La huida en la boca de la pistola

Este cuento lo mandé a Revista Argonautas sin ninguna esperanza de que se publicara. Sólo sabía que había hecho el trabajo de forma exprés y que no tenía recorrido alguno salvo como continuación de otro texto anterior.  Los que hayáis leído el cuento al que me refiero quizá le cojáis el gusto a este minúsculo ‘La huida en la boca de la pistola’; los que no lo hayáis leído me temo que vais a estar más perdidos que un pulpo en una garaje. Pero bueno, se trata de otro de esos textos huérfanos que, como comenté hace unos días, quería acabar sacando. Ale, ahí queda. Todo vuestro. Volved a una futurible Brasilia, a su Eje Monumental y a lo que pasa ahí tras una movida noche electoral.

Nada más coger el teléfono en plena madrugada Herlander Pereira intuyó que le había caído un marrón.

–Sí, vale, ahora voy –gruñó adormecido.

Abrió el armario. Casi todas las perchas estaban vacías: la mayoría de la ropa yacía tirada en el fondo del mueble. Herlander cogió la camisa y el pantalón que parecían menos arrugados y se vistió de camino a la cocina, donde regó el Prozac con generoso café. Sobre el mueble del recibidor esperaban la americana y su sobaquera. Asomando de ésta (pese al incidente, Herlander seguía sin usar el armero) aguardaba Wally, la Walther PPK/E que había arruinado su vida llevándose la de Anabela.

Pero el tiempo de llorar había pasado. Llevaba dos meses reincorporado al Cuerpo e intentaba volver a la rutina. Herlander salió de esas cuatro paredes testigos de la depresión y posterior suicidio de su mujer. El deber le llamaba.

***

Un uniformado le flanqueó el acceso a la suite del Grand Bittar.

–En el dormitorio, detective. Al fondo.

–Gracias, agente.

Del recibidor al salón, de ahí al pasillo y al cuarto. Mientras, Herlander se colocaba los guantes y captaba los detalles del escenario. Había lujo en los muebles, en las alfombras, en los cuadros, incluso en la extraña botella de whisky… proclamaban una riqueza exorbitada, casi obscena. ¿Y todo para qué?

Llegó al cuarto. Gervasio Abreu yacía sobre la cama con la diminuta Deringer todavía en la boca. No había orificio de salida. Típico de esos calibres de broma. Mejor: menos espectáculo y menos trabajo para las limpiadoras.

El cadáver esbozaba una sonrisa desconcertante.

–¿Alguna huella?

–Nada –dijo Barbosa, su nuevo adjunto–, salvo las de la criada que lo encontró.

El mulato contemplaba el Modigliani colgado sobre la cama:

–Esto es de locos –dijo. El cuadro, separado de la pared formando un ángulo, revelaba tras él una caja fuerte entreabierta–. El tío crea un imperio, una nación, gana unas elecciones… y la noche en que se convierte en uno de los presidentes más poderosos del mundo se salta la tapa de los sesos.

–Cosas veredes, amigo Sancho –musitó Herlander. Barbosa se volvió con gesto extrañado pero el detective seguía estudiando el rostro y la postura de Abreu–. Aquí no puedo hacer mucho más –dijo apartándose de la cama–. Al menos por ahora. Salgo.

»Barbosa, quiero el informe de Laboratorio sobre mi mesa para ayer.

–Como ordene –respondió Barbosa, pero Herlander ya había huido del cuarto. El detective necesitaba salir del piso cuanto antes. El recuerdo del rostro empapado en sangre de Anabela le perseguía. Al menos esa matapresidentes no era como Wally, sino un arma de verdad.

***

El Eixo Monumental vivía una mañana de resaca. Todavía lucía las galas de la noche electoral. La foto de Abreu colgaba por todas partes. Mostraba a un hombre hecho a sí mismo, triunfal y sonriente. Un ganador, no un suicida.

Nada cuadraba.

Herlander se detuvo al pie de la escalinata de acceso al hotel y rebuscó en el bolsillo interior de la americana. Necesitaba un pitillo. De repente notó la presión de una mirada sobre su nuca. Alzó la cabeza, se volvió y allí estaban, a no más de diez metros: esos ojos intensos resplandeciendo en un rostro de ángel. El detective diseccionó a la mujer con la mirada. Vestido verde, muy ceñido; melena rubia. Pocas veces había visto semejante cuerpo de diosa. Ella ignoró el escrutinio:

–Debemos hablar. De Abreu, de lo que hay tras él.

–Señora, ¿qué sabe de…?

Pero la mujer se había girado y, sin molestarse en mirar atrás –consciente de su magnetismo–, caminó hacia la cafetería del hotel. Durante unos segundos Herlander se quedó paralizado contemplando el contoneo de las caderas.

«Joder, Herlander, después de todo estás vivo», pensó satisfecho al lograr desprenderse del hechizo. Por primera en meses se había visto arrastrado por algo tan mundano como la atracción sexual.

Se apresuró a seguir a la diosa. Ya había entrado y le esperaba ante la puerta de un reservado.

–Aquí mejor. ¿Qué quiere tomar?

A Herlander le gustaba la manera en que ella llevaba la iniciativa.

–Un café. Solo.

