La cuenta atrás del relojero (XI)

Cuando el relojero abrió los ojos en su mente sólo tenía una pregunta: ¿cuánto tiempo había pasado? Sobre la estantería el candil seguía encendido. Su luz generaba una pequeña esfera de claridad en la que Shergev se bañaba lleno de desconcierto.

Debía saber cuánto había transcurrido.

Agarrándose como pudo a las baldas se empezó a incorporar. Se sentía agotado, pero el terror le dominaba dándole fuerzas. Al fin se pudo poner en pie. Agarró el candil y lo sopesó: no parecía haber bajado mucho el nivel del aceite. Bien.

El trabajo esperaba.

Tomó la luz y apoyándose en el mueble se giró enfrentando el fondo de la antecámara. Allí le esperaba la puerta blindada que protegía la Maquinaria Mayor. Sabía que no le separaban de ella más de diez brazas, pero en su estado aquella distancia parecía casi insalvable.

Debía llegar a la puerta, abrirla, entrar en la cámara y activar el mecanismo.

No podía recorrer ese espacio en línea recta. Sus piernas no se lo permitirían. Debía acercarse dando un rodeo apoyándose en la pared y dejando que ésta cargara con la mayor parte posible de peso. El anciano empezó a avanzar. Cada paso que daba suponía una pequeña tortura. Pero seguía. Un pie tras otro, la espalda raspando la superficie empapada de la pared. Le daba impresión de que tenía por piernas sendas columnas de lava.

Pese a todo Shergev lograba mantenerse en pie. Y avanzaba. Un codo, luego otro. La mano sana sosteniendo el candil; la otra, junto con todo el antebrazo, la mantenía apoyada en la pared.

La puerta cada vez quedaba más cerca. El relojero sonreía a medida que la burbuja de claridad revelaba los detalles de la puerta. Poco a poco empezaron a tomar forma los bajorrelieves.

Aunque en ese momento Shergev no estaba para contemplarlos: el dolor le horadaba, lento pero implacable. No podría soportar mucho más aquella agonía. Las esquirlas de los huesos triturados mordían sus músculos. Notaba cómo desgarraban las fibras, cómo segaban los tendones y amenazaban con cercenar los nervios. El relojero jamás se hubiera imaginado que alguien pudiera vivir semejante dolor.

Todavía le quedaba llegar a los candados, abrir la puerta, alcanzar el Mecanismo, darle cuerda… empezaba a pensar que la tarea le superaba.

Cabeceó irritado. No podía pensar así. Debía llegar. A cualquier precio.

¿A cualquiera?

En su mente una idea iba ganando consistencia: le quedaba un último recurso, el de la consunción. Shergev no conocía a ninguno que hubiera recurrido a él, pero sabía de sobra cómo funcionaba y lo que suponía. La consunción le renovaba a uno por completo, pero a través de sumergirse en una agonía voluntaria que hacía ínfimo el dolor que ahora sufría.

No. Seguiría como estaba, lo lograría. Cumpliría su cometido. Y lo haría a tiempo. Su reloj interno le decía que había pasado mucho. En una situación normal ya hubiera acabado con todo muchos minutos atrás. Pero todavía le quedaba margen de maniobra.

Lo lograría.

Si las piernas no le dolieran tanto…

Estaba perdiendo un tiempo precioso recorriendo el perímetro de la antesala. Tenía la puerta ya casi delante de él. Si avanzaba en línea recta, entonces… Desesperado, Shergev se dejó caer al suelo. El camino más corto entre dos puntos es la línea recta. Al menos para un simple humano modificado como él. De nuevo se encontró arrastrarse como una lombriz. Pero en esta ocasión lo hacía de forma voluntaria. Sí, se trataba de una actitud indigna, pero no veía otra forma más segura y rápida de llegar a los candados.

