La cuenta atrás del relojero (XII)

Por un instante Shergev dudó de su cordura. Esa presencia fantasmal de Mareisha le empezaba a obsesionar. Y preocupar. La mujer no estaba allí. Sin embargo las carcajadas sonaban tan reales, tan materiales… De no saber con absoluta certeza que la mujer tenía vedado el acceso a esa sala hubiera jurado que le había seguido escaletas abajo, y que ahora le gritaba escondida entre las sombras. Porque de verdad que no estaba allí. ¿O sí?

El anciano se volvió en un gesto súbito y alzó el candil. Más allá de la esfera de claridad sólo había las húmedas paredes y la estantería con los otros candiles. Eso y una negrura vacía. Ni rastro de su mujer. Al fondo, apenas visible bajo la débil luz del candil, los escalones le devolvían destellos afilados.

Sin embargo hubiera jurado que las risas venían de allí, del fondo. ¿Se estaba volviendo loco?

El movimiento brusco le había devuelto a la realidad del dolor. El dolor y lo que implicaba.

No tenía tiempo para pensar en tonterías como la de Mareisha. El Mecanismo Mayor estaba cerca, muy cerca: al otro lado de la puerta. El reloj interno del anciano gritaba que apenas quedaba media hora. Si no daba la cuerda …

Pero tenía rota la llave. Alzó la mano y la contempló. En su estado, inflamada e irritada, no podría abrir los candados ni dar la cuerda. El Mecanismo se quedaría sin energía para crear tiempo y el Escritor… el Escritor dejaría de narrar. ¿Qué sucedería luego? Un clavo de hielo atravesó la columna vertebral de Shergev de arriba abajo.

No podía permitirlo. No dejaría que su nombre quedara manchado de esa manera. No le daría a Mareisha la oportunidad de echárselo en cara.

Contempló su mano llave. Así no valía para nada. Sólo le quedaba una opción: la consunción. El simple hecho de pensar en ella arrancó temblores en el anciano. Shergev acarició el broche de su pecho con su mano sana. Lo notó frío, mucho más de lo que se podría esperar. Como si estuviera hambriento. Ávido de Shergev.

Dentro de ese ornamento de metal se ocultaba algo que escapaba a la comprensión del relojero. Una Voluntad. Sabía lo que era, pero su mente humana no podía abarcar la totalidad de su poder. La pequeña Voluntad poseía su propia conciencia, si bien de una naturaleza del todo ajena a cualquier cosa que Shergev conociera; sólo los Amos y los Vols comprendían las Voluntades, llegando a manipularlas y hacer que acataran órdenes. El anciano, como un simple humano, sólo podía invocarlas y rezar porque una vez desatadas cumplieran la misión a la que se supone estaban atadas.

Shergev sabía que, una vez liberada, la Voluntad escaparía a su control.

¿Control? ¿Qué control?, se preguntó. Estoy anulado. Como relojero ya no puedo hacer más. Y todo depende ahora de mí.

El terror atenazaba al anciano relojero. Pero sabía debía hacerlo. Recorrió con los dedos la superficie del broche. Fría. Estaba muy fría.

–¡Cobarde! ¡Da cuerda al reloj! –Resonó la voz de Mareisha. Esta vez no tenía la menor duda: la escuchaba desde dentro de su cabeza­. ¿Se estaba volviendo loco? ¿O de verdad la tenía tan interiorizada que al cabo de los años una parte de ella se había fundido a él?

La voz volvió a chillar:

–¿Deseas que el Escritor se detenga?

De nuevo aquella maldita pregunta. La mayor ofensa que se puede hacer a un relojero de su categoría. Y una alusión directa al horror que se podría desatar.

Las palabras de esa Mareisha, imaginaria o no, sonaban tan apremiantes como burlescas:

–¿Deseas que el Escritor se detenga?

La mujer soltó una nueva carcajada. Entonces Shergev estuvo seguro: se burlaba de él, le desafiaba. ¿Tan poco confiaba en su capacidad?

–¿Deseas que el Escritor se detenga? ¿Deseas tirar por tierra todo el trabajo de generaciones y generaciones de relojeros?

