Trabajo para dos

Relato en principio redactado para el número de verano de 2016 (con tema ‘hoteles’) de la Revista Argonautas. Pero me confundí con el máximo de palabras superándolo en mil, lo que hizo imposible que pasara la criba. El relato de por sí tiene poco recorrido así suelto, como verá quien lo lea: se trata de otra historia que pone en antecedentes de algo mucho más gordo. Podría considerarse el detonante, o el primer nudo, de una novela a escribir en un futuro. Pese a ello aquí lo dejo. Se trata de un texto de ciencia ficción que tiene una base dura. Espero que guste.

Un saludo.

La veterana, cincuentona y gruesa,  contempló a la joven y estilizada novata con una nada disimulada mirada de lobo.

–Así que tu primer día, ¿eh?

La muchacha dejó de curiosear entre los productos del carro y descubrió aquellos ojos ávidos refulgiendo en la otra camarera de cuarto. Notó cómo el color le subía al rostro.

–Sí –dijo con un hilo de voz y hundiendo la mirada. Su mano derecha empezó a juguetear con el mechón del flequillo que, rebelde y rubio, había escapado del yugo de la cofia. Odiaba ese uniforme tan anticuado (cofia y delantal blancos y almidonados, camisa y falda tableaba de media altura –ambos gris marengo–, todo rematado por unos calcetines blancos y unos zapatos castellanos negros), pero formaba parte del trabajo. Y necesitaba trabajar. Aunque fuese de camarera de habitaciones.

–No te preocupes. Siempre hay un primer día. Para todos. Incluso aquí dentro.

En ese preciso momento un ‘ding’ anunció que habían llegado. Las puertas del ascensor se abrieron mostrando un pequeño recibidor. Más allá se extendía hasta donde llegaba la vista un pasillo enmoquetado y pulcro. La ilimitada sucesión de puertas hacía que el recibidor pareciese de juguete.

–Anda, despierta –dijo la veterana balanceando su mano delante de la cara de la maravillada novata e invitándola a salir del ascensor–. Si no te parece mal empezaremos por el ala Este.

–Como digas.

–Pues sí, lo digo.

Del recibidor partían tres pasillos, uno central (el que se veía desde el interior del ascensor) y otros dos perpendiculares. La veterana tomó el de la derecha y se detuvo ante la primera habitación. La novata alzó la mirada. Sobre el dintel había una pantalla en la que brillaba un número de dígitos dorados: 1408–1001. La chica volvió a sentir el mismo vértigo que cuando le explicaron la naturaleza del hotel: ¡estaban en la planta 1408! ¡Y ante la habitación 1001! Sin lugar a dudas aquel hotel no se parecía a ninguno otro que conociera.

En el pomo no había ningún ‘No molestar’ colgado. La veterana se sacó del bolsillo la tarjeta llave maestra, abrió y accedió al interior. En el aire flotaba un olor punzante a sudor. La novata acertó a no fruncir el ceño: no deseaba quedar como una melindres desde el primer día.

–¿Entras o qué? –dijo la mujer desde el pequeño pasillo interno del cuarto.

–Sí, claro –respondió la muchacha empujando el carro.

–Cierra la puerta.

A pesar del olor la habitación apenas parecía usada. Más allá de la cama deshecha no había mucho trabajo: dar una pasada de aspiradora, limpiar el polvo, cambiar la ropa de cama, hacer el baño y poco más.

Cuando la novata hubo cerrado la puerta tras de sí la mujer asintió y se llevó una mano a la solapa de la camisa del uniforme.

–Perfecto –la veterana sonrió–. Eso me dará tiempo para… para contarte. Hay que acabar con esto –de repente había bajado el tono, hablando de una manera casi subversiva–. No nos merecemos que nos los quiten. Son carne de nuestra carne. Ni nosotros ni los derivados nos merecemos este trato.

–¿Perdón?

–Lo que has oído. Debemos pararles.

Los ojos de la veterana volvieron a refulgir de esa manera tan salvaje.

–Pero, ¿de qué hablas?

–No tenemos mucho tiempo. Carlos me ha puesto al tanto: la última remesa de turistas (esa horda de chinos de esta mañana) ha hecho que la ocupación llegue al punto crítico. El hotel, por imposible que parezca, está otra vez lleno. Y no vamos a dejar que vuelva a suceder.

