El último ataque

Segunda aportación en ELDE. A ver qué me encuentro como comentarios. Espero que este cuento encaje mejor con lo que piden en ese taller (más contar y menos mostrar), ya que no soy nada dado a esa manera de escribir.

Tenéis a vuestra disposición el ‘Acerca de’ y el ‘Comentarios’.

Restricciones

  • La protagonista debe ser una guerrera.
  • La protagonista debe disparar un cañón en el tiempo presente del relato.
  • Deben lanzarle una botella de vino a la protagonista en el tiempo presente del relato.

Palabras (máximo)

500

Resultado

Este relato, siguiendo el sistema de puntuación tipo juego que se usa en ELDE, obtuvo la mejor posición en el taller de ese mes.


El sol del mediodía se derramaba sobre Mardak y el campamento anular que sitiaba la ciudad. El grueso de los atacantes se guarecía de la canícula bajo los toldos; sólo los más afortunados descansaban en los poblados circundantes. De una taberna surgía un tumulto de risas. Rodeada sus lugartenientes, Isandre, la Trituradora, gritó:

—¡Otra jarra de hidromiel!

El tabernero corrió a obedecerla.

—No vamos a esperar más, Trituradora.

La pelirroja miró de pies a cabeza al individuo que se había plantado ante ella. La coraza y los emblemas le identificaban como un mercenario, miembro de los Behemotes de Terselín.

—¿Qué quieres, perro?

—Cobrar.

Al instante un coro de voces dispersas le apoyó. Sus dueños se pusieron en pie. «¡Queremos cobrar!», repitieron. Entonces sucedió: uno de los mercenarios, de rostro enrojecido por la embriaguez, se adelantó y arrojó una botella de vino contra la Trituradora. El objeto impactó de lleno en su cabeza. Ante todos, Isandre cayó inconsciente.


Despertó en pleno ocaso.

—¿Dónde… dónde está?

—Encadenado —replicó Manerisco, su mayordomo—. Espera tu castigo. Pero sus compañeros amenazan con sublevarse.

Isandre se acarició el chichón. Sus ojos refulgían a la luz de la lámpara.

—Bien. Hablaré con Terselín. Llamadlo.

Instantes después el líder de los Behemotes se cuadraba ante la mujer.

—Llevamos meses sin cobrar —dijo. Apenas podía disimular su furia—. O se nos paga o partimos.

—Tranquilo. Mañana volveremos a atacar. Os juro que entraréis en Mardak. Tendréis permiso para tomar todo cuanto podáis.

Una sonrisa emergió en el rostro de Terselín.

—Gracias, Trituradora.

—Al alba.

—Como ordenéis. Al alba, entonces.


Quedaba poco para que el sol emergiera cuando Isandre reunió a los Behemotes. Les llevó a la cima de cierta colina, erizada de descomunales piezas de artillería. Los cañones boqueaban en dirección a Mardak, que dormitaba intranquila tras sus muros. La Trituradora congregó a los mercenarios en torno a la pieza mayor, un mortero enorme apodado Gran Rugido.

—No acabamos de comprender qué hacemos aquí —protestó Terselín.

—Lo que te dije: atacar la ciudad.

—Pero somos tropas de a pie, mi señora, no de artillería.

—Bueno. Todo puede cambiar —rió Isandre mientras hacía una señal. Una cohorte de sus fieles rodeó a Terselín y sus Behemotes. Las cerbatanas zumbaron, los dardos paralizantes hendieron la carne. Cogidos a traición, los mercenarios se desplomaron como fardos.


El sol despuntaba cuando el magister de artilleros se dirigió a Isandre:

—Cañones cebados y artillados.

—¿Dónde está el del botellazo?

—Ahí, mi Señora: en el Gran Rugido.

—¿Consciente?

—Tal y como ordenasteis.

Sonriendo, Isandre caminó hacia el mortero. Al llegar tamborileó el metal:

—¿Todo bien ahí dentro?

Un murmullo suplicante resonó desde dentro.

—Mi persona es sagrada —replicó  Isandre—. Quienes profanan mi carne…

Agarró el pulsador y apretó el botón. La detonación silenció el aullido de terror. Una nube rojiza brotó de la boca del cañón.

—Y quienes lo defienden siguen igual suerte. ¡Fuego!

Los cañones bramaron, arrojando a los Behemotes de Terselín a su último ataque.

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