La cuenta atrás del relojero (XXI)

A aquel grito le sucedió una ristra de súplicas. Thiaverg parecía pedir perdón al mismo tiempo que imploraba piedad, todo ello con un tono de terror absoluto. Así se mantuvo durante unos segundos, con su voz subiendo de tono más y más. Hasta que la súplicas se transformaron en una cháchara apenas inteligible. Mareisha escuchaba todo, lívida. No podía imaginarse la causa de aquel súbito horror que hacía a su marido aullar de esa forma. ¿Qué era eso que había con él entre la niebla y que le hacía proferir esos alaridos?

Al cabo de un tiempo la mujer se percató de que no escuchaba un sinsentido histórico, sino que Thiaverg se había puesto a recitar textos a una velocidad endiablada. Las palabras se amontonaban en su garganta y salían por la boca aturulladas, unas sobre otras. Hablaba, gritaba, farfullaba, sollozaba. Escupía borbotones de palabras, y junto a ellas también profería extraños sonidos. Mareisha prestó atención a lo que decía su marido, intentando sacarle algún sentido. Tras unos segundos escuchando no logró comprender nada, pero sí se dio cuenta de que, entre las palabras en su idioma había muchas que sin duda pertenecían a otras lenguas, otros idiomas. Algunos de ellos incluso no hablados, sino silbados o gruñidos.

Aquello carecía del menor sentido. Debía informar a los Amos.

Pero antes de huir Mareisha dedicó una última mirada a la nube de niebla. Se había compactado tanto que ahora tenía forma de domo sólido con los límites bien definidos. En su superficie se apreciaban corrientes de viento lechoso, chorros de palabras más o menos gruesos. Luchaban entre sí estrellándose unos con otros, o bien girando formando tifones. Dentro de esa atmósfera de palabras todavía podía escuchar el bramido inarticulado de Thiaverg. Había alzado su tono hasta alcanzar una nota aguda, casi infantil.

Los jirones de niebla iban y venían. Entre ellos de vez en cuando se abría una zona despejada, fugaz pero apreciable. A través de ellas Mareisha intentó atisbar el interior de la burbuja. En el centro, tendido en el suelo, se veía un bulto. Por su tamaño muy bien podía tratarse de un hombre arrodillado o prostrado. Pero había algo más, algo que flotaba sobre él. Se trata de una masa enorme, una especie de líquido blanco y denso. Llenaba buena parte de la sección superior de la burbuja. Aquella esencia oscilaba y se retorcía, lanzando salpicaduras hacia la paredes superiores de la esfera, golpeándolas sin parar. Como si deseara escapar del domo.

Los Amos, pensó Mareisha. Debo correr a avisar a los Amos.

¿Acaso nadie más oía aquel escándalo de aullidos y voces? Mareisha buscó algún tipo de reacción en los edificios que rodeaban la plaza. En la Colmena se habían encendido apenas un puñado de luces. Sí, ahí. Y allí. Poco a poco la actividad empezó a infectar el complejo. La anciana miró al otro lado del patio, a la base de la torre del Reloj. En la oscuridad de su portalón se cuajaron un par de sombras.

Tras Mareisha el aullido de Thiaverg subió un poco más de tono. Parecía imposible que una garganta humana pudiera gritar de esa manera. Aterrada, la mujer se volvió de nuevo hacia la esfera. Su superficie parecía vibrar. Reverberaba y emitía una especie de burbujas densas, como si sufriera algún tipo de resonancia. En su interior las corrientes se habían acelerado confundiéndose en un maremágnum de destellos blanquecinos.

La anciana retrocedió más aún. Temía que el domo estallara.

Desesperada empezó a caminar hacia el Campanario, pero no anduvo mucho. Las dos figuras que habían emergido de él se acercaban con rapidez. Altas y en extremo delgadas iban vestidas con sotanas negras. Llevaban las cabezas cubiertas con capuchas enormes que ocultaban sus rostros al completo. La única parte de su cuerpo visible eran las manos, delgadas y pálidas. Con ellas no dejaban de trazar signos resplandecientes en el aire. Sobre el pecho de cada uno de ellos, resaltando sobre el uniforme negro, resplandecía un broche dorado en forma de reloj de arena.

