La erosión

No hay hola.

Texto colgado en un primer momento en la web de Literautas. Como he dejado de participar en ese taller, y dado que no existe otra copia del texto, lo alojo ahora yo en mi web a modo de copia de seguridad. En su día hablé de él y de los comentarios que recibió.

No hay adiós.

La erosión

De repente el viejo superviviente pudo poner nombre a la sensación que le asfixiaba desde primera hora de la mañana: genuina desesperación.

No daba crédito. Su mano se crispó arrugando el periódico.

La desesperación exigía explicaciones. ¿Qué hacía ahí? Resistir, esperar. Encerrado tras un invisible e inquebrantable domo de éxtasis, llevaba décadas esperando a otros como él.

Pero nunca llegaron.

Contempló el panorama que se desplegaba a sus pies, incapaz de evitar compararlo con los recuerdos que atesoraba en su mente. La desesperación lo coloreó el contraste de una manera tan potente que, aturdido, tuvo que sentarse.

Buscó tranquilizarse volviendo la cabeza hacia su parque: un anillo verde de varias decenas de hectáreas que trepaba las laderas de un pico basáltico. En una vertiente de la montaña había una gran puerta de metal, único acceso de superficie al complejo subterráneo. Bajo el parque, en el mismo corazón del volcán extinto, se desplegaba un laberinto de habitaciones, almacenes y salas. Asistentes robóticos conservaban el bunker y mantenían bello el parque. Su hogar durante… casi toda su vida.

–Las instalaciones pueden alojar hasta un millar de sujetos. Tendrá mucha compañía –le dijeron. Esos elegidos recorrerían el túnel, superarían los controles y atravesarían las exclusas.

Pero los días se convirtieron semanas, éstas en meses, en años. Mientras el silencio impuso su imperio en el exterior. El Mal se adueñó de todo, sus hordas de peregrinos surcando la tierra.

Y el superviviente contempló todo ello.

Los primeros años recorría el parque con cierta frecuencia. Pero siempre acababa llegando a aquel banco… y al horror mudo que desde él se divisaba. No comprendía cómo lo habían colocado allí, a un metro escaso de la cúpula. Desde él se divisaba el valle, y en él la ciudad. Su ciudad. La recordaba rutilante, un alegre caos de neón.

Hasta que el Mal llegó, y con él sus peregrinos. Recorrieron el planeta fustigados por su hambre, manadas trazan nuevas cañadas de horror. Una de ellas terminaba en el banco. Sólo el muro transparente de la cúpula separaba al superviviente del rebaño. Recordaba cómo se aplastaban contra la pared, unos sobre otros, rabiosos, frustrados. Hambrientos. La horda fluctuaba, disgregándose cuando abandonaba el banco, pero acudiendo presta si decidía sentarse. Como depredadores ante su presa.

Pero aquel espectáculo no afectaba al superviviente: él seguías esperando a otros iguales.

Los años transcurrieron.

La muerte, en forma de corrupción, abrazó a los peregrinos por segunda vez. De ellos sólo quedó una enorme montaña de huesos apoyada contra la cúpula. Cráneos, costillas, fémures, vértebras… todos quebrados, aplastados por su propio peso. Su espera había concluido: no habían logrado su objetivo, paladear la carne del superviviente, pero ya descansaban. Viendo los restos el anciano notó que su desesperación se fortalecía. ¿Envidiaba a esas criaturas?

¿Por qué ahora? Hasta entonces su ánimo jamás había decaído. Cada mañana se despertaba convencido de que llegaría alguien. El día pasaba en vano pero él no cedía. Habría otro amanecer, otra esperanza. Y él debía estar allí para recibirla. No admitía ninguna otra alternativa: sobrevivir. Esa determinación le hubiera brindado una salud de hierro; o puede que al revés, su salud inquebrantable hubiera abonado esa voluntad.

Hasta esa mañana: la desesperación había agrietado su coraza.

Sentado en el banco contempló la pila de restos descarnados, en otro tiempo voraz especie dominante del planeta. Ellos y su padre: el Mal. Los vástagos habían desaparecido, pero los sensores decían que el Mal todavía recorría la atmosfera. La plaga, enarbolando una determinación más firme que la de sus hordas, había alcanzado su objetivo: dominar el mundo.

El anciano miró el viejo periódico. Sobre la foto de un mozalbete (lo costó reconocerse en ese rostro) el titular rezaba: “Inmune: hay esperanza”. ¿Qué había fallado? ¿Sólo él había resistido al Mal?

La grieta en su coraza se ensanchaba, escapando por ella su voluntad. Anhelaba algo que había quedado al otro lado de la cúpula: compañía, calor humano.

Sí, los peregrinos habían terminado cediendo. ¿Podía él imitarles? Rendirse. Sucumbir.

–¿Y si mañana…?

El susurro provino desde dentro de su cráneo: su voluntad no se rendía.

–¿Has llegado hasta aquí… para nada?

Ahora no. No podía ceder.

¿O sí?

Se levantó del banco para adentrarse en el parque. La desesperación luchaba contra la voluntad. El viejo dejó que ambas pelearan. Estaba demasiado cansado.

Cansancio: ahí estaba la clave. Tras la desesperación, cansancio.

Al otro lado del domo una calavera se desmoronó riendo el triunfo del tiempo frente a la voluntad. O quizá cediendo erosionado por él.

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