El balance del águila sangrienta

No hay hola.

Relato mandado para el taller ELDE. Al parecer el texto no queda almacenado de manera pública, debiendo poseer una cuenta de ELDE y estar identificado para verlo. Así que lo replico aquí. De paso os pongo el ‘Acerca de’ y los comentarios que ha recibido.

Restricciones

  • El arco emocional del relato debe ser ‘la caída’.
  • Debe aparecer un ángel como personaje o representación del mismo.
  • El/la protagonista debe dar a alguien una caja envuelta con papel de regalo.

Palabras (máximo)

500

No hay adiós.


Thimor introdujo las uñas en la incisión, entre la capa de grasa que separaba la dermis del músculo, y tiró. Al sonido del desgarro le acompañó un alarido. Luego un gemido exánime. La muchacha se desmayó.

—Ya te despertará Gorkh, amiga, y volverás a gritar.

Recogió con la red el residuo de horror que flotaba en el aire y lo introdujo en la caja. Adoraba ese trabajo: los gritos de los pecadores al sufrir el tormento le llenaban de energía.

Contempló el cuerpo despellejado. La muchacha apenas tendría veinte años. ¿Qué pecados había cometido para acabar allí? Thimor no lo sabía y tampoco le importaba. Él, como todos los demás, se limitaba a cumplir con su trabajo en la cadena de tortura.

Cogió la piel de la joven y la extendió frente al ventanal. La luz del sol negro, junto con el aire cáustico del Arahllu, atacaba y curtía las pieles volviéndolas una suerte de papel gomoso.

El torturador examinó su trofeo.

—Una buena pieza. Sí, señor.

De repente vio el tatuaje, justo entre los omoplatos: un rosa de los vientos. Sendas alas rojizas surgían de ella.

El torrente de recuerdos le sacudió. Agitó la cabeza y logró apartarlo, pero la sensación de incomodidad ya había hecho presa en él.

Un sonido burbujeante inundó la sala: el reloj de almas, marcando un cambio de turno.

Thimor miró la caja. Contenía todo el balance del turno: horror y dolor en estado puro. Delicioso.

Pronto llegaría el contable.

Recogió sus instrumentos, dispuesto a terminar. Agarró la caja del balance. Sin querer, su mirada derivó a la piel extendida al sol. Aquellas alas de intenso bermellón…

Los recuerdos regresaron. Esta vez no pudo esquivarlos.

Una huida. Un bosque. Una cabaña.

Una captura. Un juicio. Una sentencia.

La visión sacudió al torturador. Paralizado, sus dedos se engarfiaron sobre la caja.

Dolor. Insoportable, inaudito.

Un hacha parte su espalda. Las costillas, quebradas, asoman por las dos heridas.

Las piernas de Thimor temblaban: hacía eones que no revivía aquello. Bajó los brazos, de repente sin fuerzas. La caja cayó y rodó por el suelo.

La epifanía continuó.

Unas manos. Agarran sus pulmones. Los sacan por entre las costillas.

Un latigazo de agonía final.

El águila de sangre se eleva cargando su alma. Buscan Valhala, pero les recibe una figura alada y resplandeciente que emana paz.

La visión desapareció. Thimor regresó a la realidad. Debía apartar de sí la visión.

Aunque seguía presa de escalofríos, atinó a recoger la caja. Cogió la piel: resecada, ahora parecía un delicado papel de regalo. Recortó un pedazo rectangular de la espalda. Envolvió con él la caja dejando el tatuaje bien visible en la parte superior.

—Thimor.

Allí estaba: alto, delgado. Su túnica blanca deslumbraba resplandeciendo gloria. El torturador contempló aquellas alas. Enormes, níveas. Preciosas.

—Ten —dijo. La caja cambió de manos.

El ángel partió dejando al torturador sumido en un único pensamiento: jamás tendría unas alas blancas, sólo el recuerdo del águila de sangre.

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