Cambió el candil de mano. Introdujo la llave en la manilla. Sí, podía sostenerlo sin apenas dolor. Sólo tenía que arrastrarlo por el suelo. No hacía falta mantenerlo en alto.

Se volvió a repetir el proceso. Lanzar la mano sana adelante y clavar los dedos en las junturas de las losas. Tirar del cuerpo, intentando que el movimiento no repercutiera en las piernas. Empujar el candil para que quedara delante. Y volver a empezar.

Uniendo todos los movimientos, como si se tratase del aglutinador universal, estaba el dolor. Siempre el dolor.

Debía seguir. Siempre hacia la puerta, hacia los candados.

La puerta que custodiaba la Maquinaria Mayor era una mole de metal, descomunal y repleta de refuerzos y remaches. Tenían tal altura que sus extremos superiores se perdían en la oscuridad. Sendas planchas de acero, decorado con bajorrelieves alegóricos, revestían las dos hojas. de los Trabajos del Tiempo. En su juventud, una vez que había acabado de dar cuerda al Mecanismo, Shergev solía quedarse a contemplar maravillado esas ilustraciones. Pero ahora sólo deseaba desactivar los candados, lograr que los goznes emitieran el habitual mugido suave y grave, que las hojas se apartaran revelando la cámara del Mecanismo.

El relojero se siguió arrastrando, rebozándose en el limo del suelo y en su propio dolor. Por fin acarició los faldones de la puerta. Ya tenía los siete candados al alcance de su llave. Los cerrojos se alineaban formando una columna casi tan alta como un hombre. En sí mismos representaban una suerte de camino iniciático o un test de aptitud. El inferior apenas suponía un problema para cualquier relojero. Sin embargo la complejidad de los movimientos a realizar con la mano llave aumentaba a medida que se ascendía. El séptimo sello sólo lo podía liberar alguien como Shergev, un descendiente de la casta Mayor. No existía en toda la Canción llave ni poder alguno que pudiera abrirlos. La puerta poseía su propia Voluntad que custodiaba celosa el Mecanismo. Sólo las manos llave de los relojeros consagrados podían abrirla.

Pero la mano de Shergev había sufrido mucho, quizá demasiado. El anciano estudió las falanges guía una última vez. La hinchazón había remitido lo suficiente. Se podría decir casi había regresado a la normalidad. Aunque el veredicto lo dictarían las propias cerraduras. Acercó la mano al primer candado e introdujo el dedo por el ojo de la cerradura. Una vez dentro manipuló la materia de su llave: estirando la piel, retorciendo el hueso, conjurando formas a base de retorcer y someter las hebras de Voluntad que tenía injertadas en las falanges. Apenas un segundo después sonó un clic desde dentro del candado. Desbloqueado.

El anciano suspiró aliviado.

Repitió la operación en la segunda cerradura. Tampoco le presentó problemas. Con el tercero le costó un poco más conjurar la configuración de apertura, pero al final lo logró. Sin embargo al llegar al cuarto candado descubrió que la carne se había vuelto a inflamar: ni siquiera pudo introducir la llave. Contempló su mano con una mezcla de horror y sentimiento de traición. El dedo estaba inutilizado. No podía seguir.

–Por todos los dioses –juró Shergev destrozado–. ¡Por el mismísimo Escritor!

Pero por mucho que maldijera la verdad no cambiaba: no podía seguir. Tenía la sala de la Maquinaria al otro lado de la puerta y no podía llegar a ella. Ni dar cuerda al Reloj Mayor.

Creyó escuchar una risa femenina. Y de repente una palabra, clara y concisa:

–Inútil.

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2 comentarios sobre “La cuenta atrás del relojero (XI)

  1. Hola, Wolfdux.

    Gracias por destacar las erratas. Yo llegué a un punto que ya ‘no veía’, de tanto repasar 😛

    El serial tiene XXI entregas, así que todavía le queda bastante que sufrir al prota… y a los lectores 😉

    Un saludo.

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