La cuenta atrás del relojero (XX)

El hombre alzó la mirada. Sus ojos parecían buscar algo en las alturas, pero la forma en que iban de una torre a otra, saltando entre las agujas y chapiteles, dejaba claro que no sabía el qué. Poco a poco bajó la mirada hacia los tejados, luego a las fachadas. Por fin miró lo que le rodeaba a ras de suelo. En su rostro no se apreció el menor gesto de comprensión.

No sabía cómo había llegado allí.

Estaba de pie, desnudo, en el centro de un patio enorme. La explanada estaba flanqueada por una serie de edificios extraños. La mayoría de ellos tenían un aspecto bulboso y alto, como enormes tubérculos de roca horadados por numerosas ventanas. Pero uno entre ellos destacaba, diferente a todos los demás. Se alzaba justo delante de él, y tenía la forma de columna descomunal. En su fachada no había el menor rastro de adornos o ventanas. La torre se elevaba como una especie de lanza de piedra dispuesta a ensartar el cielo nocturno.

Campanario, es un campanario, se dijo.

No comprendía cómo sabia eso. La voz se había alzado sólo con apenas algo más de fuerza que el caos de murmullos, gritos e increpaciones que bullía en su cabeza. Aquella cacofonía le impedía articular el menor pensamiento.

Aun así las preguntas se fueron acumulando. ¿Qué hacía allí? ¿Cómo había llegado? ¿Qué significaba aquel sitio? La tempestad de su cabeza barría cada una esas preguntas tan pronto como surgían.

El hombre se giró sobre sí mismo. Aquel sitio… lo conocía. Pero esa certeza provenía más  bien de su cuerpo, no de su mente. Junto a esa extraña impresión de seguridad había otra: algo no iba bien.

–Mira a la parte superior del campanario –escuchó decir a la voz. Sonaba apremiante. El hombre obedeció sin pensárselo dos veces–. ¿Qué ves?

Desconcertado trató de aguzar la mirada. Frunció el ceño, entrecerró los ojos, pero sólo veía cómo la torre se elevaba hasta confundirse con las nubes y la oscuridad de la noche.

–Nada –se atrevió a responder–. No veo nada.

–Justo. Eso es: no se ve nada. El campanario está apagado. El reloj no brilla. No funciona bien.

La voz poseía un tono singular, casi desesperado. Al hombre le dio la impresión de que en esas últimas palabras debía esconderse una especie de clave.

De repente el hombre notó una mano sobre su hombro. El contacto le dejó una sensación extraña, semejante a la que nadar en agua con lejía. La mano le sacudía. Se giró. La anciana iba enfundada en una bata. Por el aspecto del tejido, la prenda muy bien podía tener la misma edad que la mujer. Le miraba con intensidad.

–Shergev… ¿Eres tú? Estás desnudo. Y además… joven –la voz sonaba teñida de una pincelada de preocupación y un mal disimulado desdén–. ¿Qué ha pasado ahí abajo?

El nombre. Se le hacía familiar. Y al mismo tiempo no. Como si formara parte de un pasado ya cerrado. El hombre rebuscó en su mente. La mujer. La conocía, pero al mismo tiempo le provocaba una sensación similar a la de ese nombre. Cercano a él y también ajeno.

Cerró los ojos tratando de recordar, de comprender. En su mente el caos de voces persistía. Sonaban confusas y estridentes, enfrentadas unas contra otras sin orden ni concierto… Cada una narraba una historia y exigía al resto que le atendieran. En esa locura el hombre a duras penas podía mantener su propia identidad.

Pese a ello logró decir:

–No recuerdo…

Aquello no parecía bastarle a la mujer, que se plantó ante él con los brazos en jarras.

–¿Qué te ha pasado? Estás tan… cambiado. Joven, sí, pero no sólo eso. Mírate –dijo la anciana señalándole con una mano de pies a cabeza–. Estás pálido, muy pálido. Casi pareces de leche. Y el broche: ¡lo tienes clavado en el pecho!

El hombre se miró: las manos, los brazos, el pecho, las piernas. Sí, su piel tenía un color muy pálido. Quizá demasiado. Inclinó la cabeza hacia donde señalaba la anciana. En efecto, una especie de adorno metálico surgía de su pecho, justo sobre el corazón. Notaba cómo esa pieza palpitaba sobre su piel siguiendo un ritmo propio.

–Shergev –continuaba hablando la mujer–, Shergev … ¿qué ha sucedido en la sala de Maquinaria? El Reloj Mayor durante apenas un segundo se ha parado. Y ahora parece que funciona. Los sensores en Control dicen que sí que sigue generando tiempo. Pero la esfera no brilla.

El Reloj Mayor. El hombre alzó la mirada a la cumbre del campanario. Sí, allí estaba.

