La cuenta atrás del relojero (XVII)

El inicio de las campanadas marcaba la cuenta atrás. Para cuando hubieran sonado los trece tañidos debería haber acabado de dar la cuerda.

Todavía le quedaba un poco de correa. El relojero se recompuso y siguió girando la manilla a la máxima velocidad que el mecanismo le permitía.

Mientras tanto la Maquinaria producía sonidos furiosos.

–No está diseñada para soportar este maltrato –musitaba Thiaverg–. Las campanadas no deberían atravesar nunca la puerta. El blindaje y los candados están en parte para eso.

La cámara volvió a temblar. Una nueva campanada descendía. El relojero volvió a acomodarse para recibir el golpe, pero sin dejar de girar la palanca.

La segunda campanada reverberó en la cámara. Pero por alguna razón llegó con menos energía, como desinflada. A Thiaverg le recordó el nacimiento de un segundo gemelo, siempre más agotado que el primero.

El relojero continuó accionando la manilla mientras las campanadas se sucedían. Por alguna razón el Mecanismo no parecía querer llegar a su tope. ¿Estaba mal el indicador? ¿Faltaba más recorrido del que indicaba?

Llegó la duodécima campanada. Para horror de Thiaverg la cuerda no había llegado a su fin. ¿Qué estaba sucediendo? ¿Tan mal había calculado?

La Maquinaria Mayor volvió a temblar. Un golpe, luego otro. Thiaverg se preparó para la campanada final… cuando se dio cuenta de que las vibraciones provenían de dentro. Durante un instante dejó de girar la manilla. Al hacerlo, como si la estructura le respondiera, una de las planchas de metal situada sobre la manivela se abolló. Lo hizo hacia fuera, hacia él. Algo desde dentro del Mecanismo pretendía… ¿salir?

El relojero notó cómo toda su seguridad se derretía. No se atrevió a formular en palabras el horror que su cerebro había empezado a esbozar. Sólo supo reaccionar de una manera: volver a girar la manivela. Más, y más, y más.

A su espalda volvió a notar la presión. La decimotercera campanada se precipitaba hacia él. Justo cuando la onda expansiva le golpeó la manivela llegó a su tope. Había dado toda la cuerda.

Sin embargo lo que agitaba la Maquinaria Mayor desde dentro no parecía calmarse. El frontal de engranajes y mecanismos se sacudía como si algo lo martilleara. Thiaverg soltó la manivela y extrajo la mano llave del activador.

Vio con ojos desorbitados cómo la manilla se movía sola. A un lado, a otro. Daba la impresión de que alguien intentara forzar el sistema de correa. Alguien desde el otro lado del panel.

Aterrado, el relojero trastabilló alejándose de la maquinaria.

A través de las ranuras de los engranajes, aprovechando los espacios entre diales y chivatos, empezaron a surgir volutas de vapor. Blanquecinas, muy finas, tenían el aspecto de una bruma fina. Con ellas le asaltó a Thiaverg un frío intensísimo, impropio de la cámara. Su respiración cristalizaba en el aire, y una escarcha similar se empezó a formar sobre el metal.

Los golpes proseguían, ganando intensidad. Resonaban por toda la sala, metal contra metal, con un sonido semejante al que produce una enorme maza de acero al despedazar pequeñas piezas de metal. O un sistema de engranajes, ruedas dentadas y clavijas.

De seguir así la Maquinaria entera reventaría.

Thiaverg yacía tendido en el suelo. No se atrevía a apartar la mirada del Mecanismo. Las vaharadas seguían surgiendo, blancas y frías. La escarcha cubría buena parte del frontal como si se tratase de una hiedra albina.

Algo extraño y terrible estaba sucediendo.

Algo desatado por mí, pensó Thiaverg. Le dolía tener que reconocerlo: él tenía la culpa. Deseaba huir, escapar de allí, esconderse en el lugar más recóndito de la ciudad. Pero al mismo tiempo deseaba saber lo que había desencadenado. Una parte de él le decía que su culpa podía desaparecer sublimada en curiosidad, en ansia de conocimiento.

Pura esencia Humana.

¿Qué estaba pasando? ¿Al final su mujer tendría razón? ¿Había fracasado, defraudado a toda una estirpe de relojeros?

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