Una atribulada secuencia de palabras tras la preposición

No hay hola.

Texto colgado en un primer momento en la web de Literautas. Dado que no existe otra copia del texto, ahora lo alojo yo en mi web a modo de copia de seguridad. En su día ya hablé de él.

No hay adiós.

Una atribulada secuencia de palabras tras la preposición

El anciano encontró la llave en

en

La pluma alzó el vuelo convirtiendo el negro sobre blanco en un vacío descarnado. Durante un lapso de tiempo (eterno para él, inapreciable para el lector) el Escritor dudó.

El anciano encontró la llave en…

Los puntos suspensivos se convirtieron en un arrecife de tres colmillos afilados y amenazadores, la primera evidencia de derrota.

en…

Esta vez el Escritor obligó a la pluma a permanecer sobre el papel tras el tercer punto. Éste acabó alargándose. Lo carente de dimensión se convirtió en trazo unidimensional. La línea se prolongó hacia la derecha y de repente, sin que el Escritor lo deseara, se elevó dibujando una curva. Cuando la pendiente había ascendido superando el extremo superior de la ‘l’ de ‘llave’ el trazo empezó a retroceder, aunque sin dejar de elevarse. El Escritor dejó que la inspiración fluyese; ésta lo hizo en la forma de lo que parecía una enorme O.

El anciano encontró la llave en.._______O

Sin embargo, al llegar la pluma al punto en el que el trazo de la O debería cerrar el círculo, el sendero de tinta siguió avanzando. Adelante, arriba. Luego Atrás, sin dejar de ascender… y después retroceder, descender. Siempre buscando el corazón vacío del orificio, formando una espiral dextrógira. El trazo se adentraba hacia la nada dibujando un sendero enclaustrado entre paredes enjutas y apretadas.

El anciano encontró la llave en.._______ Y luego el símbolo de una de sus hijastras, Atenea.

El Escritor contempló la espiral desconcertado: seguía sin saber qué escribir. Pero, la pluma flotaba sobre el papel, ansiosa, desesperada.

en

Una secuencia estalló en la mente del Escritor. En, entre, hacia, hasta … Se obligó a detener aquel arranque infantil.

Hizo que la pluma apapelizara. Con pulso tan firme como falso repitió la frase:

El anciano encontró la llave en

Esta vez no hubo puntos suspensivos: tras la preposición la pluma volvió a repetir la anomalía curvilínea. Sin que el Escritor comprendiera porqué, el sendero de tinta volvió a ascender y descender, adelante y atrás. Surgió una espiral nueva, esta vez mucho más apretada. La pared (negra, húmeda y brillante) se retorcía sobre sí misma. El sendero así trazado era tan estrecho que apenas permitía el paso de un suspiro de esperanza.

Al llegar al centro de la espiral la pluma no se alzó, no regresó a la vacuidad de la mente del Escritor. Al contrario, regresó por donde había venido. Pero no, no por ese mismo camino sino por otro: tachando, anegando, anulando, aniquilando el sendero blanco. El blanco suspiro de esperanza quedó barrido por la oleada de tinta negra.

Un instante después el Escritor contemplaba el resultado, un perfecto y enorme agujero de oscuridad sobre el blanco del papel:

El anciano encontró la llave en●

El emblema de Atenea había acabado convertido en una vacuidad digna de… ¿de quién? El Escritor contempló la mancha y sus profundidades. Aguzó la vista. Sí, tal y como creía, en ella había algo más. Presencias. Al principio sólo intuyó al Padre de Todo, Caos. Poco después atisbó otros poderes revolviéndose en lo profundo del pozo: Nix con su hermano Érebo; jugueteando entre ellos, furtivo y malicioso, se adivinaba la presencia de Dolos.

La intromisión de aquellas entidades molestó al Escritor. ¿Qué se creían? ¿Que podían interferir en La Creación? ¿O acaso querían decirle algo?

Aquella idea le subyugó. Tenía que llegar al fondo de aquella intromisión.

¿Y si…? El Escritor lanzó un dardo de atención al Reloj Mayor. El orbe resplandecía sobre su torre allá lejos, en Efímera. Las agujas proclamaban que aún quedaba cuerda. Tenía tiempo, tanto para crear como para investigar.

Aquel maldito espejo de oscuridad. La tinta parecía no querer secarse. Su negrura de aguas bituminosas le llamaba desafiándole a sumergirse en ellas.

Se asomó al brocal y contempló su reflejo oscurecido. La imagen le hizo una mueca gritando aquello que su mente no verbalizaba: ¡sumérgete!

No lo dudó. Todavía quedaban horas hasta que la cuerda del Reloj Mayor se agotara. El Escritor se zambulló en la negrura.

en●

Buceó entre la tinta. Debía encontrar lo que seguía tras la preposición.

Varias entidades se materializaron a su alrededor. No las vio: las sintió. Tampoco necesitaba más. Los reconoció: el padre, los dos hijos y el nieto regresaban. El Escritor se limitó a sonreír, dejando que su cohorte de psicopompos le guiara hacia la continuación de la frase.

El anciano encontró la llave en

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