La cuenta atrás del relojero (XIV)

Al despertar el anciano se creyó envuelto en una manta tejida a base de hormigas. Notaba el cuerpo hipersensible, como si un millón de diminutas patitas bailaran sobre su piel. Poco a poco, a medida que esa manta de agujas se evaporaba, empezó a ser consciente de su cuerpo. Volvía a notar sus brazos y sus manos, las dos. Sintió el suelo bajo su costado mientras sus pies descalzos rozaban las baldosas. Su pecho subía y bajaba al ritmo de la respiración. Un ritmo normal. Sin miedo, sin dolor, sin angustia. La respiración de un cuerpo nuevo.

Al separar los parpados notó cierta sensación untuosa, como si estuvieran recubiertos de una fina película grasienta. O legañas. No le dio la menor importancia y parpadeó con fuerza mientras los ojos se habituaban a la tenue claridad. A su lado seguía el candil. El resplandor de la llama le confirmó lo que ya sabía: estaba desnudo del todo. Al revolverse sintió al lado unos restos quebradizos: parecían los restos de su ropa, un amasijo de telas medio calcinadas, incluso cristalizadas.

Pero no tenía frío. Al contrario, se sentía lleno de energía, más vital que nunca.

¡El Mecanismo! No había olvidado su misión.

¿Podría ya abrir los candados? Buscó el broche. Debería estar entre las cenizas de su traje. Pero por más que rebuscó en ellas no lo encontró. De repente percibió un ligero destello bajo su mandíbula. Inclinó la cabeza y sí, allí estaba la joya: incrustada en el pecho sobre el corazón y orlada por una banda de tejido cicatricial sonrosado. El resplandor del candil arrancó otro destello a la gema. ¿Qué pasaría con él, con Shergev, ahora que el broche se había fundido a su carne? Debería informar a los Amos. Ellos sabrían.

Pero eso debería esperar: lo primero era acabar la tarea. Apenas restaban diez minutos para la hora límite.

El relojero cerró los ojos. Notaba su cuerpo extraño, pero se trataba de una extrañeza agradable. Le recordaba algo que no acababa de identificar. De repente lo comprendió: estaba sintiendo de nuevo la juventud. Lozanía, plenitud de energías, vitalidad. ¿Hacía cuanto tiempo que no se notaba tan exultante? Shergev tenía que admitirlo: a todos los efectos había renacido. ¿Cómo no se había fijado en que ya no había arrugas, que su cuerpo volvía a verse firme y musculoso? ¿Tan interiorizada tenía la edad y sus achaques que no se había dado cuenta del cambio?

Sí, la consunción le había arrojado a una locura de dolor, de agonía… Pero ahora regresaba nuevo. Nuevo del todo.

Shergev volvió a abrir los ojos y se incorporó de un salto. Los músculos respondieron con presteza, llenos de energía. ¡La mano! Miró la llave. Estaba perfecta. Movió las falanges, retorció los músculos obligándoles a tomar una tras otra una sucesión de configuraciones. Perfecta. Respondía a cada orden que le daba.

No debía demorarse más. Se abalanzó sobre el portón. Todavía le quedaban varios candados por abrir. Introdujo la mano en el cuarto. El metal acarició su piel de recién nacido. El contacto del acero, incluso ese pulido y desgastado tras siglos de uso, le produjo un leve escozor. Pero lo supo ignorar. El relojero movió las falanges de la llave mientras musitaba la ristra de palabras clave, al tiempo que su mente dibujaba los glifos necesarios para desbloquear la cerradura.

Shergev sintió cómo la ínfima chispa de Voluntad, esa que todo relojero mayor alojaba en la mano llave, se activaba.

La cerradura cedió con un ligero chasquido. Repitió el proceso con las restantes. No había pasado ni un minuto cuando todos los candados estaban desbloqueados. Por fin la puerta quedó abierta.

El joven–anciano relojero tiró de las agarraderas que flanqueaban los candados. Un simple tirón bastaba para activar el sistema de contrapesos. Las dos hojas de la puerta se movieron hacia él sin emitir el menor sonido. Pulgada a pulgada se iban separando. No dejaba de maravillarle la suavidad con la que se movían. Nunca había podido calcular su peso, pero en vista de su grosor (superior al un hombre con los brazos extendidos) cada una de las hojas debía igualar al de un edificio. En toda Efímera no había puertas blindadas semejantes. El ambiente de la cámara interior era seco y cálido, lo que contrastaba con el de la antecámara. Al entreabrirse la puerta ambas atmósferas se enfrentaban emitiendo un leve susurro, una vaharada de brisa que golpeó con suavidad el rostro de Shergev.

El relojero cogió el candil del suelo y lo sostuvo en alto mientras la puerta se seguía abriendo. Cuando el hueco tuvo la suficiente anchura como para pasar por él de lado lo atravesó. Por fin estaba dentro en la sala de la maquinaria. Una vez al otro lado tiró de una de las manijas interiores. Las puertas detuvieron su apertura con la misma suavidad con la que se habían empezado.

Al contrario que la antecámara, la cámara de la Maquinaria podía describirse como un recinto agradable y acogedor. Las baldosas no chorreaban y había una temperatura que invitaba a quedarse. Uno se sentía poco menos que en el hogar, al menos en el hogar de todo relojero mayor.

Las paredes, hasta donde llegaba la vista, estaban revestidas de una inmensa masa de metal, engranajes y cableado. El Mecanismo. Los paneles de control, indicadores y chivatos se sucedían de izquierda a derecha como una cenefa fluctuante y multicolor. Shergev no comprendía la mayor parte de ellos: el saber leerlos correspondía a la casta justo superior a la suya, a esa a la que siempre había optado y nunca le había acogido.

Para malestar de Mareisha.

Aun así sabía que el Mecanismo, descomunal y en extremo complejo, se adentraba en las entrañas de la tierra socavando los cimentos de todo el complejo del campanario. Algunos decían que se comunicaba con el mismísimo corazón de Thothkar–Naa, del que extraería parte de la energía. Shergev no lo creía. Si de verdad fuera así ¿para qué había que darle cuerda cada cierto tiempo? Además, el volcán y sus misterios jamás le habían interesado. Para el relojero ahora sólo existía el mecanismo de correa, el corazón del reloj.

No necesitaba la luz del candil para saber dónde debía introducir por última vez su llave. Lo dejó en el suelo y se enfrentó a la parte del Mecanismo que la interesaba, la de la correa. Insertó el dedo llave en una ranura ribeteada de diamantes, gruesos como ojos, y destrabó el mecanismo activador. Una manivela de metal emergía de la pared de mecanismos, a un par de palmos de la cerradura. La agarró con la mano izquierda y empezó a girarla. Eso reiniciaba el sistema la correa. Los engranajes crujieron indicando que el resorte se tensaba.

El reloj interno de Shergev le anunció que apenas quedaban ocho minutos.

–Bastante tiempo –murmuró. Aunque sabía que, de verdad, andaba un poco justo–. Será suficiente.

Y se obligó a creer lo que decía mientras giraba la manilla.

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