La novata dio un paso atrás: no comprendía aquella manera tan incoherente de hablar. A su espalda notó la presencia de la puerta. Sólo tenía que abrirla, salir y… ¿y qué?

–Se nota que eres nueva. ¿Recuerdas la inyección?

La novata miró desconcertada a su compañera:

–La vacuna que me pusieron tras firmar el contrato…

–El contrato no: el ‘desistimiento de derivados’.

–Bueno, como se llame.

La carcajada de la veterana hizo que la muchacha se aplastara contra la puerta. La veterana avanzó un paso hacia ella. Su mano apretaba con fuerza la solapa del traje.

–‘Como se llame’ –la veterana reía sin alegría en la mirada–. No se trata de una simple vacuna de PRL (para cuidar de tu salud, vamos). Es algo más. Mucho más. Actúa en tu cuerpo a nivel cuántico. Verás, se…

De repente una voz artificial brotó de las solapas de la camisa de ambas mujeres.

Atención, en un minuto sufriremos una redistribución tipo 2. Que todo el personal se prepare.

Se trataba del intercomunicador bordado en os uniformes. A la novata le había parecido un detalle curioso. Curioso y excesivo. Hasta ese momento el aparato había permanecido muerto, haciendo que se olvidara de él.

Pero la veterana había hablado apantallándolo…

–¡Mierda! No hay tiempo –exclamó la mujer–. Túmbate. ¡Ya!

Sin esperar a la reacción de la novata se tendió sobre la moqueta cuan larga era.

–Pero ¿qué pasa?

–¿Quieres hacer el favor de tumbarte, desgraciada? ¿Es que no sabes lo que va a ocurrir?

Alzaba la cabeza lo justo para poder mirar a los ojos a la novata, que la observaba desconcertada.

–No.

La sorpresa se dibujó en el rostro de la veterana.

–Por dios, es cierto. ¿Es que no te han informado?

Los ojos de la muchacha se abrieron más aún. La incomprensión empezaba a teñirse de temor.

–Trata de relajarte: es lo mejor. ¡Y túmbate ya, por favor!

Al fin la muchacha hizo lo que le decían. Se recostó frente a su compañera al lado de la cama, separadas cosa de un metro y cara contra cara.

–Ocurra lo que ocurra debes recordar: hay que pararles.

Si la joven iba a formular alguna otra pregunta la sacudida que recorrió la habitación la hizo olvidarla. En su lugar profirió un gritito de sorpresa. Todo temblaba. Sus ojos saltaron de la cama a las paredes, al techo. ¿Acaso no se apreciaba cierto brillo? Sí, un destello líquido, brumoso. Su tono dorado le recordó a los números de las habitaciones. La vibración creció y con ella el resplandor.

«Un terremoto», pensó en un primer momento. Al instante apartó esa idea: jamás había oído hablar de terremotos en los que los edificios empezaran a brillar.

–¿Qué pas…?

Esta vez la sacudida no vino del edificio sino de su propio interior. Horrorizada, la chica se dio cuenta de que empezaba a convulsionar. Sus ojos danzaban sin control. No lograba enfocar nada. ¿Qué sucedía? Creyó ver que su compañera, la veterana, también sufría temblores.

«Mal de muchos, consuelo de tontos», la idea estalló en su mente para al instante siguiente acabar barrida por el terror.

La habitación resplandecía inundada por un resplandor de oro fundido. La chica empezó a notar calor. La temperatura subía y subía.

–¡No! ¡Es mía! ¡Hijos de puta! –La voz de la veterana sonaba remota, como a miles de kilómetros.

La novata creía que ardía. Al calor se sumaba una asfixiante sensación de presión, como si su cuerpo se hubiera convertido en una enorme lata de Coca–Cola, agita y a punto de estallar. Notaba esa hinchazón no sólo en su vientre, sino también en piernas, brazos, rostro…

Lanzó una mirada a su compañera: la veterana seguía temblando y maldiciendo de manera entrecortada. Entre sus juramentos insistía en que ‘algo era suyo’, que le pertenecía:

–Mía, es mía.

