La cuenta atrás del relojero (XV)

El sistema de correa obligaba a aplicar todo el recorrido para que el Reloj Mayor funcionara. De nada servía quedarse a medias. Incluso si dejaba sin pasar una ínfima porción de correa todo el esfuerzo habría resultado en vano. Shergev nunca había llegado a comprender el porqué de ello.

Sin embargo sí que Shergev recordaba cierta anécdota que le había servido toda su vida. su padre tenía un excéntrico reloj de bolsillo. Cada noche, justo antes de la cena, se sentaba un rato en el sillón ante la chimenea. En ese rato disfrutaba de un rato de relax, en el que leía el periódico. Cuando llegaba a la última página sacaba el reloj y empezaba un ritual diario: girar con parsimonia una pequeña corona que tenía en un lateral de la esfera.

–¿Tienes que darle cuerda todos los días a esta hora? –Le había preguntado una vez un joven Shergev.

–La verdad es que no, Shevy. Pero llevo años haciéndolo a esta misma hora y la costumbre se ha vuelto un hábito casi mecánico. Para que veas el poder y la importancia de las tradiciones, hijo.

–Pero ¿qué pasa si un día se te olvida y no das la cuerda? ¿Se para?

–No me olvido jamás de ello, hijo –su padre le miró de reojo, sabiendo que eso no respondía a la pregunta de su hijo. Le conocía mejor que a nadie, y sabía que no se quedaría satisfecho con esa respuesta, por lo que se apresuró a continuar–. Y la cuerda de este reloj en realidad dura para dos días, no uno.

El joven abrió mucho los ojos ante aquella revelación.

–¿La cuerda dura dos días? Pero tú la das todas las noches. No lo entiendo.

–Lo tengo calculado, hijo. Más o menos, sin pretender ser exacto, le doy media cuerda al mecanismo. De esa manera el resorte se queda a medio recorrido, lo que basta para que llegue al día siguiente.

–¡Das la mitad de la cuerda! –Había exclamado Shergev–. ¿Y te deja? ¿Funciona?

El chaval no cabía de su asombro, y su padre sabía por qué.

–Sí. Me deja. Sabes de sobra que funciona. Pero este reloj no se parece en nada al Mayor –al decir eso pudo ver cómo los ojos de Shergev se iluminaban–. El mecanismo del Mayor sigue unos procesos matemáticos que nada tienen que ver con el resorte de este humilde cachivache, hijo. En Él intervienen poderes y realidades de lo más complejos. Pocos comprenden la totalidad del mecanismo. Salvo los Amos, por supuesto. El Mecanismo requiere que le den la correa de una sola vez y por completo. Se trata de un efecto marckeniano de derivación de campo estátil que ni yo mismo entiendo, más allá del nombre.

–Efecto marniano derivado de campo estéril…

Shergev pronunció aquellas palabras con la mirada perdida.

–No. Se dice efecto marckeniano de… ¡Qué más da! Ni tú ni yo trabajaremos jamás con esas configuraciones.

El padre alzó su dedo llave dando por zanjada la conversación. Acabó de dar cuerda a su reloj y retomó el periódico. La charla y la excitación de su hijo le habían descolocado tanto que se puso a mirar de nuevo el periódico.

–Efecto marniano… –Shergev siguió murmurando esas palabras mientras se imaginaba enrevesados diagramas y cánticos impronunciables, todo para poder activar ese efecto con su dedo llave.

Décadas después seguía sin comprender el porqué de tener que dar toda la cuerda al reloj Mayor, pero sabía que había que hacerlo dada su naturaleza singular. El Reloj Mayor no se parecía en nada al de su padre. Uno generaba tiempo místico con el que alimentar al Escritor; el otro sólo acumulaba segundos en minutos, y estos en horas.

Ese ‘efecto marckeniano de derivación de campo estátil’ obligaba a trabajar así: dar la cuerda de una vez y al completo, lo que requería un tiempo mínimo. El relojero podía intentar acelerar un poco el ritmo de giro de la manivela, pero llegaba un punto en el que el mecanismo empezaba a hacer resistencia.

¿Qué sucedería si no acababa de dar la correa a tiempo? ¿Y si faltaba una mínima sección de cadena por recorrer? ¿Se detendría el Escritor? ¿Arrojaría su obra al Vacío, borrando de un plumazo toda la Realidad?

–Cuentos de vieja –masculló. Pero aquel terror lo tenía grabado a fuego en su mente desde pequeño.

–¿Deseas que el Escritor se detenga?

La voz de Mareisha volvió a tronar dentro de su cabeza. Shergev hubiera deseado taparse los oídos, espantar de un manotazo la voz de su mujer, pero no podía: tenía ambas manos ocupadas en la tarea más importante de toda su vida.

Como si supiera de su indefensión la voz de su mujer siguió hablando:

–Tanta gloria, tanto prestigio… todo echado a tierra por un inútil como tú, que te duermes en tu puesto de trabajo.

El relojero hizo un esfuerzo por no escuchar. Su reloj interno le decía que sólo faltaban cinco minutos para la hora. Debía acabar de dar cuerda antes de ello.

Pero él seguía pensando en lo que sucedería si la hora llegaba y todavía no había acabado de dar la cuerda. Si el Reloj se detuviera dejando al Escritor sin tiempo ¿se diluiría la realidad? Recordaba el efecto de la Voluntad de su gema en su cuerpo, cómo la consunción lo había descompuesto y vuelto a recrear. ¿Pasaría algo similar? ¿Acaso el Escritor consistía en una Voluntad inabarcable que generaba a su gusto la realidad a través de su pluma?

