La cuenta atrás del relojero (XIII)

El anciano tenía la absoluta certeza de que había pronunciado esas palabras. Sin embargo las tres últimas, las que constituían la orden ritual, no las llegó a escuchar.

El dolor. Oh, el dolor. Súbito, resplandeciente, intensísimo, poco menos que absoluto. Le asaltó. Arremetió contra él como una bestia desbocada.

Durante un instante infinitesimal Shergev recordó la desesperación con la que había musitado la invocación. Su propia voz le había sonado extraña, como si perteneciera a otra persona. En cierta medida así era: una parte de él deseaba estar lejos, muy lejos, demasiado consciente de lo que iba a acaecer. Esa parte de su mente, al mismo tiempo que pronunciaba las palabras, galopaba alocada atravesando las sombras de la antesala, trepando desesperada por las escaleras. Alejarse, estar lejos, muy lejos. Sólo quería eso, alejarse. Tanto como pudiera.

Por supuesto que no pudo huir. Estaba atado a la realidad de la carne, a esa masa de músculos, huesos y sangre que acababa de pronunciar las palabras.

‘Recrea’.

El sonido se alargó, deformándose hasta convertirse en un grito asfixiado y preñado de anticipación. El cepo de la consunción desgarró el cuerpo de Shergev arrojándole al suelo: la reconstrucción de emergencia empezaba.

Tendido junto a la puerta el relojero notó como la Voluntad emergía del broche y empezaba a fluir por su cuerpo. Empezó a derramarse como una especie de llamarada fría. Shergev notó cómo la joya irradiaba lenguas de fuego azulado. Sus ojos creyeron ver aquella flor de dolor. Surgía en su pecho, un estallido de incandescencia gélida. La flor crecía alimentada por lo que se ocultaba dentro del medallón. Sus pétalos se propagaron, envolviéndole por completo mientras las raíces se hundían en la carne y la recorrían dejando tras de sí una retícula de esencia gélida, una agonía de agujas y cuchillas.

El anciano había leído acerca del proceso de la consunción. Varios volúmenes de la biblioteca incluían descripciones vívidas y colorista. Pero nada podía compararse a lo que estaba viviendo.

Shergev intentaba bracear en esa riada de fuego gélido. Una parte de su mente todavía se negaba a aceptar la consunción. Aferrado a ella como un náufrago se a un madero, el anciano intentaba dar con una salida. Fuera de la antesala, escaleras arriba, hacia la noche sin estrellas. Prefería enfrentarse al castigo de los Amos, la vergüenza ante sus compañeros de Orden, cualquier castigo antes que aquel dolor.

Pero la consunción, o la Voluntad que la desataba, tenía sus propios planes. La flor del pecho había encadenado al alma del relojero sometiéndole, impidiéndole huir. Ni siquiera le permitía perder la consciencia.

Tendido sobre el suelo el anciano convulsionaba. Veía, escuchaba e incluso olía el proceso. La cabeza de Shergev había quedado girada en un ángulo forzado, de tal manera que sus ojos contemplaran su pecho y buena parte de sus extremidades. La Voluntad así lo quería: el sujeto de la consunción debe contemplar el proceso.

La luz del candil, aunque débil y remota, no ocultaba detalle alguno del horror.

La mano llave estaba a escasas pulgadas del rostro del anciano. Vio cómo la carne empezaba a bullir. Primero la palma, luego el dorso, al final toda ella. Más que carne o piel parecía agua rompiendo a hervir sobre un fuego descontrolado. La superficie no se quebraba. Shergev notaba un calor insoportable, aunque no vio el menor rastro de vapor. La piel se limitaba a emitir burbujas que se hinchaban más y más, hasta que en un momento dado parecían perder fuelle y se desinflaban. Sí que apreció cierta aura pálida, como si el aire en contacto con la mano se viera contagiado de… algo.

En un momento dado la piel empezó a hundirse. No, pensó Shergev, no se hunde: se licua, se derrite. Como cera al fuego.

El relojero no podía apartar la mirada. Sabía que, aunque la Voluntad le dejara hacerlo, él seguiría contemplando aquella maravilla horrible. La piel, sin perder su forma, se había convertido en un icor sonrosado. A pesar de su aspecto líquido no cayó la menor gota al suelo: el músculo actuaba como una esponja absorbiendo la sustancia. Instantes después Shergev veía los músculos de su mano, desnudos y resplandecientes, llenos de sangre. Piezas rojizas cruzadas por otras de tono más blanquecino, todas apoyadas en pequeñas masas blancuzcas. Los tendones abrazaban con firmeza los músculos hinchados, repletos de piel diluida, anclándolos a los huesos. Incluso creyó adivinar la red de capilares así como venas y arterias más importantes. Solo que aquella malla resplandecía como oro líquido. Y abrasaba de igual manera.

Shergev creía que iba a volverse loco de dolor. Pero aun así sostuvo la mirada.