Repetía esas palabras sin cesar. Ella también se inflaba: tenía el uniforme dado de sí, a punto de reventar.

«¿Tengo ese aspecto?», pensó horrorizada la novata. «Cristo Jesús, ¿qué está pasando?»

De repente la veterana estalló. O eso le pareció a la muchacha. No tuvo tiempo de pensar mucho en ello: la cegó un relámpago dorado seguido de un latigazo incandescente. Notó cómo su cuerpo se desgarraba hasta explotar.

Luego, nada. Ni dolor ni horror.

Nada.

Cuando la novata abrió los ojos con temor de descubrir lo que había pasado. Había algo peludo justo ante su cara, bloqueando su visión. Intentó apartarse, pero notó los músculos agarrotados. Un millón de agujas, candentes como hielo, se clavaban en su carne. Aun así, pese al dolor, se obligó a moverse. Extendió un brazo y logró separarse del obstáculo para verlo mejor. Descubrió que se trataba de un cabeza rubia de pelo corto. Se apartó un poco para apreciar más detalles. Era un muchacho muy delgado. Vestía un uniforme idéntico al suyo. De la falda surgían unas piernas blancuzcas y escuchimizadas de aspecto cómico.

Al otro lado del extraño se escuchó un gemido. El rostro somnoliento de la veterana amaneció tras el horizonte de la espalda del chico.

–Hola, novata. ¿Cómo estás?

–No sé.

–No me extraña. Si no te han… pero ¡qué demonios! ¡Un chico!

La veterana de repente parecía tan desconcertada como la novata:

–¡Un chico! ¡Increíble! Nunca antes había visto algo similar. ¡Un derivado no clonado!

Mientras la mujer hablaba la novata aprovechó para incorporarse. Al hacerlo se llevó una nueva sorpresa: entre el chico y su compañera había otra mujer, idéntica a la veterana.

La gemela (la ‘derivada’, según había dicho) y el chico empezaron a moverse con torpeza, como si desperezaran.

–¿Qué significa todo esto? –Dijo la novata poniéndose por fin de pie.

–Un chico –la veterana parecía obsesionada con ese detalle­. Daba la impresión de que estuviera haciendo un auténtico esfuerzo por no gritar–. Pero ¡tú eres una chica!

La mujer contemplaba al muchacho, y la novata la imitó. Sólo entonces le reconoció:

–¡Lolo! ¡Lolooooooooooooo!

Llorando, se abalanzó sobre el muchacho. Éste recibió el abrazo con el desconcierto del que se acaba de despertar de un sueño pesado.

–¿Le conoces?

–Claro. Es Lolo, mi mellizo. Pero… ¡murió hace un año!

La voz del intercomunicador de sus solapas volvió a sonar:

–Proceso de redistribución tipo 2 acabado con éxito. Personal de cuartos, redistribúyanse, por favor.

–Debemos irnos – la furia vibraba en las palabras de la veterana–. Mierda. No me ha dado tiempo. A ver, tú… Lolo, ¡conmigo!

El muchacho se estaba acabando de incorporar. La veterana le tomó de la mano y lo acercó hacia sí. A su vez la novata respondió tratando de aferrar a su hermano por la otra mano, pero la mujer lo evitó con un golpe rápido y seco.

–No, ahora no puede irse –gimió la muchacha–. ¡Ahora que ha vuelto no!

La veterana ni se inmutó, dirigiendo su atención a su gemela:

–¡Derivada! Sí, tú: ve con la novata.

La copia obedeció sin chistar. Sin embargo los ojos de la chica seguían bailando alocados de la veterana a Lolo, y de éste otra vez a la mujer.

–No te vayas. ¡No te lo lleves!

–Son las normas: los derivados no pueden ser tutelados por sus progenitores –lo dijo con un rastro de rabia en su voz. ¿O quizá de impotencia?–. Si te descubren con él los dos acabaréis…

–¡Qué normas ni qué ostias! ¡Es mi hermano! ¡Mi hermano muerto y resucitado!

