Cita ante el hipercubo

Relato que me publicó hoy hace un año la revista miNatura. Siguiendo la costumbre, como ya ha transcurrido ‘el plazo’ recupero el cuento para mi web.

Increíble pero cierto. ¡Bendito sea Schröeder! Su diseño de campo de éxtasis resiste incluso ahora, ante la singularidad inicial. No hay palabras para describir lo que veo.

Cuaderno de bitácora, día… ¡qué más da el día! Lo he logrado: he retrocedido casi catorce mil millones de años en esta sorprendente lata de sardinas. A lo largo de estos días mis ojos han visto cómo el universo de comprimía. Bueno, mis ojos no: los sensores taquiónicos.

Ante mí las galaxias han danzado volviendo a sus nidos de luz cegadora. A través de los altavoces he oído cómo el rumor del fondo de microondas recuperaba la energía y regresaba a su estado inicial de rayos gamma, un alarido lleno de furia. Los bariones han vuelto al seno de sus padres, los quarks y los gluones, como hijos pródigos mientras las ondas gravitacionales retorcían la sopa plasmática. Todo convergió hacia una inflación negativa, el espacio–tiempo crepitando al retraerse a la olla a presión que generó el cosmos.

Lo he visto todo por los monitores que tapizan la cápsula, flotando, apenas amarrado a la butaca cero–G. Afuera, más allá del horizonte Einstein– Schwarzschild–Schröeder que me rodea y protege, ya no existen ni el tiempo ni el espacio. Sólo quedamos el hipercubo y yo.

–Estoy ante el Principio de todo… y no hay el menor rastro de dios –las palabras de Gagarin surgen por sí solas: su recuerdo, incluso su presencia, lleva días rondándome.

Lo he logrado. Está todo registrado: ya puedo regresar a mi tiempo. Pero al ir a pulsar el botón de rebote salta una alarma. La cápsula queda inundada de luz roja y pulsante. ¿El campo ESS ha empezado a fallar? La luz, ¡se ha ido! Me envuelve una oscuridad densa, sólo rota por el alarido de la sirena… hasta que ésta cesa. Estoy ciego. Tiendo los brazos, palpo el aire. ¿Dónde demonios están los controles? No atino a dar con ellos. De hecho no logro encontrar nada. Ni siquiera noto las cinchas del asiento: floto en un vacío absoluto.

De repente intuyo una presencia. Ojos azules y fríos. ¿Gagarin? Alguien habla. ¿Yo… o él?

–Hágase la luz –escucho aquella voz y he que reconocer que sólo me pertenece en parte.

Todo explota a mi alrededor. Luz, espacio… y sonido en forma de exclamación: ¡Поехали!

 

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