Amaba a Efímera como el que más. Shergev descendía, por línea directa, de los fundadores de la Orden de Relojeros. Eso implicaba formar parte de la esencia más íntima de la ciudad. Se sentí muy orgulloso de ello. Incluso en los tiempos en los que le había tocado vivir.

La ciudad y todos sus habitantes atravesaban una época oscura. A lo largo de su historia Efímera había crecido, pasado de simple poblado rivereño a ciudad–estado, y de ahí a imperio. Durante siglos la sombra de Efímera se había alargado allende el mar y tierra adentro, mucho más allá del horizonte apreciable desde la cima del Thothkar–Naa. Su nombre había acabado equivaliendo a temor en todo el imperio, y se musitaba con respeto a días y días de vuelo, más allá de sus fronteras.

Pero aquellos tiempos habían pasado. El imperio se había resquebrajado, con la metrópoli regresando a su condición de ciudad–estado. Las provincias sublevadas, ahora naciones de pleno derecho (según ellas, dado que en Efímera se las seguía considerando posesiones rebeldes, pero posesiones), sólo dejaban a la antigua capital en paz por temor a que desatara alguno de los horrores que todavía albergaba.

Pese al hundimiento Efímera mantenía su aura de poder. Pocas ciudades podían alardear de contar dentro de sus muros con dioses dependientes (como el Escritor) o incluso prisioneros. La Ciudad que Aprisionó a un Dios mantenía un orgullo venenoso.

Si el Escritor se quedaba sin caudal de tiempo para seguir narrando ¿desaparecería Efímera y sus conquistas? ¿Se borraría todo el recuerdo de su gloria?

Shergev no podía permitir que sucediera algo así. Amaba a la ciudad casi por encima de todo.

Sin dejar de girar la manivela, el anciano recorrió Efímera con su fantasía.

Empezó en el corazón del barrio alto, la enorme plaza mayor. El rectángulo variable estaba rodeado por edificios monumentales, cada cual dotado de su peculiar encanto.

Como por ejemplo la catedral. La mole de roca negra contaba con una torre en cada una de sus esquinas. Se trataba de agujas de decoración abigarrada, culminadas en pináculos afilados como estiletes. Una quinta torre emergía del corazón de la nave. Más alta y gruesa que las otras, en su extremo superior sostenía resplandeciente la jaula del Dios Cautivo. Hubo un tiempo en el que la vida de la ciudad orbitaba en torno a ella y a la Voluntad que albergaba.

Esa época quedó atrás. Ahora otros edificios, en origen de menor relevancia, le disputaban a la catedral el trono de la plaza. Entre ellos estaba el ayuntamiento y su fachada ósea de terrible y mortal magnificencia. Si ya por sí solo su exterior adornado con un millón de huesos impresionaba, la sangrienta realidad de su interior no dejaba indiferente a nadie. Luego estaba el orgullo de la Orden de Relojeros: el campanario del Reloj Mayor, con su orbe marcando el tiempo para toda la realidad.

Pero en la plaza no sólo destacaban los edificios. Como si de un intruso se tratara tras la catedral se elevaba la imponente silueta de Thothkar–Naa. La ciudad había crecido a las faldas del volcán, y su carácter salvaje y explosivo la había determinado e incluso bautizado. Sobre la ciudad pesaba una con el volcán como protagonista: estaba escrito que más pronto que tarde una erupción la arrasaría, borrando todo recuerdo de la ciudad. Sólo el arte de los Vols, junto a los Amos y a otros poderes de Efimera, había permitido que la urbe persistiera durante milenios.

¿Cuántas veces había acompañado Shergev a su padre a esa plaza para presenciar las ejecuciones de presos? Mientras seguía dando cuerda al mecanismo el relojero se dejó llevar por los recuerdos. Creyó escuchar de nuevo el sonido pegajoso que producían las suelas de sus sandalias al pisar las losas empapadas en sangre. Casi podía ver los restos desmembrados de los reos, todavía vivos y conscientes gracias a las habilidades preservadoras de los Vols.

El volcán desea destrucción de la ciudad. Para calmarle había que alimentarle con dolor y la tortura. Pero no de una manera vulgar, no. En Efímera nada había vulgar. En la ciudad de los aullidos el dolor y la tortura se destilaban con Voluntad, logrando que los penitentes fueran conscientes de su destrucción hasta el último momento. E incluso más allá. Sólo así, con almas torturadas hasta el extremo más absoluto, saciaba a Thothkar–Naa.

En aquella plaza Shergev se había dado cuenta del poder de la consunción. Esa disciplina había acabado por instaurarse como el arte definitivo de la ciudad. Los cuerpos deformados más allá de lo racional se habían convertido en moneda de cambio entre las clases altas.

¿Se perdería toda esa sabiduría, todo ese arte de la deformación, si el Escritor se detenía?

El poder de Efímera floreció gracias a la consunción, y dio sus frutos a través de nuevas disciplinas capaces de moldear la carne como barro, de deformar la misma realidad. Incluso el tiempo y el espacio, como hacía la Orden de Relojeros.

Envidiada, temida. La ciudad de las infinitas maravillas a ojos de unos, la bella obscenidad para otros. Efímera, incapaz de dejar indiferente a nadie. ¿Podría desaparecer?

No. Los Amos no lo permitirían.

Pero los Amos no estaban allí. En ese lugar sólo estaba él, el anciano–joven Shergev. El destino había dictado que la ciudad, la mismísima Realidad, dependiera de él y de sus manos.

No les fallaría. Ni a su ciudad.

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Un comentario sobre “La cuenta atrás del relojero (XV)

  1. Hola Juan, como siempre un relato excelente, veremos como sigue. Me ha parecido echar en falta una letra en: “Se sentí muy orgulloso de ello. Incluso en los tiempos en los que le había tocado vivir.” Un abrazo.

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