–Mira, niña: ni yo misma comprendo lo que ha pasado aquí. Pero te juro –la veterana dio un paso hacia la novata y tomó su mano. La acarició con unos dedos curtidos de trabajadora– que voy a hacer todo lo posible por descubrirlo. Mientras, te toca aprender dónde estás. Para trabajar aquí debes saber muchas cosas –la caricia se convirtió en presión. Las miradas de ambas colisionaron: la novata vio de nuevo esa misma fiereza que descubriera en el ascensor–. ¿Cómo se les ocurre contratar a personal de cuarto sin informarle?

La chica no sabía qué decir. Su atención seguía volcada en su hermano. Éste escuchaba en silencio. En su manera de mirar había la candidez y maravilla de un niño. A la muchacha le dio la impresión de estar contemplando a un chaval encerrado en un cuerpo adulto.

–¿No puedes decirme algo? –la pregunta podía estar dirigida tanto a la veterana como al muchacho.

–No hay tiempo… -dijo la mujer.

La desolación de la novata pareció remover algo en el interior de la mujer porque añadió con hartazgo:

–Han duplicado las habitaciones. Y con ellas a todo el personal de mantenimiento.

–Eso no tiene sentido.

–Lo que no tiene sentido es que te hayan contratado y, sin la menor formación, te hayan asignado a este destino. Ignoro tu condena pero…

–¿Condena?

Los ojos de la veterana se abrieron de par en par.

–Que no pagas condena… Debemos separarnos. No hay tiempo.

–Pero…

–¡No! Atenta. ¡Escucha¡ En los cuartos de gobernanza hay terminales. Accede a uno de ellos y empieza a investigar –la mujer tomó el bolígrafo que, junto a pañuelo, ocupaba el bolsillo de su delantal–. Busca esto: ‘hotel Hilbert’.

–Sí, ya sé cómo se llama este hotel.

–No: hay mucho más. Mucho, mucho más.

Al otro lado de la puerta empezó a escucharse trasiego de gente.

–Ha empezado la redistribución de personal. Encargaos Benita y tú –dijo señalando a su gemela– de este cuarto. Y hacedlo ya. Nosotros debemos irnos.

–Magda.

La voz de Lolo, arenosa y medio adormecida, afirmaba al mismo tiempo que preguntaba.

–¡Lolo!

Magda, la novata, intentó acariciar a su hermano pero la veterana se interpuso.

–No. Benita, ayuda a esta chiquilla a hacer lo que tiene que hacer. Tú ya deberías saber eso: la mitosis te lo debe haber dado.

–Hacer… cuarto. Sí, Benita.

La gemela habló con una voz pastosa, casi idéntica a la de Lolo.

La veterana estaba obligando a Lolo a salir de la habitación. Antes de cerrar la puerta se quedó justo bajo el dintel y se dirigió una última vez a la novata:

–Magda, recuerda lo que te he dicho: no deberían poder quitárnoslos así. Son carne de nuestra carne.

Una nueva pregunta, o quizá una galaxia de ellas, brilló en los ojos de Magda. La veterana se limitó a cabecear:

–Debemos irnos. Puede que nos veamos en un futuro. Investigaré, trataré de encontrar una razón para lo de tu hermano.

–¡Lolo!

–¡Magda! –El chico hablaba ahora con verdadera angustia.

–Adiós –atajó la veterana–. Trabaja y aprende. ‘Hilbert’. Recuerda: ‘hotel Hilbert’.

Y cerró la puerta. El mecanismo hizo click, bloqueándola.

Les quedan sólo cinco minutos para adecentar el cuarto –susurró la voz de la solapa.

–Vamos, rápido –dijo Benita. Magda se volvió y encontró en la gemela de su excompañera aquella mirada lobuna–. No tenemos tiempo.

La mujer empezó a recoger la ropa de cama. Magda no se movió, atónita y sin saber qué pensar. Seguía lanzando miradas a la puerta. Benita acabó de quitar las sábanas, las arrojó al saco de lo sucio y se volvió hacia la muchacha:

–A ver, la habitación no se hace sóla. Y –su mirada se dulcificó– no te preocupes por tu hermano. Ella cuidará  de él. Descubrirá lo que está pasando… –de repente pareció dudar–. Si no lo consigue ella otro lo hará: somos muchos los que hemos decidido acabar con esto. Pero –concluyó la mujer poniendo los brazos en jarras y frunciendo el ceño– esto es trabajo para dos. Hay un cuarto que hacer. ¡Venga!

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