La extraña conquista de BaradSar

No hay hola.

Texto colgado en un primer momento en la web de Literautas. Como he dejado de participar en ese taller, y dado que no existe otra copia del texto, lo alojo ahora yo en mi web a modo de copia de seguridad. En su día hablé de él y de los comentarios que recibió.

No hay adiós.

La extraña conquista de BaradSar

Decidió visitar a la bruja. Tomar tal elección suponía una pequeña derrota para él, AbDalKhan, conquistador de naciones. Siempre se había conducido según las normas del combate marcial, lo que suponía renegar de cualquier arte mágico. Pero la rebelde BaradSar se resistía desde hacía demasiado tiempo a sus huestes. Con sus fuentes y aljibes, jardines hortícolas y silos, soportaba como ninguna el asedio. Sus muros orgánicos, capaces de repararse a sí mismos, desafiaban a los cañones; incluso los dragones perdían utilidad repelidos por misteriosos haces de energía incandescente.

Pero AbDalKhan debía someter a BaradSar. Aunque para ello tuviera que rebajarse a usar magia.

Convocó a sus consejeros y les preguntó dónde podía dar con ella, la legendaria última bruja, Yashmina. El consejo intentó convencerle de la locura que aquello suponía, tratar con la criatura más aterradora del mundo, pero AbDalKhan se mostró inflexible. La volunta del señor se impuso y un grupo de eruditos trazó un plano para llegar a la probable morada de la nigromante. Por una extraña fortuna no parecía distar muchos días de BaradSar.

AbDalKhan partió en solitario: nadie sería testigo de su humillación al pedir consejo mágico.

Según la leyenda Yashmina había devorado los corazones de todas sus hermanas para acaparar sus poderes. Sin embargo, aun con todo ese supuesto poder, AbDalKhan la encontró malviviendo en una desvencijada choza erigida entre ruinas circulares. La bruja le aguardaba despierta dentro de la chabola, sus manos tendidas hacia un diminuto fuego chisporroteante. El pobre habitáculo olía a hierbas medicinales, ungüentos, mugre y orín rancio. Sin dar a AbDalKhan oportunidad de presentarse, la bruja habló:

–Sé a lo que vienes, AbDalKhan, y la respuesta está en esta botella – dijo la mujer, extrayendo de sus harapos un botellín de cristal esmeralda–. Pero no te puedo ayudar aquí: debemos regresar hacia BaradSar, al lugar donde unirás tu destino al de la ciudad.

AbDalKhan miró a la anciana con la mirada del guerrero incrédulo que sólo confía en su arma; pero obedeció. El viaje de regreso duró seis jornadas, la bruja y el conquistador compartiendo cabalgadura. La bruja parecía tan liviana que AbDalKhan creía estar acompañado por un espectro.

Al fin llegaron a su destino, la montaña BaradMor, cuya silueta dominaba la ciudad de BaradSar.

–Debemos subir a la cima. Andando.

AbDalKhan no protestó e inició el ascenso. Al alba del día siguiente alcanzaron la cumbre. AbDalKhan se volvió para contemplar el precipicio que acababa de escalar. A sus pies se desplegó toda la magnificencia de BaradSar: erizada de minaretes, enjoyada de palacios, engalanada de parques y estanques, fustigada por avenidas y vestida con telarañas de minúsculas calles. BaradSar la magnífica.

–La conquistaré, y nadie me la arrebatará –exclamó casi tan furioso como agotado–. Será mía.

–Así sea, poderoso señor. Pero primero toma esta pócima.

AbDalKhan arrebató el frasco de las garras de la bruja y bebió. Mientras lo hacía contemplaba el objeto de su deseo, BaradSar. La botella quedó vacía, pero él no notó nada especial. Se volvió iracundo hacia la bruja:

–Y bien, ¿ahora qué?

–Ahora desciende y conquista, mi señor –y sin previo aviso le propinó una patada en el estómago. AbDalKhan se encogió con el dolor y la sorpresa dibujados en su rostro. Sólo pudo dedicarle a la bruja una mirada de absoluto odio antes de precipitarse ladera abajo.

Durante unos instantes voló en caída libre. En su estómago notaba un intenso bullir, un revoloteo de mariposas. Rozó una roca que sobresalía del precipicio y sus huesos crujieron. Las mariposas de su estómago estallaron. Un intenso calor cubrió a AbDalKhan: sus brazos, sus piernas, su torso, todo él estaba envuelto en una bola de fuego. Siguió rodando ladera abajo. Allí donde su ardiente y descoyuntado cuerpo tocaba las rocas éstas se fundían. En apenas un puñado de latidos AbDalKhan se había convertido en el corazón viviente de una enorme e imparable colada de lava. La avalancha crecía a medida que descendía directa hacia la ciudad.

AbDalKhan apenas tuvo conciencia de los gritos, los llantos, la huida. Estaba desconcertado, alma consciente y agonizante de un mar de fuego. BaradSar cayó. Bajo un ejército de lava, pero cayó: murallas derruidas, palacios arrasados, parques devastados, avenidas y calles sepultadas.

Pasaron años, siglos.

Una única figura solitaria recorría las ruinas de BaradSar, un enorme gólem de basalto. Patrullaba la ciudad, lento pero implacable. En su mente ardía un único deseo: expulsar a los forasteros; o, si podía, torturarlos, matarlos…

–Es mía, sólo mía –bramaba–. Nadie me la arrebatará. Nunca.

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