La mujer continuaba hablándole, cada vez con un tono más acusador. Parecía dar a entender que él tenía la culpa de lo que decía. ¿De verdad tenía él la culpa?

Aquella anciana insistía en llamarle Shergev. Cuanto más escuchaba ese nombre más se daba cuenta de que no le pertenecía.

Entonces recordó:

–No. No me llamo Shergev –la anciana dejó de hablar y le miró con intensidad–. Mi nombre es Thiaverg.

–Por el mismísimo Escritor, ¡pero qué dices!

–Thiaverg. Llámame Thiaverg.

La firmeza con la que hablaba dejó a la anciana sin palabras. Sólo acertó a repetir el nombre:

–Thiaverg.

Pero Thiaverg no la escuchaba. Pronunciar su nombre había desatado un hambre de saber más, tanto de él mismo como de lo que le había pasado. Hizo un nuevo esfuerzo por recordar. Se encontró con que su mente, más allá del caos de voces, estaba encapsulada en una especie de nada blanquecina. No logró visualizar recuerdo alguno. Volvió a tratar de enfocar sus pensamientos más allá del maremágnum de voces, de atravesar esa nube de vacío, pero no logró nada. Tras varios intentos Thiaverg acabó por cabecear impotente.

La anciana, indiferente a sus dudas, continuaba con su cháchara:

–Sin embargo la esfera no brilla –estaba diciendo–. Funciona pero no brilla. Algo raro, muy raro. Y todo ha ocurrido justo cuando tú estabas de servicio, Shergev… eh, Thiaverg. Los Amos están analizando lo que ha pasado. Espero que no descubran que tienes la culpa de todo este lío.

Los Amos. El mencionarlos pareció remover el velo que envolvía sus recuerdos.

–Ahora creo que me viene algo a la cabeza. Me cuesta, pero creo que… sí: golpes, humo. Y aullidos. Una sensación de, de… desencanto, de traición –Thiaverg clavó sus ojos en los de la mujer–. Y de deseo de venganza.

La anciana le devolvió la mirada sin comprender de lo que hablaba.

Los ojos del hombre resplandecieron cuando volvió a decir:

–Venganza.

La mujer creyó que la palabra la envolvía. Se retiró un paso. En su rostro arrugado se empezaba a dibujar algo semejante al temor. Ese movimiento permitió que Thiaverg la pudiera contemplar de pies a cabeza. ¿Quién era esa mujer? ¿La conocía?

Me ha llamado Serghev, pensó. El nombre me suena, sí. Pero con la misma sonoridad con la que en mi mente burbujean el resto de historias. Estoy inmerso hay un caos tan absoluto… Mi cabeza parece una biblioteca con las baldas arrasadas, con los libros tirados por el suelo. Libros a los que alguien ha arrancado páginas, páginas que alfombran el suelo sin orden ni concierto.

Por primera vez desde que despertara en ese patio Thiaverg empezaba a poder hilvanar pensamientos. Esbozando una sonrisa, continuó.

Me siento como si me hubieran arrojado a un torrente de palabras. Uno salvaje, indomable. Me arrastra hacia… no sé hacia dónde. Pero más que un torrente parece una colada de lava: arrasa con todo cuanto encuentra. Arrasa conmigo mismo. ¿Qué me pasa? ¿Por qué verbalizo de esta manera? Me cuesta no hacerlo. Las palabras me dominan, me satu…

–¡Agh!

Thiaverg se llevó las manos a la cabeza. Apretaba sus sienes con fuerza mientras boqueaba buscando aire.

–¿Qué te pasa? Por los Amos, ¿qué te pasa?

–Las palabras. Me ahogan. Me arrastran hacia… ¡Duele! Por favor, no, ¡dejad de fluir! No. Más. Palabras.

La anciana le tendió una mano temblorosa.

–Has usado la consunción, ¿no? Por eso estás tan joven…

–Por favor, no hables. Tus palabras desatan muchas más dentro de mi cabeza. Silencio. Por favor. ¡Silencio!

El hombre se arrojó al suelo. Allí, tendido en posición fetal, empezó a retorcerse. Gemía y soltaba espumarajos mientras se apretaba la cabeza con las manos.

–Shergev…

La mujer se atrevió a dar un paso más. Le veía tan indefenso, tan vulnerable. Y tan joven y hermoso. Como cuando se conocieron, demasiados años atrás.

Su piel. No había la menor arruga en ella.

–No temas, querido. Aquí está Mareisha para cuidarte. Como en los viejos tiempos.

El hombre no hacía caso, limitándose a cerrar los ojos con fuerza mientras se tapaba los oídos con las manos.

–Ssshhh, tranquilo.

La mano de la mujer volvió a acariciarle el hombro. Thiaverg sólo supo encogerse un poco más.