Amos.

Mareisha se estaba volviendo hacia sus señores cuando a su espalda escuchó un sonido de succión. Giró la cabeza para, en el último momento, ver cómo la burbuja de bruma colapsaba sobre sí misma. Quedó reducida a un punto diminuto, no más grande que la falange de su dedo pulgar, brillaba como si contuviera mil soles. La anciana se protegió los ojos con las manos, pero aun así la luz atravesaba piel, carne y hueso.

La esfera flotaba a la altura de su cadera. Daba la impresión de que esperaba algo.

Una voz dulce brotó justo a la espalda de Mareisha. La mujer no necesitaba girarse para saber que pertenecía a los Amos. Se limitó a agachar la cabeza y mostrar humillación. No era digna de estar en su presencia, y menos aún en unas circunstancias como aquellas.

El Amo continuó musitando indiferente a la presencia de la mujer. Mareisha jamás había escuchado nada similar. La canica de luz respondió a la voz del Amo saltando hacia las alturas. En un abrir y cerrar de ojos se alzó hasta la cima del campanario, colocándose frente al orbe del Reloj Mayor. La anciana, atónita, no pudo evitar mirar hacia allí. Parecía que una estrella se había enganchado al campanario. El punto de luz, como un diminuto sol, iluminaba con luz fría y azulada la plaza del complejo. Aquí y allí los rostros de decenas, de centenares de relojeros se asomaban a las ventanas preguntándose el origen de aquel resplandor en plena noche. La canica seguía flotando ante el Reloj.

Uno de los Amos murmuró algo, y la diminuta estrella volvió a crecer. En un abrir y cerrar de ojos recuperó su forma de globo de bruma blanca. Su forma sólida empezó a degradarse, emitiendo tímidos jirones de niebla. Varios tentáculos tantearon el espacio alrededor del Reloj. Formaban oleadas: iban y venían desde el interior de la esfera; con cada asalto avanzaban un poco más. Hasta que uno de ellos se aferró al segundero. A ese primer tentáculo le siguieron otros. Hicieron presa en los otros brazos del Reloj, en los dígitos del orbe… Poco a poco la masa de niebla empezó a envolver el Reloj. Envolver o, como se percató Mareisha, introducirse dentro de él. Un minuto después de que el primer seudópodo se adhiriese al Reloj toda la burbuja de niebla había acabado desapareciendo dentro del orbe, que había recuperado su brillo habitual.

–Bien está lo que bien acaba –dijo uno de los Amos.

–Aunque para ello se deba recorrer caminos tortuosos –apostilló el otro.

Mareisha había vuelto a clavar la mirada en el suelo. No estaba acostumbrada a compartir espacio con Amos.

–Contempla el Reloj, Mareisha –dijo uno de los Amos.

La anciana obedeció y alzó la cabeza. El Reloj resplandecía con una intensidad renovada. Más incluso que antes.

–Sí, obsérvalo y recuerda –hablaba el otro Amo.

–Tu marido ha infringido el código, poniendo en peligro la realidad –dijeron al unísono–. Pero gracias a la Voluntad infiltrada en su carne, domeñada por el dolor, todo ha vuelto al orden establecido.

En la voz de los Amos no parecía haber reproche, pero aun así la anciana se sentía castigada.

–Ve, mujer. Regresa a la Colmena. Nosotros todavía tenemos trabajo.

Uno de los Amos le estaba indicando con la mano el camino al edificio. El otro se había acercado al sitio donde Thiaverg callera presa de los dolores. La anciana empezó a caminar hacia la Colmena, pero no sin antes ver lo que el Amo recogía del suelo: una pieza de metal dorado. Todavía surgían de ella finísimos hilos de humo. Un humo dorado… y que emitía un leve resplandor. El trozo de metal parecía retorcido, como si hubiera sufrido la acción de un fuego intenso en extremo. Aun así la mujer llegó a identificar su forma: se trataba de un broche en forma de candado. O quizá al revés.

