El castigo

No hay hola.

Texto colgado en un primer momento en la web de Literautas. Como he dejado de participar en ese taller, y dado que no existe otra copia del texto, lo alojo ahora yo en mi web a modo de copia de seguridad. En su día hablé de él y de los comentarios que recibió.

No hay adiós.

El castigo

Despierto. Me ha costado mucho, más de lo que nunca pudiera imaginar: han trabajado bien. Demasiado bien. Pero logro activar mi cerebro, que se despereza con lentitud. La oscuridad me rodea: tinieblas, silencio, frío. Identifico las dentelladas del hielo perforando mi carne.

¿Qué me han hecho?

Conozco mi condena, la anulación de mi persona por el resto de la eternidad, pero no el método. Cuando aquel humano dictó sentencia sólo pude reírme: ¿ creían que podrían eliminarme? ¿A mí, un vol–señor, maestro de la Voluntad? Sus grilletes de éxtasis sólo podrían someterme por un tiempo: en prisión acumularía Voluntad, y una vez concentrara bastante ninguna cadena podría confinarme. Nadie frenaría mi venganza: su sangre regaría la tierra.

Y yo reiría.

Pero por ahora debía centrarme en acumular Voluntad.

La oscuridad me oprime, el silencio me ciega, el frío me aplasta. Pero no me vencen. Me aclimato a ellos.

Pasa el tiempo, y la dentellada se vuelve beso.

Mi prisión no puede encerrar del todo mi subalma, que florece expandiéndose, desplegando pseudópodos. Con ellos analizo cuanto me rodea: descubro que estoy bajo una cantidad de hielo tan enorme que se escapa a mi mente. Ignoro cómo pero me han sepultado en el corazón de un glaciar, el padre de todos ellos. Sobre él una ventisca descarga sin pausa. El viento aúlla, vomitando copos que devora el glaciar. Siento caer las capas de nieve, acumulándose una sobre otra. Un circo de roca constriñe al coloso: los muros, sin fin aparente, se elevan desafiando las estrellas.

¿Creen que el hielo, la nieve, el frío y el viento podrán someterme? No. Soy un vol–señor, miembro de una casta muy especial. En otros parajes nos llaman juggernauts: aquellos a los que nada les puede detener. Esos humanos van a descubrir el significado de mi poder.

Inicio el proceso. Templo mi subalma. Noto cómo la canción arranca bien: la melodía surge y mi esencia sintoniza con la Canción que subyace bajo la realidad. Atisbo el paisaje que no es, el mundo que vincula al todo con la nada mediante la Canción. Incluso diviso en esa remota no–distancia la silueta de La Ciudad, el Corazón de Toda Melodía.

Retuerzo mi subalma, obligándola a trazar circunvoluciones y fintas que alguien ajeno a este aspecto de la Voluntad jamás comprendería. Obro una proeza que para mí no supone el menor esfuerzo.

O no debería.

Con la melodía debería surgir la letra. En condiciones normales emana sin necesidad de otro impulso. Y lo hace, sí, pero mal: la letra cojea. Algo falta en ella, algo sin lo cual no puede desencadenar su potencial, sin lo que no puede obrar mi Voluntad. Ni crear. Ni destruir.

Me retuerzo en mi prisión, analizo lo que ocurre. Escucho la melodía, repaso la letra. Más allá, muy por encima, la ventisca arrecia. El hielo responde con chasquidos. ¿Acaso el coloso de hielo que me aloja se está riendo? Parece que disfruta. Me está digiriendo, en cuerpo y alma.

Intento calmarme. Vuelvo a empezar. Relax. Concentración. Enfoque. Definición. Sintonía. Silencio. Murmullo. Melodía. Crecimiento. Letra.

No.

De nuevo noto como el proceso renquea. ¿Qué sucede? Detengo la canción. Noto crecer la desesperación. Sé que sintonizo bien con la Voluntad. La melodía está bien. Pero la letra… la analizo una vez, dos, tres. De repente percibo algo, una ausencia. Falta un elemento, una ausencia en la narración. Sin embargo no lo logro identificar. Parece como si nunca hubiera faltado. Intento esquivar ese vacío y seguir adelante.

Pero no puedo.

El beso del frío vuelve a hacerse dentellada, un desgarro que no disimula las carcajadas. Sobre mí la ventisca tañe truenos que parecen clamar triunfo. Imaginaciones mías, por supuesto.

Sin embargo una idea, una aberración, acecha mi mente: que esos humanos puedan haberme vencido. Me han enterrado en hielo, me han aislado. ‘Anulación de mi persona por el resto de la eternidad’. En efecto, el enterramiento en el corazón de un glaciar supondría la aniquilación para cualquier miembro de esa basura, El Hombre. Pero no ante un vol–señor.

Pero no puedo escapar.

Me han vencido.

¿Cómo? Borrando una parte de mi esencia.

Esa ausencia… Recapacito. Escucho mis palabras y noto que, en efecto, algo falta. Ignoro el qué, pero reconozco ese vacío como parte de mi realidad, de mi poder.

Sólo me queda esperar, contemplar cómo prosigue el castigo: me están desmantelando, pieza a pieza.

Tiempo pasa, y vacío se agranda. Perdida se mezcla con consuelo: olvido me anestesia. Al menos no duele.

Olvido.

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