–Bien. Yo tomaré otro. Ahora vuelvo.

–No hace falta: un camarero lo…

–Me gusta hacer las cosas por mí misma –replicó dirigiéndose a la barra. Herlander se sentó en el pequeño sofá tras la mesa planificando el interrogatorio. Porque habría interrogatorio.

–Aquí lo tiene –no había pasado ni un minuto–. Le traigo tanto azúcar como edulcorante.

–Gracias. Ninguno de los dos –Herlander se llevó el café a los labios y sorbió un trago. Intenso, ardiente. Del país, tal y como le gustaba. Dejó la taza en el platillo y volvió a dedicar su atención a la mujer, que ahora esbozaba una ligera sonrisa.

–Un tipo duro.

–Señora, antes ha hablado de Abreu.

–Y directo. Eso está aún mejor.

–¿A qué juega?

La mujer se echó hacia delante de improviso.

–Juego. Precisamente en eso consiste todo. En un maldito juego.

–Me parece que se ha confun…

La mano derecha de la mujer (dedos delgados con una manicura perfecta de un llamativo bermellón) voló al interior de su bolso. «¿Un arma?», pensó Herlander asustado. Falsa alarma: la diosa extrajo una aguja larga, estriada y gruesa. La lámpara del reservado arrancó un reflejo dorado al metal.

–No hay tiempo –dijo furiosa–. Mejor que lo vea usted mismo.

Lo que siguió dejó al detective tan paralizado como desconcertado.

La mujer abrió la boca, sacó la lengua y se la atravesó con la aguja. Al principio no hubo sangre, como si el músculo estuviera hecho de cartón. Pero de repente empezó a manar. El bermellón de las uñas se fundió con la sangre. En un gesto resoluto la mujer extrajo la aguja y se arrojó sobre el cariacontecido policía. Herlander notó los dedos de la mujer hurgando en su boca, aferrándole la lengua y clavando en ella la aguja teñida de rojo.

Y el mundo estalló.

***

Rojo.

El latigazo de un relámpago lo llenó todo.

Dolor teñido de ansiedad, de necesidad. Desesperación. Y paz.

Colores. Muchos. Demasiados.

Alocados.

Los fogonazos le cegaban, pero al mismo tiempo los agradecía. Calmaban la desesperación que se había apoderado de su ser.

Odiaba abandonar.

Le amaba. Pero ese amor, como una rémora, le había apartado de su misión. O quizá la rémora no era el amor en sí mismo sino su amado. Intentó luchar por ambos, trabajo y placer, pero el último acabó enterrando al primero. Egoísta. Había en juego mucho más que su felicidad.

Así que lo hizo. Saltó y se sumergió en el torrente de colores.

Abrió unos ojos inmateriales. Allí estaba, el Juego de la Elección. Sólo que en su caso no había juego alguno: con La Elección siempre buscaba lo mismo, destruir el ciclo.

Rebuscó entre las alternativas. Entre todo el maremágnum de colores alguna máscara debía serle útil, servirle para redirigir su trabajo. Al fin la encontró. Se trataba de lo que en jerga se llamaba ‘arranque en caliente’: nada de forjarse con calma, sino saltar a la palestra ya formado. Además –azar de azares– esa elección le permitía intentar un acercamiento y atar cabos.

Fijó la opción y activó el nexo. Pero justo antes tuvo un último recuerdo para él, para sus manos, sus caricias, sus susurros, su ternura. Mientras jugaba a La Elección no poseía cuerpo, pero en ese instante final notó cómo regresaba su anterior rostro. Y lo hacía revestido de una sonrisa.

–Te quise –dijo con voz incorpórea–. Te querré.

El nexo se activó y regresó a la mortalidad.

***

Cuando Herlander despertó la mujer había desaparecido. Como único recuerdo de su presencia sólo quedaban los dos cafés y un intenso dolor en la boca. El detective se levantó de un salto, sólo para sentarse de nuevo. La cafetería daba vueltas. Herlander llevó su taza a la nariz y olfateó.

–Dios, ¿cómo no me he dado cuenta antes?

De fondo, tras los aromas a café, había algo más. Un olor punzante, ácido.

–Hija de puta. Me ha drogado.

Pero bajo la brutalidad de las palabras se escondía una lucha de sentimientos. El policía se negaba a admitir aquella locura de visión. ¿Una especie de vida después de la muerte? ¿Un juego de reencarnaciones? ¿La persecución de un objetivo a través de un carrusel de vidas? Todo ello carecía de sentido. Todo salvo… salvo aquel rostro entrevisto justo al final: el de Anabela. Recordaba cómo ella se había ido apagando en los últimos meses, cómo murmuraba con mirada perdida: «me estoy desviando, me estoy distrayendo». Hasta que, en palabras de Barbosa, se saltó la tapa de los sesos.

Y ahora aquella diosa.

Haciendo un esfuerzo se puso en pie. El suelo de la cafetería parecía bailar, pero logró salir. El sol de la mañana, junto a la brisa procedente del Paranoa, le revigorizó. Tenía todo el día por delante y, por primera vez desde hacía meses, una razón para seguir: Anabela de alguna manera imposible seguía viva. Y en Brasilia. La encontraría… y resolvería ese puzle.

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