La visión apenas duró. El proceso que había consumido la piel atacó a los músculos. Empezaron a pulsar y temblar mientras perdían consistencia. Pocos latidos después se habían convertido en masas de barro rojizo y burbujeante. Igual que había sucedido con la piel, en su superficie se formaban bultos hinchados que no acababan de explotar. En un momento dado el lodo empezó a retroceder, como si el calor de la consunción lo consumiera. El barro muscular empezó replegarse a los huesos.

El dolor resultaba inconcebible. Los nervios, incluso una vez derretidos, parecían no querer morir. Lanzaban descargas de agonía al cerebro del relojero que seguía consciente, recibiendo el castigo sin poder hacer nada. Sólo observar, callar y sufrir.

La Voluntad proseguía con su trabajo. Una mutación similar a la producida en la mano empezó a ocurrir por todo el cuerpo de Shergev. Las burbujas de su carne ondeabana e hinchaban los restos del traje. El relojero lo veía todo, obligado por la Voluntad.

La mano llave se había convertido en huesos desnudos, apenas unidos entre sí por restos de tendones y por la malla incandescente. Pero incluso aquellos empezaban a deshacerse incapaces de soportar el fuego que fluía por las venas doradas. Más que huesos parecían caramelos de niño, se deshaciéndose bajo la caricia de una llama.

Con un poco de suerte así acabará mi tortura, pensó Shergev.

Como respuesta a esa idea la Voluntad giró su cabeza cambiando su ángulo de visión: ahora contemplaba torso, piernas e incluso pies. Al igual que había sucedido con su mano y su brazo derecho, las piernas se estaban consumiendo. Pero su pecho… su pecho no se parecía a nada que hubiera visto jamás. Estaba hinchado y deforme, convertido en una masa ardiente. Con un súbito resplandor de intuición Shergev comprendió lo que veía. Los músculos no habían absorbido la piel derretida; ni aquellos habían acabado consumidos hasta sólo quedar los huesos desnudos. Más aún, éstos no se estaban derritiendo. No. De alguna forma toda esa materia se estaba licuando y fluyendo hacia el tronco, acumulándose en su pecho hasta formar ese enorme grumo burbujeante.

Pero ¿qué pasaba con la cabeza? Por alguna razón la Voluntad la estaba manteniendo intacta, reservándola para un momento posterior. Sólo así se podía explicar que Shergev viera, escuchara y oliera toda la metamorfosis.

De repente el coágulo de sustancias en el que se había convertido su pecho empezó a derramarse en el suelo. En un abrir y cerrar de ojos se formó un enorme charco de tonos entre el rosáceo, bermellón y el marrón, salpicado con esquirlas de color blanquecino.

Shergev no quería ver. Nada más. Pero su cabeza, su cerebro y sus ojos todavía resistían. ¿Cómo describir el saberse reducido a una simple cabeza solitaria flotando sobre un charco formado por tu mismísima materia? El relojero seguía sintiendo todo. La maraña de nervios le asaltaba con imposibles mensajes. Las manos se mezclaban con las piernas con el pecho, con la espalda, con las ingles. Las terminaciones se enredaban unas con otras generando caricias fantasma, bofetadas sensoriales convertidas en latigazos a causa del fuego frío desatado por la Voluntad.

El tiempo que se mantuvo la cabeza flotando en medio de esa inmundicia se le hizo eterno. Pero por fin sintió cómo el mismísimo cráneo empezaba a derretirse. Una película de piel licuada le veló los ojos durante unos instantes. ¿Quizá los párpados al disolverse? A Shergev le daba igual. Sólo deseaba que la tortura acabara, que dejara de contemplar ese espectáculo demencial.

La negrura llegó como una bendición. Incandescente, saturada de un dolor absoluto, pero deseada. El anciano hubiera querido gritar, aullar su agonía, proclamar su alegría al volverse ciego y sordo, pero carecía de medios para ello. Sólo quedaban el dolor y él.

La Voluntad continuaba con su tarea. Con el relojero reducido a un charco fundido acabó la primera fase. Dentro de ese líquido la conciencia de Shergev, todavía despierta, luchaba por mantener la cordura. El anciano se sentía aterrado. Según lo que había leído esa primera fase era la más suave. Al fin y al cabo se trataba de simple destrucción. El auténtico tormento empezaba con la segunda etapa, cuando la Voluntad desplegaba todo su poder y obligaba a la materia a reorganizarse, a emerger de la arcilla primordial. Y a hacerlo dejando intacta, consciente, la mente que albergaba.

El relojero no necesitó que nadie la anunciara el inicio de esa segunda etapa. Todas y cada una sus células aullaron cuando la Voluntad empezó a tirar de ellas, a moldearlas según su deseo. Pero aquella Voluntad sabía que iba a necesitar a un Shergev fresco cuando acabara el proceso: reinstauró los umbrales de dolor. De improviso Shergev se vio arrastrado a una escalada vertiginosa hacia la esencia del dolor absoluto. Tras ella, por fin, la inconsciencia.

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2 comentarios sobre “La cuenta atrás del relojero (XIII)

  1. Que grado de detalle Juan. Felicidades. Me ha parecido ver algo raro aquí: “Aferrado a ella como un náufrago se a un madero, el anciano intentaba dar con una salida.” Un saludo,

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