Ese poema llamado alma

No hay hola.

Texto colgado en un primer momento en la web de Literautas. Dado que no existe otra copia del texto ahora alojo aquí esa versión a modo de copia de seguridad. En su día hablé de él y de los comentarios que recibió.

No hay adiós.

Ese poema llamado alma

“El cuerpo es el sobre que envuelve ese poema llamado alma. Cuídalo.”

Suena ñoño, ¿no? Siempre me lo pareció, incluso al cabo de los años. Presidía la pared del despacho del señor Arzuaga, el director del reformatorio. Lo leí innumerables veces, siempre que me llamaban a su presencia.

“Ese poema llamado alma”. Jódete. Qué cursi, por dios.

Aquella basura no servía para chicos como yo. Arzuaga lo sabía y nos miraba con una mezcla de condescendencia y repulsión. Debía su trabajo y su sueldo a nuestra existencia, pero su discurso paternalista dejaba bien claro que él y la ‘gente normal’ poco tenían que ver con nosotros. La ‘gente normal’ no conocía al asistente social más que a sus padres, ni consideraba al reformatorio su propia casa. Pero yo no quería tener nada que ver con ese infierno del que hui con doce años. Prefería las peleas de la institución a mi padre y su cinto.

Pero todo acaba. Al cumplir los dieciocho salí del reformatorio sólo para encontrarme inmerso en una libertad prisionera: en teoría podía hacer lo que quisiera; sin embargo, sin dinero ni estudios, sólo me quedaba delinquir, mendigar… o acabar en una banda.

Por supuesto escogí la banda. Tras superar las pruebas (puñetazos, sangre y malas artes) me encontré integrado entre ellos, uno más en La Hermandad. Así descubrí, no sin cierto placer, que ninguno pertenecía a la ‘gente normal’ de Arzuaga. Eran mis iguales.

–Estás muy flaco –me soltó Mato mi primer día–. Hay que hacer algo con eso.

¿Cómo describir a Mato? Un armario ropero, una columna de músculos… un coloso capaz de intimidar con su mera presencia. Él mandaba. Y punto.

Se volvió hacia otro hermano.

–Ches, dile a Flaco donde está la cocina… y enséñale el gimnasio. Da grima verle así de escuchimizado. Ha pasado las pruebas demostrando poseer alma de tigre. Quiero que tenga ese aspecto.

El tal Ches se me acercó. No parecía mucho más gordo que yo, pero descubrí cómo se le dibujaban los músculos bajo su piel. Fibra pura, resortes dispuestos a saltar.

–Hola, Ches. Me llamo Ant…

–Flaco. Te llamas Flaco –dijo tajante–. Sígueme.

Sin más se dirigió a una de las puertas del ruinoso salón. Estábamos en la planta baja de la casa abandonaba que servía de cubil a la banda. Afuera, más allá de la maraña selvática del jardín, se alzaba la verdadera jungla. Justo antes de salir volví a oír a mi espalda la voz de Mato:

–Ches, cuando haya acabado de comer llévale con Emma. Debe empezar a hacer ejercicio. Mucho. Ya sabes.

Y soltando una carcajada siguió charlando con el resto de hermanos. Éstos, repantingados en los sofás mugrientos de la sala, le reían las bromas. Mato tenía poder.

Ese día comí mejor que nunca, conocí a Emma y luego –todavía sudoroso– me machaqué en el gimnasio.

***

Los años transcurrieron. Crecí en todos los sentidos. Tal y como predijo Mato me convertí en un tigre, una bestia forjada a base de ejercicio y sexo.

Al tiempo que me forjaba Mato se consumía. Descubrí cómo el poder podía desgastar. Le conocía bien: Mato, bajo esa fachada brutal, se mostraba débil –o magnánimo– en las misiones demasiadas veces. Eso me defraudó… y me abrió paso. Él cedía ante el enemigo, yo les machacaba. Sin piedad.

***

–Te llama Mato.

Ches seguía igual: delgado y mortal, un bisturí humano. Asentí y me dirigí al despacho, por llamarlo de alguna manera, de Mato.

El gigante esperaba de pie.

–Lo dejo, Flaco. Ya está hablado con el Jefe –hablaba del Jefe, una figura invisible que movía todos los hilos–. Tienes su bendición. Si quieres, claro.

Al decirlo me tendió un sobre.

–¿Qué es esto?

–Ábrelo.

Lo hice. El sobre estaba vacío.

–Pero… ¿qué cojones?

–Sabes de sobra lo que significa, Flaco.

Me quedé en silencio.

–Lo has leído miles de veces. El lema del Jefe.

Un recuerdo súbito me vino a la mente. Noté cómo la mandíbula se me desencajaba.

–Él…

–Sí, él. Nos escoge, nos encamina.

–Sigo sin entender.

–Hemos moldeado tu cuerpo, lo hemos cuidado. Ahora, si de verdad quieres el Poder, él exige su contenido. El poema. Para que lo introduzcas aquí –Mato señaló el sobre–. Tú decides. Yo dimito.

Mato me mostró otro sobre, éste de aspecto viejo, desgastado. Lo rompió. De él emergió un melodioso hilo de bruma. Ascendió hacia su rostro. Mato aspiró el humo y sonrió.

–Al fin, de nuevo completo. Adiós.

Salió del despacho dejándome sólo, dubitativo.

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