La cuenta atrás del relojero (XVIII)

El Reloj parecía seguir funcionando. El cuerpo de relojero de Thiaverg así se lo decía: el segundero del reloj Mayor no se había detenido.

Tic–tac. Tic–tac.

El flujo de tiempo seguía llenando la alcoba del Escritor.

Además había dado toda la cuerda. Justo sobre la hora, sí, pero lo había logrado. Se dio cuenta que estaba pensando buscando una excusa. Y ¿qué mejor que esa? Él había cumplido con su misión.

Pero lo que se revolvía dentro del mecanismo parecía indiferente al razonamiento del relojero. Continuaba propinando golpes salvajes, cada vez más furiosos. Ahora iban acompañados de algo más. Sobre los mazazos metálicos Thiaverg escuchó un coro de gemidos. Su timbre dejaba claro que no surgían de gargantas humanas: poseían un cariz metálico, artificial. Como si los profiriera la propia maquinaria.

La bruma empezó a vibrar al ritmo de los aullidos. El relojero empezó a creer que estaba inmerso en el hálito de un gigante de hielo. El frío se había propagado por toda la cámara. La niebla poseía tal densidad que casi ocultaba por completo el muro de maquinaria.

–Yo he hecho mi trabajo –Thiaverg sollozó presa del pánico­­–. No he fallado. ¡No he fallado!

Los aullidos del coro se tornaron alaridos. El relojero, loco de pánico, acabó uniéndose a ellos.

Thiaverg reculó unos pasos, aunque no apartó la mirada de la cortina de humo blanco. Una culpa indescriptible atenazaba su corazón. Pero al mismo tiempo la curiosidad le obliga a no apartar la vista, a no huir escaleras arriba.

De improviso los golpes cesaron, sustituidos por un gemido de metal desgarrado. A esto le siguió un silencio húmedo, pegajoso. El velo de vapor se revolvió. Los grumos niebla se retorcían como si algo los empujara. Algo físico y mucho más grande que Thiaverg. Algo vasto, descomunal. Una presencia surgida del interior del Mecanismo Mayor. Pero en sus entrañas sólo había engranajes, resortes. Eso y artificios místicos que retorcían la realidad y generaban tiempo. Tiempo para el… Para el Escritor.

El pánico se apoderó de Thiaverg. No quería saber lo que pasaba. Iba a levantarse cuando el muro de niebla se abalanzó sobre él. El relojero profirió un gañido y se revolvió. Debía huir. En su atolondramiento ni siquiera pudo ponerse en pie: como una bestia acorralada y herida sólo acertó a arrastrarse por el suelo. Gateaba hacia atrás, sobre su espalda. Una mano resbaló sobre las losas haciéndole caer. El giro le permitió ponerse boca abajo y, por fin, gatear de una manera más eficiente. Debía encontrar el portón de los candados, la antecámara. Y en ella las escaleras. Salir de ahí y avisar a los Amos. Quizá ellos, ellos…

La niebla lo llenaba todo. Le cegaba como una gasa. A pesar de ello siguió retrocediendo. La puerta debía estar a poca distancia. Logró ponerse en pie. Al hacerlo una vaharada de aire congelado acarició su espalda. Aquella prueba de la presencia, cada vez más cercana, le hizo abalanzarse hacia donde intuía que estaba la puerta.

La temperatura descendía a gran velocidad volviendo la bruma más y más densa, casi líquida. El relojero empezó a creer más que correr nadaba inmerso en una piscina helada.

¿Tan lejos estaba la puerta? ¿O acaso no estaba corriendo hacia ella sino en otra dirección?

Detrás de Thiaverg la presencia seguía creciendo. Apabullante, física. Había salido de la máquina. Los sonidos no habían cesado. Ahora en vez de golpes se escuchaba un caos de desgarro, de metal despedazado. O masticado por unas fauces inauditas.

–¡Yo hice mi trabajo!

El grito surgió de su garganta sin que fuera consciente de ello. La respuesta a su súplica llegó en forma de coro de alaridos. Sonaron cerca, muy cerca del relojero. Demasiado. En ellos se dibujaba toda una paleta de emociones. Thiaverg creyó adivinar ira junto a tristeza, desesperación teñida de júbilo, locura y serenidad. No tenía sentido, pero parecía que todas las emociones humanas estaban representadas en aquel coro.

El relojero aceleró su carrera, aunque ya empezaba a tener la seguridad de que el espacio se estaba deformando a su alrededor. El espacio o el tiempo.

