La cuenta atrás del relojero (XVI)

Su cuerpo latía tenso. Le gritaba que apenas restaba un minuto para la hora. Shergev se había dejado llevar por las fantasías. ¿Cuánta correa quedaba por activar? Un dial a su izquierda chivaba el dato: se podía decir que no faltaba nada. Sólo una pizca, una migaja más haría que la aguja marcara el punto cero.

Pero todavía no llegaba ese momento.

El relojero aplicó más fuerza a la manilla. El mecanismo respondió resistiéndose al esfuerzo. Pero debía obligarlo. No podía quedar nada de cuerda sin dar cuando resonara el carrillón del Reloj Mayor.

Miró el dial. Casi había acabado. Casi.

Al menos la voz de Mareisha parecía haber desistido. En la sala sólo se escuchaban sus bufidos de esfuerzo accionando la manilla. Le rodeaba un silencio denso, típico de la sala del Mecanismo.

Lo lograría. Para ello contaba con ese cuerpo nuevo. Gracias a él podría seguir trabajando muchas décadas más.

Se sentía nuevo. Tanto que muy bien podría ser otro. Pensó un instante en su nueva condición. Fresco, vigoroso, lleno de vida. Qué diferente del Shergev viejo, ajado y cansado que se había precipitado escaleras abajo. Tan diferente que, lo tuvo que reconocer, no se sentía identificado con él. En efecto, había renacido y ya nada tenía que ver con el anciano achacoso y vencido.

–No soy Shergev. Soy… –durante una latido dudó, pero el nombre le vino de forma intuitiva, como si siempre hubiera estado ahí– soy Thiaverg. Sí, me llamo Thiaverg gar Shergev.

Repitió el nombre una, dos veces. Al hacerlo se sentía más lleno de vida, eufórico.

Thiaverg gar Shergev. Thiaverg originado de Shergev.

Continuó girando la manivela.

Sí, iba a lograr dar toda la cuerda. Hacerlo antes de que el reloj marcara la hora trece.

Aceleró más aún el giro de la manilla. Un mugido, grave y denso, emergió del interior de los engranajes. El mecanismo se quejaba, la correa sufría, pero él no dejó de aplicar fuerza. El bramido se prolongó unos segundos, y luego empezó a decrecer. A Thiaverg le dio la impresión de que la maquinaria se estaba aclimatando al esfuerzo. Resistiría.

Incluso con ese nuevo cuerpo juvenil el relojero estaba empapado en sudor.

Quedaban unos pocos segundos para…

De repente el relojero notó un súbito temblor. La maquinaria se sacudía, propagando su vibración a la mano llave, a la manivela, al mismo aire de la cámara. Thiaverg tragó saliva, consciente de lo que sucedía. Sin producir el menor sonido todo empezó a temblar. El aire se agitaba, cada vez más denso. El relojero renacido husmeó a su alrededor. Sí, parecía que la misma atmósfera de la estancia se revolucionaba temerosa. Notó en su espalda un primer empujón, ligero pero identificable. Luego otro. Thiaverg sabía lo que estaba pasando: la onda sonora de la campanada descendía por las escaleras. Encajonada entre las paredes, reverberando sin parar contra los muros lubricados de humedad y limo, el frente se fortalecía a medida que descendía la espiral.

En el último momento Thiaverg acertó a abrir la boca y tensar su cuerpo, colocándolo en ángulo. El muro de aire y sonido acabó de descender y se derramó por la antecámara. El armario lleno de candiles tembló presa de la sacudida. Un parpadeo más tarde la avalancha sónica golpeaba al relojero con su estruendoso, brutal y comprimido tañido. Por fortuna se había preparado. Sólo así el mazazo se le hizo algo más soportable.

La hora trece estaba a punto de llegar.

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