El velo desgarrado

No hay hola.

Texto colgado en un primer momento en la web de Literautas. Dado que no existe otra copia del texto ahora alojo aquí esa versión a modo de copia de seguridad. En su día hablé de él.

No hay adiós.

El velo desgarrado

H tenía que admitirlo: nunca antes había muerto con tal intensidad.

Una riada de dolor incandescente le aplastó. Durante un infinito milisegundo H se creyó un insecto espachurrado contra una pared por un gigantesco dedo de lava. Por fortuna la muerte llegó conjurando un nuevo nexo. H cruzó el velo. Deseaba estar de regreso a la inclusa lo antes posible. Pero el dolor seguía al otro lado. Hasta entonces atravesar el velo implicaba dejar atrás el dolor y sustituirlo por el abrazo relajante, incluso maternal, de los líquidos recuperalmadores del nulltanque. Sin embargo la tortura continuaba tras aquella muerte. H intentó abrir los ojos, ver en qué estado había quedado. Sólo entonces, con un ramalazo de comprensión y agonía incandescentes, descubrió que no tenía ojos. Padre le informó de su estado con la frialdad habitual:

–Cuerpo volatilizado en un 89’53%. Shock volitivo inminente.

El dolor. No desaparecía.

Tal y como Padre vaticinara, H se desmayó.

***

–Regeneración completada –anunció Padre. El ordenador drenó el nulltanque y abrió la puerta, pero H no se percató de ello. Incluso el golpe contra el suelo le pareció algo remoto. H se limitó a gruñir sorprendido, incapaz de vocalizar: su mente remoloneaba entre brumas. Apenas sabía que estaba desnudo, tendido sobre un charco de líquido regenerativo. Indefenso y machacado.

Algo había ido mal. Muy mal.

Debía recordar.

La turba. Le perseguía, le acorralaba.

En su huida H se había adentrado en Liencres, uno de los arrabales que crecían tumefactos a la sombra de NeoSantander. Más allá de los tejados de uralita y fibras de eucalipto trenzado se alzaba La Cúpula. La colosal giba semiderruida cubría con ángulo inquietante la bahía y sus valles aledaños. Un apático sol de mediodía empezaba a asomar entre una capota de nubes. Arrancaba al domo reflejos rojizos y grises, metal herrumbroso sosteniendo cristales rotos. Debía alejarse de ella.

H se introdujo el dédalo de callejuelas y patios de la favela esperando despistar a los Corps. Pero había acabado sucediendo todo lo contrario: de alguna manera sus habitantes estaban sobre aviso de su naturaleza y acabaron uniéndose a los Corps. En minutos le acorralaba una horda. Enarbolaban cuchillos, porras y armas de lo más variopinto al grito de ‘¡Un Recurrente! ¡Es un Recurrente!’. H había corrido esquivando golpes, zambulléndose en callejas sombrías alfombradas de aguas fecales. Hasta que llegó al hospital. Estaba erigido sobre una pequeña colina despejada de chabolas: al parecer nadie deseaba vivir junto a sus muros de polvoriento ladrillo rojo.

Tras H emergió un murmullo de conmoción. Se giró y vio que la marabunta, aunque estaba casi encima de él, se mostraba reacia a rebasar el perímetro del hospital. En sus miradas relucía una mezcla de rabia e impotencia.

¿He entrado en una especie de suelo sagrado?, pensó H incrédulo.

La turba se congregó en el límite del claro, apretándose contra una línea invisible que no se atrevían a cruzar.

Una piedra voló hacia H, que la esquivó sin problemas. La lluvia de objetos arreció obligándole a retroceder. Le arrojaban todo cuanto tenían a mano: armas, cascotes… Reculó hasta quedar fuera de su alcance. Entonces H había sonreído: estaba libre. Una libertad precaria y efímera, sí, pero satisfactoria.

De repente le vio. El hombre emergió de entre la masa. Vestía una cogulla pulcra y cuidada, nada que ver con los andrajos del resto ni con el cuero negro ajustado de los Corps. Tampoco se trataba de uno de los ReAs que patrullaban barrios como aquel, por supuesto: el encapuchado estaba vivo, muy vivo. H no había visto su rostro oculto en sombras pero sí la mano. Y en ella la extraña pistola: no se parecía a ninguna perteneciente a esa línea temporal. Durante un segundo H había contemplado el cañón grueso y compacto. Entonces el desconocido disparó. El rayo desintegrador acertó a H de lleno.

Dolor, muerte.

Nexo. Velo.

Olvido.

***

El dolor empezaba a remitir. H logró arrastrarse fuera del charco de líquido recuperalmas. Apoyó un pie, luego otro. Al fin pudo caminar. Tambaleante, salió de la inclusa hacia la sala que alojaba a Padre.

–Estado –le ordenó al sistema–. Último nexo: parámetros de velo.

El informe flotó ante los ojos de H. Vio un destello anormal.

–Amplia; confina.

Los dígitos magnificados revelaron lo esperado:

–¡Imposible! Esa temporrealidad… está colapsada: conocen la existencia del Bucle. Eso implica una Baza Máxima: ¡exterminio global!

El Programa estaba comprometido.

H sabía lo que debía hacer: regresar, descubrir la filtración, al traidor… y quizá –casi seguro– morir de nuevo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s