Acerca de ‘La muchedumbre devoró el alarido’

No hay hola.

No lo voy a negar: la premisa de esta edición del taller (que el relato debe empezar con la frase ‘Se giró al escuchar el grito’) no me ha resultado nada atractiva. ¿Por qué? Pues por que se me hace un arranque muy forzado. Pero bueno, hay que hacerlo, así que me puse a pensar.

¿Qué hace que alguien se gire al escuchar un grito? Puede haber tantas razones como tipos de grito. Desde un insulto hasta un alarido de dolor, pasando por mil cosas más. Entre ellas está el escuchar una voz que conoces, alguien que te llama de manera directa y perentoria. Por ejemplo tu hijo. Siempre se responde a la llamada de un hijo. Pero ¿y si esa llamada oculta una realidad muy diferente a la esperada?

Así, con esa idea base rondando mi cabeza, me puse a darle vueltas al cuento.

Antes de seguir voy a hacer un pequeño inciso. Desde hace varias ediciones quiero escribir un relato que generara repulsión, algo que roce el gore, lo escatológico o el horror puro. Sí, cosas que se me meten en la cabeza. Pero por más que le doy vueltas al asunto, en las últimas ediciones del taller no logro ver cómo meter una historia de ese tipo. Con ésta insistí un poco más, a ver si lo lograba. Pensando en el asunto del grito del hijo se me ocurrió el detalle de la pira: un padre escucha cómo su hijo le llama mientras está atado a una hoguera prendida. Sé que así dicho no provoca mucha ‘repulsión’, pero el fuego resulta muy útil a la hora de tejer una escena con algo de horror. Que menos da una piedra, vamos.

Había que seguir.

¿Qué lleva a un padre a ver a su hijo subido a una pira, a punto de arder? Más aún. ¿Qué hace un padre dar la espalda a un hijo en semejante tesitura? Recordad que la premisa del taller dice que ‘se giró al escuchar el grito’: el padre no estaba observando lo que ocurría.

A pensar.

Lo admito, me ha costado ver la historia. Pero al final ha ocurrido y ha salido algo.

Casi desde el primer momento decidí a que la relación paterno—filial no siguiera ‘lo esperado’. Y imagen de la hoguera con alguien dentro me sugería a la Inquisición. Tirando de ese hilo acabé haciendo que el padre representase el papel de inquisidor y el hijo de hereje ajusticiado. Bueno, esto empezaba a prometer: con esos ingredientes ya podía encender el fuego de la hoguera y ver cómo evolucionaba la historia.

Y lo hizo. Sí, señor: lo hizo. Las llamas cobraron vida aportando su punto de repulsión, aunque muy lejos de eso que sigo buscando. La relación del padre y el hijo sacó a la luz una historia anterior que manchaba la reputación del padre… y dio pistas de una posible realidad que implicaba al hijo en un asunto oscuro. De hecho la actuación final del chaval da a entender que sí que hizo algo.

El resto encajó solo. Unos detalles de ambientación, el uso de la Voluntad por parte de ambos protagonistas, el en apariencia convidado de piedra de los espectadores y alguna tontunada más. A eso le añadimos un pequeño giro final y relato casi listo.

Ahora a hablar del reto. Fallé. Los hechos narrados no ocurren en cinco segundos. Ni de coña. En un principio lo intenté, vale, pero las exhortaciones del hijo y la reacción del padre y de la gente no podían justificarse en ese lapso. ¿Cuánto dura el relato? ¿Quizá quince o veinte segundos? Sí, más bien eso. Pero no cinco, ni en cámara lenta. Reto a tomar por saco. Me da igual.

Tras escribir el guion del cuento tocó pulir un borrador, dejarle el oportuno tiempo en barbecho y ponerme con la revisión final. Y siempre con la maldita limitación de las setecientas cincuenta palabras de marras. Odio, odio, odio los límites.

Pero ahí no acaban los problemas: incluso me costó ponerle un título al texto. Este ‘La muchedumbre devoró el alarido’ no me acaba de convencer, pero tampoco se me ocurrió nada mejor.

De una manera u otra (mejor o peor) al final acabé el relato. Admito que sí, que lo considero del montón. No va a pasar a la historia ni cuenta entre mis preferidos del taller, pero sirve para cumplir el expediente. Bueno, ya los habrá mejores.

Os dejo con el enlace a este ‘La muchedumbre devoró el alarido’. Que ustedes lo disfruten.

No hay adiós.

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