–Qué pálido estás. Blanco. Y qué suave. Déjame verte.

Mareisha se arrodilló junto al hombre que creía su marido, acercando su rostro a la piel marfileña. Sólo en ese momento se dio cuenta de que su piel no era del todo blanca. Incapaz de comprender lo que veía se aproximó más. Forzó la vista, frunció el ceño. Había algo, había algo extraño en esa piel. Sus labios temblaban, incapaces de contener la emoción ante lo que veía. Hasta que por fin explotó.

–Shergev. Esto blanco son… son… ¡palabras! Diminutas, casi ilegibles, pero miles, millones. ¡Todo tu cuerpo está cubierto de palabras tatuadas con tinta blanca!

El hombre empezó a convulsionar. Mareisha le aferró la mano, llegándosela a la cara.

–Estoy aquí, contigo.

Acarició el dorso de la mano de su marido con su mejilla. Qué tersa y elástica estaba. Tan joven…

Pero al hacerlo sus ojos se deslizaron sobre la piel. Incapaz de dominar su curiosidad empezó a mirar las frases. La inmensa mayoría de ellas estaban escritas con letra intrincada, poco menos que ilegible. Pero aquí y allí la topografía aumentaba haciéndoles más fáciles de leer. La mirada de la anciana se deslizó de una palabra a otra. Aun así como estaban, escritas en diminutas y apretujadas letras blancas sobre la piel de su marido, parecían querer decirle algo.

–Puedo leerlo –dijo Mareisha. Y entrecerrando los ojos musitó una frase cualquiera–. “Aquellos hombres recorrían un mundo devastado, amortajado…”

–¡No! ¡Noooo!

Una especie de vapor empezó a surgir de la piel de Thiaverg. El hombre se retorcía mientras volutas blancas emergían de su cuerpo. Los hilos de niebla dibujaban espirales intrincadas, escaleras de palabras que ascendían sin un objetivo concreto.

Mareisha saltó hacia atrás. El joven se revolvía presa del dolor. Cada vez surgía de él más bruma, tanta que poco a poco le fue ocultando. Gritaba. Entre sus alaridos Mareisha llegó a entender algo:

–Las palabras. Queman. Desgarran.

–Shergev –gritó ella, de repente asustada. No podía ver nada. La niebla se había vuelo demasiado densa. Giraba y se retorcía en jirones compactos. En ellos, o más bien formando parte de los mismos, Mareisha pudo ver palabras, frases, párrafos enteros. Las letras, blancas como la leche, se agrupaban formando mensajes efímeros. Algunas veces se detenían ante la anciana como si anhelaran que los leyera; otras volaban raudos como bandadas de pájaros esquivando su mirada. Los había formados por letras y palabras de lenguajes y alfabetos conocidos; en otras ocasiones sólo constaban de signos, grifos u otro tipo de dibujos que la anciana no llegaba a comprender.

Aquello la sobrepasaba. El pánico la había arrojado al suelo. Se puso a gatas y con una mano tanteó la niebla:

–¡Shergev!

Sus dedos no tocaron nada, salvo gasas de bruma. Los jirones poseían cierto matiz cálido, untuoso. Se adherían a la ropa, a la piel de la anciana. Trataban de impregnarla. Mareisha notó cómo las palabras se retorcían sobre su cuerpo, cómo mordisqueaban su piel con sus diminutas voces. ¿Qué significaba aquella locura?

Presa del pánico retrocedió. Debía escapar de allí. Junto con la niebla estaba empezando a escuchar unas voces, unos cánticos que parecían querer obligarla a quedarse, a unirse a ellos. Mareisha empezó a tararear una vieja canción. No la había cantado desde hacía décadas, pero de repente había surgido en su cabeza como una especie de balsa a la que aferrarse. Con ella sonando a todo volumen en su mente empezó a arrastrarse lejos de Shergev. O como ahora quería que lo llamaran.

Dentro de la nube Thiaverg seguía gritando. Ya no pronunciaba nada concreto, sólo gritos inarticulados. En su voz se apreciaba, junto al dolor, un terror intenso. Mareisha alzó el tono de su canción. No podía oírle sufrir así.

De repente el hombre calló. Mareisha se detuvo, quedándose donde estaba. Dejó de cantar y se mantuvo expectante. Había logrado apartarse de la nube de niebla, y ya no sentía las garras de aquellas voces. Sin embargo el súbito silencio se le hacía casi igual de insoportable.

La anciana miraba con ojos desorbitados la mancha de bruma. Dentro de ella seguía su marido. ¿Qué le había pasado? ¿Qué le había hecho callar?

–Hay algo más. Dentro de la niebla –gritó Thiaverg en un alarido agudo, histérico–, ¡hay algo más!

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