El coro de gemidos se intensificaba. Sonaba a su espalda, pero también a sus lados e incluso delante. Le rodeaba con su maremágnum de sentimientos, ganando intensidad a cada latido. Thiaverg intentó no hacer caso a los cánticos pero éstos se clavaban en sus oídos. Empezó a identificar detalles y texturas. Los alaridos albergaban realidades ofuscadas, cántigas y epopeyas, amoríos y traiciones. Sin poder hacer nada por evitarlo el relojero se encontró naufragando en un océano de historias, zarandeado por olas en forma de giros argumentales, sorpresas, desgracias y maravillas.

El Escritor. Aquello sólo podía proceder del Escritor. El dios estaba saliendo.

La sinfonía de alaridos prosiguió tejiendo un caleidoscopio de demencia. Thiaverg pudo identificar algunas de las partes que cantaba: el horror se mezclaba con la maravilla, la náusea con el placer, lo magnánimo con lo depravado. Aterrado y maravillado se dio cuenta de que se estaba convirtiendo en el recipiente humano de todo aquel cúmulo de realidades. Las historias le empapaban penetrando su cuerpo. Le ahogaban violando su boca, anegando sus pulmones.

Perdido entre todas esas historias una de ellas, una ínfima pero reluciente, llamó su atención. La historia se materializó en la forma de una risa. ¿Una carcajada… femenina? Con la misma facilidad con la historia llegó se perdió. Thiaverg no podía aprehender nada concreto. Las corrientes narrativas, salvajes e iracundas, le arrastraban de un lado a otro.

Un nuevo gemido metálico llenó la cámara. Parecía un llanto, pero mucho más desgarrado que los que había oído hasta ese momento. Thiaverg supo que no quería conocer a la criatura que lo había proferido. En un último intento alargó la mano y tanteó el vacío.

Sí, allí estaba. Sólida aunque recubierta de escarcha: la puerta.

Se aferró a ella con todas sus fuerzas. Siguió palpando. Sí, allí estaba: el borde de la hoja. Y más allá el hueco que había cruzado una eternidad atrás. Cayó de bruces al otro lado de la puerta. La atmósfera de la antesala no parecía afectada por lo que pasaba en la cámara de la Maquinaria.

Los cerrojos, ahí estaban. Y las agarraderas. Empujó con fuerza. Sabía que el contrapeso estaba tan bien calibrado que un simple crío podía manejar las puertas. Pese a ello empujó con todas sus fuerzas. Lo hizo manteniendo los ojos cerrados: no quería ver el interior de la cámara. Bastante pavor le provocaba el coro y la descomunal forma que se escondía en la niebla. Una criatura que se deslizaba (o rodaba, o reptaba, o se arrastraba) hacia él con lentitud. Thiaverg notaba  su hálito, esa vaharada de narraciones inconclusas y dramas tan crueles como catárticos. El aliento del Escritor.

Por fin logró unir las hojas. Lo había conseguido. Con toda la rapidez que pudo empezó a activar los cerrojos. Una vez reconfigurados nada los podría romper. Nada saldría de la sala de la Maquinaria.

Activó el primer cerrojo en un abrir y cerrar de ojos.

El coro. Seguía escuchando el coro. Aullaban dentro de su cabeza. Dolía. Desgarraba.

El segundo y el tercer candado quedaron asegurados mientras los alaridos sonaban desaforados dentro de Thiaverg.

No podría soportar mucho tiempo más aquellas voces. Sonaban tan desesperadas, tan necesitadas por relatar sus historias. Las narraciones se revolvían dentro del relojero.

El cuarto cerrojo quedó firme mientras Thiaverg notaba cómo los cánticos maceraban su alma, royendo sus huesos y masticando su carne. Como una especie de consunción, pero más intensa y desaforada.

–¡Yo hice mi trabajo! –Sollozaba tratando de callar las voces– ¡Yo hice…!

Las palabras del relojero acabaron deformándose en un grito inconexo. Todavía le quedaba por cerrar el último candado cuando un pseudópodo blanco emergió del ojo de la cerradura. Thiaverg saltó hacia atrás. El extremo del tentáculo respondió surcando el aire como si se tratase de una bala para clavarse en la frente del relojero. Durante un segundo Thiaverg se quedó mudo, sus ojos clavados en aquello que perforaba su cabeza. El tiempo pasó mientras el psuedópodo actuaba. El relojero abrió los ojos más y más. Empezaba a comprender, a asimilar.

Al final emergió de su garganta un gritó. Thiaverg gritó una y otra vez suplicando piedad. Gritó y luego… luego nada, sólo una blancura absoluta. Cubriéndole. Ahogándole. Una blancura en la que volaban formas negras. Formas de tinta viva que escribían, llenándole de historias.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s