La cuenta atrás del relojero (X)

La humedad empezaba a afectar a Shergev. Los dedos de la mano sana se le habían hinchado y apenas los sentía. Eso le hizo casi no notar la diferencia de rugosidad y de materiales cuando las yemas de sus dedos pasaron del yeso a la madera. Pero sí logró identificar las baldas. El anciano relojero emitió un gemido de satisfacción. Ahora sólo necesitaba encender un candil.

Tanteó el interior de una estantería. Tal y como esperaba, en ella había varios objetos cilíndricos que al chocar entre sí emitieron sonidos metálicos. Tomó uno. Pesaba. Shergev sonrió: estaba bien repleto de aceite. El relojero giró el candil de tal manera que su punta quedara hacia él.

El frío y humedad que habían dejado insensibles las manos había tenido su contrapartida: el dolor se había alejado un poco, lo suficiente para poder manipular el candil con relativa facilidad. Acercó el extremo de la boca del candil al emblema que todavía llevaba prendido al pecho de su librea. Con un hilo de voz el anciano le susurró al broche. La Voluntad le escuchó y obedeció: una tímida llama quebró la oscuridad. Pocas veces se había sentido Shergev tan contento al contemplar una llama.

La mano llave, debía comprobar su estado. La acercó a la luz. El movimiento volvió a provocarle calambrazos a lo largo del brazo. Apretó los dientes y estudió la mano. A primera vista la piel no sufría desgarro alguno, apenas unos arañazos. Sin embargo lo de verdad importante, el dedo guía, tenía un aspecto raro. El anciano lo alzó al contraluz de la llama. Las falanges no estaban en su posición natural. Intentó mover el dedo un poco dibujando una configuración básica. Notó un chasquido seguido de un latigazo de dolor. De repente sentía como si hubiera sumergido la mano en aceite hirviendo. Shergev acertó a dejar el candil sobre la estantería antes de que la debilidad se apoderara de él. Recostado contra la madera, exhausto, logró permanecer en pie.

Que sea sólo una luxación, pensaba desesperado.

Debía intentarlo. Sujetó el dedo guía con los de la otra mano y, tras respirar hondo, tiró de  con fuerza. Un nuevo grito quebró el silencio de la oscuridad. Por un instante Shergev creyó que volvería a desmayarse. Sin embargo logró resistir y continuó recolocando los huesos. Uno tras otro, desde la base hasta el extremo, alineó la decena de pequeñas falanges. Cada movimiento suponía una tortura. El anciano sólo podía soportarlas pensando en lo que significaba que su mano no funcionara. El Reloj parado, el Escritor desatado. La realidad…

Cuando acabó el dolor que envolvía el dedo adquirió un nuevo cariz. Shergev no se atrevía a considerarlo ‘dolor dulce’, pero sí que encontraba en él cierto alivio. Se sentía agotado y empapado en sudor, pero lo había logrado: el dedo estaba más o menos en su posición de relajación. Alzó la mano una vez más y estudió el resultado de su trabajo: no tenía mal aspecto, hinchado pero recto. El relojero sonrió satisfecho. Contaría aquello como una proeza.

Estaba a punto de lanzar una carcajada de triunfo cuando la debilidad se abalanzó sobre él. Sin que pudiera hacer nada para evitarlo, Shergev se desplomó en el suelo.

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