Se acabó el serial #LCAdR: ¿y ahora qué?

No hay hola.

Voy a desparramar un poco, así que avisado estás.

El pasado lunes acabó ‘La cuenta atrás del relojero’. Tras veinte semanas (veintiún capítulos) la historia llegó a su final. Veinte semanas. Cinco meses.

Me di ese tiempo para tener un texto definitivo de una novela. Parecía mucho, ¿no? Pues no. A día de hoy ni siquiera he acabado el primer borrador. Llevo escritas más de cien mil palabras, que calculo que suponen en torno a unos dos tercios de la extensión. Y estoy hablando de la extensión del primer borrador, que no del texto final: a medida que he ido avanzando me han surgido más y más notas de ambientación, notas que deberé introducir en la primera revisión. La mayor parte de esas notas no se refieren a naderías sino que consisten en pinceladas básicas (y necesarias) para poder dibujar el mundo tan complejo en el que me he sumergido con esta novela.

¿Cuánto tiempo me llevará acabarla? No me atrevo a dar una fecha, la verdad. Ojalá para navidad la pueda empezar a mover por editoriales o agentes. Ojalá.

El guion inicial (las tarjetas de base) consistía en treintaiún capítulos con once interludios, un prólogo y un epílogo. La obra actual ya cuenta con cuarenta capítulos y los interludios han pasado a ser diecinueve. Espero que esto sirva para hacerse una idea de cómo está engordando el original.

¿Cómo voy de avanzado? Ahora mismo tengo acabados los borradores (e insisto en ello: hablo de borradores, textos esbozados y temporales) de todos los interludios, y los veintisiete primeros capítulos. Eso me sitúa en que me queda más o menos por redactar un tercio de la obra.

Luego llega la ingrata y costosa labor de pulir y reescribir. Porque ya mismo sé que hay secciones enteras horribles: tienen su origen en los días en los que, pese a no estar nada inspirado, me he obligado a avanzar. Esos días he acabado perpetrando textos que apenas sirven como mero armazón de acontecimientos: requieren una reescritura absoluta, hecha con un mínimo de inspiración y no simple fuerza bruta.

Algunos pueden decir ¿por qué tanto esfuerzo, tantas horas? Sobre todo porque quiero hacer algo de lo que me sienta orgulloso. Intentaré que esta primera novela muestre mi manera de escribir y no se limite a algo hecho de manera apresurada. La historia de base podría haberse narrado en (a lo sumo) cincuenta mil palabras, pero lo que entonces tendría entre manos apenas podría calificarse de lectura ligera, carente ni de trasfondo, ni de ambientación, ni de atmósfera ni de personajes. No quiero que el primer título bajo mi nombre se asocie a obra de cartón piedra, como algunos ejemplos que ahora mismo tengo en mente y que me niego a nombrar. A día de hoy uno no resulta difícil encontrar lanzamientos editoriales que a mí me provocan vergüenza ajena. La calidad literaria ha dejado de ser un requisito. Mejor no hablemos de que estén escritas sin faltas de ortografía: hay editoriales y autores a los que les da igual que sus obras no superen la criba de una redacción de 2º de Primaria. El ‘pero me se entiende no?’ ya se ha instaurado incluso en la editoriales. Yo intentaré que en mi caso no me puedan echar en cara nada similar. Si para ello me debo tirar todo un año revisando, lo haré. Por todo esto que os cuento voy a seguir con la novela. Y voy a hacerlo hasta que acabe. Eso implica que hasta entonces esta web tendrá pocos contenidos.

Y hablando de contenidos ahora debo hablar de otra cosa que afecta lo que hasta ahora se leía en esta web: los cambios en Literautas.

En buena parte este blog empezó como resultado de mi relación con Literautas. Gracias a Literautas salí de un bloqueo creativo de en torno a diez años. La norma de los tres comentarios anónimos se me hacía de lo más interesante. Tanto es así que desde el primer momento he valorado más los tres comentarios anónimos que los que aparecían en la parte inferior del cuento (aunque no voy a negar que los otros no los recibiera mal). En el blog he ido colgando los comentarios, las impresiones a la hora de afrontar los retos.

Pero ahora esa ‘relación’ ha dado un giro de ciento ochenta grados: el taller ha pedido todo el interés, al menos para mí. ¿Qué ha pasado? Si no me equivoco lo de Literautas me parece la crónica de una muerte anunciada: una muerte de éxito. Se les está yendo de las manos, demasiado poblado. Ahora que los usuarios se han ¿duplicado? ¿triplicado? desde que yo llegara han dado el paso de ‘liberalizar’ el ecosistema: la norma de las tres críticas obligatorias y anónimas ha desaparecido. Para los responsables de la web sin duda supone una menor carga de trabajo. Pero me da en la nariz que va a tener sus consecuencias. Palabra de anticapitalista 😉 La desregulación libegal siempre tiene resultados nefastos. En este caso me temo que ocurrirá será que el taller convertirá en un patio de colegio poblado por grupitos endogámicos. Los miembros de esos grupos empezarán el consabido ritual de ‘cómo me gusto/cómo me gustas/comámonos uno a otro lo comible’, incapaces de decir a la cara ‘esto está mal por esta razón y por esta otra’. Porque ¿para qué me voy a esforzar en hacer una crítica constrictiva y elaborada para un desconocido cuando tengo mi círculo de amigos que me doran la píldora y yo se la doro a ellos? Eso sí, para los gestores resulta de los más cómodo. Se limitan a moderar los comentarios si alguno se sube de tono y ale, listo.

En definitiva, Literautas apunta a convertirse en una nueva y pequeña red social de amistades/contactos. Y a mí eso no me va (lo intenté con Scrites, pero no pude: esto del caralibro y similares me supera). No me va nada.

Lo dije desde el primer día: Literautas me ha servido de revulsivo, de acicate, de vigorizante. Me permitió salir del caparazón del bloqueo creativo, y de paso de mi cuarto oscuro, de esa dinámica de escribir sólo para mí. Todo ello se lo agradeceré siempre: si algún día me publican de verdad me siento en la obligación de incluirles en mi primera sección de Agradecimientos. Al César lo que es del César.

Pero el cambio en la dinámica del taller me hace alejarme de ellos. Casi con total seguridad no volveré a participar.

Así que sin aportaciones del taller ni serial ¿en qué quedará este blog? Pues en poco más que un escaparate de lo que vaya publicando por ahí, si consigo publicar algo. ¿De nuevo a la oscuridad de mi cuarto, a escribir en un 95% sólo para mí mismo? No lo sé. Al menos estoy seguro de que en esas tinieblas y en esa soledad me encuentro cómodo. El viaje fuera de ellas ha durado unos tres años, con un par de frutos destacables. No sé durante cuanto más se prolongará.

Hoy, más que nunca, tiene especial importancia la frase que cierra todas las entradas de este blog:

No hay adiós.

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