sobre el suelo.

El mecanismo, pensó desesperado. No puedo fallar. Debo dar la cuerda.

Notaba cómo la riada de dolor se propagaba por su espalda, adentrándose en sus pulmones, ascendiendo por su garganta, penetrando en lo más recóndito de su cerebro…

Debía reconocerlo: la caída por las escaleras le había destrozado.

No podía pedir ayuda. En ese sitio y esas circunstancias era imposible. Se hallaba solo. En sus manos podía estar no sólo le futuro de su Orden, de su ciudad, sino quizá de toda la realidad.

Debía cumplir su misión.

Notaba cómo los huesos astillados se hundían en la carne. Pese a ello Shergev volvió a incorporarse. El dolor le provocaba arcadas. Pero seguía luchando. Se arrastró, gateó y se revolcó por el suelo. Con el brazo izquierdo tanteaba la oscuridad. ¿Dónde estaba la maldita estantería?

Las fuerzas se le agotaban. El dolor las consumía como una llama devora paja seca. No podría continuar mucho tiempo así. Pese a todo de dejaba de tender la mano en la oscuridad. Con encontrar una pared bastaba. Una vez logrado eso la seguiría hasta llegar a la alacena de los candiles.

Sus dedos sólo desgarraban el vacío.

Mientras tanto el tiempo seguía transcurriendo.

El Escritor.

–¿Deseas que el Escritor se detenga?

La voz de Mareisha resonó de repente en su cabeza, acusadora.

–¿Deseas que el Escritor se detenga, Shergev? –Repitió el fantasma de la mujer–. ¿Deseas de verdad saber lo que pasa si el Escritor se detiene, viejo?

El relojero se detuvo. ¿Acaso notaba un deje de placer en la voz de la mujer? ¿O quizá de superioridad? De un tiempo a ahora Mareisha le fustigaba con comentarios y pullas teñidas de un cada vez más evidente desprecio. Parecía una mujer amargada. ¿Al fin se había dado cuenta de que nunca lograrían el estatus soñado? ¿Acaso le culpaba a él? Shergev había hecho todo lo posible por prosperar. Nadie más que él deseaba ascender en el escalafón, participar como oferente en ceremonias tan importantes como la de La Ofrenda al Tiempo. Pero los Amos no lo habían considerado apto, u oportuno. Shergev sabía que acabaría sus días como miembro del departamento de manteamiento del Reloj Mayor. Aquello ya suponía formar parte de una élite de escogidos, sí, pero tanto él como Mareisha habían aspirado a más.

Había fracasado. Debía admitirlo: había fracasado. Pero en su defensa sabía que lo había intentado, que había hecho todo lo que pudo. ¿Por qué ahora su mujer le acusaba de ello? Ya tenía bastante castigo sabiéndolo.

Y ahora aquella caída.

Sí, había fallado. Tendido en el suelo de la antecámara de la Maquinaria, asaltado por le dolor, Shergev se daba cuenta de su absoluto fracaso.

–¿Deseas que el Escritor se detenga?

En las palabras de Mareisha había un desprecio claro y directo. Se habían acabado las medias tintas. El anciano, lleno de rabia, sólo atinó a gritar:

–¡No! ¡No se detendrá!

Su grito llenó la oscuridad. Ésta le respondió con una caricia húmeda y sólida en las yemas de los dedos de su mano izquierda. La pared.

–¿Ves? ¡Lo logré! No se detendrá –gritó a punto de prorrumpir en carcajadas–. No se parará.

De repente se notó falto de aire. Cayó al suelo y empezó a gemir, agotado. Pero seguía con el brazo estirado, palpando el muro. Sí, ahí estaba la pared de la antecámara, fría y empapada. Sólo tenía que recorrerla y…

Respiró hondo. Notó cómo la esquirla de una costilla fracturada pinchaba su pulmón. Pero aun así volvió a arrastrarse. Tenía una dirección clara: hacia la pared.

–Haré mi trabajo. Luego subiré a la Colmena y te demostraré quien manda.

La pared chorreaba. Según la tocaba notaba cómo sus dedos se empapaban. Las gotas fluían con una peculiar densidad, como si en el agua hubiera disuelto algo más. El líquido fluía de las yemas a la palma de la mano, y de esta muñeca abajo hacia el antebrazo. Las gotas lamían su piel como lenguas congeladas. La sensación le alivió el dolor.

Shergev siguió palpando la pared. Se arrastraba como podía junto a ella. El yeso se había desprendido en numerosos tramos revelando la roca desnuda y rugosa. El relojero se aferraba a la pared igual que un escalador lo hace a una montaña. A veces apretaba los dedos con tanta fuerza que su presa cedía, arrojando al anciano al suelo y dejándole con limo y restos de yeso o piedra podrida entre los dedos. Poco le importaba. Bufando se volvía a incorporar. Seguir la pared, encontrar el armario. Sólo importaba eso. Dar con los candiles y conseguir luz para poder ver cómo estaba, para encontrar el camino hacia el Mecanismo.

Y cumplir con su deber.

Debía avanzar más rápido. Apoyando de lleno la mano en el muro, haciendo que la mayor parte de su peso recayera en ella, Shergev intentó de nuevo ponerse en pie. El dolor en las piernas apenas había cedido. Apretó los dientes y elevó la pierna derecha. Luego la izquierda. El pavor que le provocaba la idea de fallar a sus semejantes, a los Amos y al mismísimo Escritor le hizo tragar saliva y seguir. Por fin logró incorporarse del todo. Temblaba, se sentía como una marioneta a la que le hubieran cortado las cuerdas. Los huesos rotos aullaban dentro de sus piernas. Pero aguantó. Apretando los dientes, tratando no gritar, el viejo relojero siguió recorriendo la pared.

Anuncios

Un comentario sobre “La cuenta atrás del relojero (IX)

  1. Hola Juan, que sufrimiento, pobre Shergev…

    He visto una letra que se te ha coldado en: “Había fracasado. Debñí admitirlo, había fracasado. Pero en su defensa sabía que los había intentado, que había hecho todo lo que pudo. ¿Por qué ahora su mujer le acusaba de ello? Ya tenía bastante castigo sabiéndolo.”

    Un saludo,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s