Acerca de ‘El Pacto del lago’

No hay hola.

Debo admitir que no he podido evitarlo: me bastó leer la palabra ‘campamento’ para clavárseme en la mente el individuo que aparece al final del relato. Sabía que su presencia me obligaba a perpetrar un pastiche (o lo que muchos llaman ahora fanfic), pero aun así me lancé a ello. Cada uno tenemos nuestras debilidades: a mí me obnubila el discurso locuaz de ese encantador tipejo.

Pero claro, junto a la palabra ‘campamento’ debía introducir también ‘poeta’ y ‘recuerdos’. La cosa se complicaba: ¿cómo cojones metía un poeta en una historia de mi amigo? Porque el poeta debía de tener peso en la trama, no convertirse en una simple palabra metida con calzador.

No sabía cómo hacerlo así que —nunca mejor dicho— ‘pasé palabra’.

‘Recuerdos’. Si hay algo que hace muy bien el amigo eso es dejar huella. Tras de sí hay todo un reguero de recuerdos. Por ello no suponía el menor problema introducir la palabra. Solucionado.

Pero quedaba el jodido ‘poeta’.

La poesía tiene a veces cierta relación con el misticismo. Del misticismo a lo mágico, a los conjuros y las invocaciones sólo hay un paso. ¿Por qué el poeta, el bardo, no podía poseer dotes de brujo o de chamán? ¿Y si estaba capacitado para invocar a ciertas presencias, sobre todo en lugares concretos (el campamento) y en efemérides que (sí, por supuesto) llevan asociadas recuerdos muy vívidos?

La cosa empezaba a cuajar.

¿Y cómo no, si el campamento me hizo recordar algo? Hace mucho, pero mucho—mucho—mucho, escribí un relato en torno al amigo. Remorándolo me di cuenta de que servía de antecedente perfecto a este otro pastiche de ahora. Os hablaré del relato sin destriparlo, o al menos no del todo. En el cuento intento darle un poco de sentido a la historia del amigo, ya de por sí algo caótica. Narro sus tribulaciones (sí, otro texto en primera persona, y además modificando el lenguaje para intentar capturar la mentalidad del protagonista), su forma de pensar y de ver la vida. Llegados a un momento, el amigo se ve enfrentado a un horror encarnado en humedad y frío. Al mismo tiempo descubre el poder que sobre él ejerce cierta sustancia: esa sustancia no sólo le hace más poderoso, sino que le aleja de ese horror. Se convierte en un adicto a esa sustancia, tanto por el don que le da como porque le mantiene alejado del horror. Y decide ir por ella cuantas veces haga falta.

Ahí acaba el cuento.

En ese punto, pero bastante tiempo después, arranca este nuevo pastiche. De alguna manera los protagonistas de ‘El pacto del lago’ conocen la relación existente entre el amigo y la sustancia. Además han descubierto que si la sustancia tienen un origen concreto calma de una manera mucho más eficiente al amigo. Si no le aplacan él se manifestará fuera de todo control. Ahí entra en juego el Pacto: con él le apaciguan, a cambio de un precio a pagar.

¿Estoy explicando el nuevo cuento? ¿Cuándo he hecho algo así? Nunca. Eso ya me indica que falla. Pero al fin y al cabo se trata de un puñetero pastiche, sin ningún sentido ni trascendencia. Una basurilla que debe ir directa al cubo de la ídem. Nada de lo que sentirse orgulloso. Bastante que me sirve para cumplir la cuota mensual de Literautas.

Aquí os dejo el enlace al cuento. Espero que ‘El Pacto del lago’ le guste a alguien. Y si no tampoco pasa nada.

Os dejo, que tengo una novela que retomar.

No hay adiós.

Tiene hambre. Y sabe dónde y cómo saciarse.
Tiene hambre. Y sabe dónde y cómo saciarse.
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