Salvaje melodía de un mal sueño

No hay hola.

Texto colgado en un primer momento en la web de Literautas. Como he dejado de participar en ese taller, y como no existe otra copia del texto, lo alojo ahora yo en mi web a modo de copia de seguridad. En su día hablé de él y de los comentarios que recibió.

No hay adiós.

Salvaje melodía de un mal sueño

Apuró el paso al escuchar las doce campanadas. Los tañidos se propagaban por el éter cual nube de tormenta. La melodía salvaje, colosal exabrupto de protocaos emanado del carrillón–volcán, empezaba a cubrir las calles de Ombligo ahuyentando a sus habitantes. Pero CánticoDelAura debía soportar la lluvia caustica: su puesto de amalgamador le obligaba a presentarse en el domo tras cada erupción.

Pero esta vez llegaba tarde. Mientras avanzaba CánticoDelAura intentaba apartar de su mente la pesadilla o visión que había retumbado en su subalma aquel último periodo. Se negaba a calificarla como premonición: no podía admitir que semejante aberración pudiera tejerse. Pero aun así la fantasmagoría había drenado parte de su melodía, obligándole a recorrer ahora las calles dando tumbos. Sus pseudópodos apenas atinaban a modular un paso recto, sus pies tropezando con sus garras y sus manipuladores: sus diapasones y sensorios intentaban acompasar los movimientos, pero con tal esfuerzo que –no tenía la menor duda–llegaría tarde a la cantata.

Los doce tañidos del carrillón se estancaban, calmos y funestos. La lluvia de notas precipitaba conjurando disonancias cada vez más afiladas y rotundas. CánticoDelAura debía llegar al domo antes de que la cacofonía impregnara todo Ombligo: la Melodía del Universo peligraba si los demiurgos no absorbían la caótica materia del carrillón–volcán y él no la destilaba tejiendo con su canción una nueva realidad.

Al fin divisó la torre y, sobre ella, el domo; en él los demiurgos le debían estar aguardando con impaciencia. Corrió hacia las puertas, más fustigado por su sueño de roca, fuego y metal que por la censura de sus compañeros. Ascendió usando una rica escala de tonos, timbres e intensidades. Llegado al pináculo se detuvo un suspiro contemplando la enorme belleza de Ombligo: las melodías de la ciudad, complejas y variadas, delicadas y poderosas, se extendían hasta el infinito.

Bajo el domo esperaba el círculo de los doce, todos nerviosos ante la progresión del estallido volcánico.

–¡La melodía! ¡Rápido! ¡Debemos trenzarla!

–Perdón, pero tuve una…

–¡Explicaciones después! ¡Bebamos! ¡Modulemos!

Y los doce desplegaron sus embudos hacia el éter para absorber los cada vez más densos y rebeldes resquicios de sonoridad. CánticoDelAura se colocó en el centro del corro y extendió sus pseudópodos hacia los demiurgos. Recibía la energía salvaje que estos canalizaban, la purificaba y tejía para así modular una variación de Sinfonía, una nueva melodía–realidad que volcar al multiverso.

–¿Qué ocurre, CánticoDelAura? No exudas Sinfonía.

–No puedo. Estoy cansado. Y aterrado. La visión que tuve…

–Debes modular. Lo sabes: modificar y dejar fluir.

–Pero noto tal quemazón en mi subalma… Lo veo: sólido y estable. Rígido. Estricto. Me devora.

–¡No! Estás cristalizando la energía dentro de ti. ¡Libérate de ella!

Pero CánticoDelAura no podía. Notaba cómo la cacofonía de las campanadas, demasiado macerada y viciada, se clavaba en su esencia. Diamantes de canción desnuda cuajaron en sus pseudópodos, solidificando su bulbo, congelando su subalma. CánticoDelAura perdía la fluidez de su propia melodía. Pero los demiurgos no podían detener el flujo: una vez iniciado el proceso pararlo suponía arriesgarse a generar una inconsistencia en la continuidad de la Canción. Así CánticoDelAura, incapaz de expulsar ese flujo sónico incontrolable, atenazado por el pavor que su visión le provocaba, se fundió con la sonata del carrillón. Las energías confluyeron en su cuerpo hasta que en un momento dado colapsaron en un punto infinitesimal, deslumbrante, denso y cálido que nunca nada antes visto. Los demiurgos, sin más flujos que drenar, observan aterrados el hipercubo que antes fuera CánticoDelAura. Pulsaba con latidos de luz inestable: la Canción parecía pugnar por florecer, pero algo se lo impedía.

–Mirad, hermanos. ¿Qué es eso?

Los doce se acercaron a la singularidad. La energía borboteaba en ella, retorciéndose y enlazándose sin orden alguno. Pero aun así lo vieron: atónitos estudiaron y comprendieron aquella aberración. Debían deshacerse de ella. En un consejo de emergencia –tentáculos conectados, subalmas solapadas– decidieron ¡exilio!: en el multiverso no había lugar para esa depravación. Usando una melodía aséptica y lánguida los doce elevaron aquel grano de imposible densidad y lo catapultaron más allá de los límites de Ombligo, al borde de los dominios de La Voluntad.

–Adiós, CánticoDelAura –murmuraron, tras lo cual regresaron a sus quehaceres tan tristes como espantados. Recordaban los horrores entrevistos en esa aberrante realidad, estricta y cuadriculada (roca, fuego y metal), toda ella normas. Les aterraba su desconcertante luz de velocidad limitada e inmodificable, y aquella norma–lápida rezando que todo mantenía su estado mientras nada lo perturbara.

Un infierno determinista.

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