El puño izquierdo de Shergev estrujó el broche. No podía tolerar esa manera de hablarle. Le ofendía no sólo a él, sino también a su padre, a su abuelo… A todos sus antepasados, a la estirpe de relojeros mayores. Y por extensión se insultaba a sí misma.¿Qué significaba todo esto? Nunca había oído nada similar, pero en aquel mundo dominado por Voluntades –demasiadas veces enfrentadas– todo era posible.

Mareisha y Shergev llevaban viviendo juntos décadas. Muchas, más de las que a veces quería recordar el anciano. Habían tenido sus momentos buenos y malos. A lo largo de esos años habían compartido tantas cosas… allí debía estar el origen de aquella voz: habían compartido tanto que en el interior de Shergev debía haber germinado una diminuta Voluntad, una esquirla de Mareisha clavada en lo más íntimo de él. Debería consultarlo en las Crónicas. ¿Había ocurrido antes algo semejante?

Pero en ese momento el anciano ni podía consultar nada ni podía tolerar ninguna intromisión en su cerebro.

–Shergev, ¿vas a actuar o no, viejo carcamal? –Se carcajeó la presencia de su mujer.

Sin duda debía haber algún vínculo entre aquellas palabras y lo que pensaba Mareisha. Lo llevaba intuyendo desde hacía tiempo. Sus silencios tras las guardias, sus quejas cuando le descubría consultando las crónicas… A veces, cuando bajaban al patio a dar un paseo, emitía un suspiro no muy disimulado al contemplar la Torre de los Amos, el hogar de la más alta casta de relojeros. Tras ello le solía dedicar una mirada cargada de emoción. ¿Cuál? Ahora Shergev parecía entenderla: daba la impresión de que Maeisha, sin querer usar palabras, deseaba dejarle claro que le había defraudado.

No lo podía tolerar. Él siempre había cumplido con las normas, mostrándose fiel a la tradición. Si no se siguen las normas llega la anarquía y el caos. Y los relojeros, desde su fundación una eternidad atrás, habían luchado contra el desorden. ‘Todo en su sitio y momento oportunos’, rezaba una de las divisas de los Cuerpos Expedicionarios de los Relojeros.

¿Quién se creía ella para pretender que él se saltara las normas para ascender en el escalafón?

No. Él seguía las órdenes de los Amos, de la jerarquía. A pesar de que ello supusiera no lograr las aspiraciones de Mareisha.

No era el momento de pensar más en ello.

–Calla. ¡Calla! ¡Sal de mi cabeza!

El relojero aguardó durante unos cuantos latidos. No hubo respuesta alguna. ¿Se había ido? Parecía que sí.

De repente se dio cuenta de que tenía algo clavado en la mano izquierda: el broche. Lo había apretado tanto que la sangre fluía entre sus dedos, mezclándose con el limo que le cubría.

Aquella nueva herida daba igual. En peor estado se encontraba su mano llave. Hinchada, inutilizada.

La consunción. Debía acudir a ella ya mismo.

Shergev notaba frío, mucho frio. En las piernas, en los brazos, incluso en el pecho. Tenía los músculos agarrotados. Un hormigueo molesto había empezado a apoderarse de su mano llave. La sensación estaba subiendo por el antebrazo hacia el codo, mordisqueando la carne con furia. ¿Qué significaba? ¿Acaso la muerte empezaba a apoderarse de su cuerpo, empezando por si mano llave? Porque si no podía dar cuerda al Reloj Mayor quizá eso le esperaba, a él y a toda la realidad: el abrazo de la muerte.

¿De verdad había fallado?

Contempló su mano derecha una vez más. Notó cómo un vacío se formaba en su interior. De repente Shergev se dio cuenta de lo rendido, lo agotado que se sentía. Los ojos le escocían, y supo que no sólo se debía al dolor. La simple idea de tener que darle la razón a Mareisha (a esa entidad, espectral pero no menos mordaz, que se había enquistado en su mente) le dolía casi tanto como la mano. Le horrorizaba que el desprecio y desdén de su mujer triunfaran.

Sin pensárselo dos veces se acercó el broche a los labios y susurró:

–Por favor, haz que todo regrese a su forma. Destruye y recrea.

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