El amo tomó la pieza y se volvió hacia su hermano.

–Uno más. Éste mucho más complejo. Espero que resista.

–O que lo haga por lo menos unos cuantos milenios más.

Aquellas últimas palabras Mareisha más que oírlas las adivinó. El Amo que había recogido el candado le dirigió una mirada intensa. La anciana giró la cabeza, espantada, y aceleró el paso todo lo que pudo. Sentía en su nuca aquellos ojos repletos de Voluntad.

El otro Amo dijo:

–Vamos. Debemos unirlo al resto. Ocho. Ya van ocho.

Mareisha hacía un enorme esfuerzo por no echar a correr. Sus pies casi volaban en dirección a la Colmena. Su cabeza bullía de ideas, de sensaciones, de temores. ¿Qué había pasado? Ignoraba cuánto tiempo le quedaba de vida, pero sabía que esos meses o años los pasaría en soledad. Había perdido para siempre a Shergev. Sin él los días se le harían más largos que nunca.

–¿Qué hiciste, viejo? ¿Viste acaso al Escritor?

Se repitió esas preguntas una y otra vez, hasta que las palabras empezaron a perder sentido. Porque en efecto: nada de lo que había visto tenía el menor sentido. O si lo tenía no quería conocerlo. Ya estaba muy vieja para ese tipo de misterios.

Sólo cuando llegó ante la entrada de la Colmena se permitió decelerar el paso y girarse. Justo en ese momento los Amos se introducían en el portalón del Campanario.

El Reloj.

Mareisha alzó la mirada hacia la esfera. Allí estaba, como si no hubiera sucedido nada. El brillo del orbe anunciaba la hora regalando su torrente de tiempo a toda la ciudad. A toda la realidad.

Y dentro de esa luz, de alguna manera, Shergev.

No, Shergev no, rectificó: Thiaverg. Su Shergev había desaparecido. Se había perdido antes de que la burbuja de niebla lo envolviera. Mucho antes de que los Amos lo encerraran en el Reloj.

¿Pero había llegado Thiaverg a elevarse? La anciana recordó la presencia que ocupaba la burbuja agazapada sobre su marido. Recordó cómo había pedido piedad, cómo su voz se había transformado en una jerga inarticulada y loca. Y como aquella masa luchaba por romper las paredes de la esfera. ¿Acaso había visto cómo, en el último momento ante de que el domo colapsara, esa entidad se arrojara sobre Thiaverg? Nunca lo sabría. Y estaba convencida de que aquel conocimiento no la pertenecía.

¿Qué había desatado Shergev?

“Algo que deberá evitarse al menos unos cuantos milenios más”. El Amo había dado a entender más o menos eso.

Milenios. Ella moriría y acabaría reducida a polvo muchísimo antes.

Volvió a mirar al Reloj. Cómo brillaba.

–Pareces nuevo.

Al decir eso Mareisha se dio cuenta, mejor que nunca, de lo inevitable del paso del tiempo. Y sonrió. El que uno se dé cuenta de cómo transcurre el tiempo sólo significa una cosa: que está vivo.

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3 comentarios sobre “La cuenta atrás del relojero (XXI)

    1. Hola, Dan.

      Nunca es tarde si la dicha es buena, que se suele decir. Aunque llegas para el último capítulo se agradece tu comentario. Espero un si te lees toda la historia disfrutes de igual manera.

      Un saludo y gracias de nuevo por molestarte en comentar.

  1. Felicidades por el serial. Estas últimas semanas me ha costado poder sentarme y leérmelo con calma, pero a merecido la pena. Puedes sentirte orgulloso por el trabajo realizado.
    He leído que estas sin ordenador, espero que el contratiempo se solucione lo antes posible. Un fuerte abrazo, Juan.

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